Opinión | Obituario
Habermas o la democracia que se nos escapa

Fotografía de archivo fechada en 2012 del filósofo alemán Jürgen Habermas. / MARTIN GERTEN / EFE
Ha muerto Jürgen Habermas. Y con él desaparece uno de los últimos grandes intelectuales europeos que todavía creían que la democracia podía sostenerse sobre algo tan frágil —y tan exigente— como la discusión pública. No sobre la fuerza. No sobre la propaganda. No sobre la pura eficacia tecnocrática. Sobre la palabra.
Habermas pertenecía a una generación marcada por el desastre. Creció en una Alemania moralmente devastada, obligada a reconstruirse tras el nazismo no solo en lo material, sino también en lo político y en lo ético. La experiencia del siglo XX había demostrado que la modernidad no garantizaba el progreso y que la razón técnica podía convertirse en instrumento de dominación y exterminio. Toda su obra puede leerse como una respuesta a esa herida histórica.
Mientras otros pensadores concluyeron que la razón estaba definitivamente corrompida o que la democracia era poco más que una ficción, Habermas insistió en rescatar una última posibilidad: que los ciudadanos pudieran todavía influir colectivamente sobre su destino mediante el debate público. Que el poder tuviera que justificarse. Que las decisiones colectivas pudieran someterse a crítica. Ese fue el núcleo de su idea de esfera pública y de su teoría de la acción comunicativa.
Hoy ese ideal parece más lejano que nunca.
Vivimos en democracias formalmente intactas y materialmente erosionadas. Se vota mucho, se delibera poco. La política se ha acelerado hasta convertirse en espectáculo, en reacción emocional, en marketing permanente. Las redes sociales han fragmentado el espacio público en comunidades cerradas donde el desacuerdo ya no se procesa, sino que se intensifica. La información circula a una velocidad que impide la reflexión, y la mentira eficaz compite con ventaja frente al argumento razonado.
Habermas temía exactamente este escenario. Habló durante décadas de la “colonización del mundo de la vida”: la invasión de la experiencia cotidiana por sistemas impersonales de poder y dinero. Pero quizá ni siquiera él imaginó que esa colonización se produciría a través de los propios canales de comunicación. La esfera pública no ha desaparecido; se ha atomizado.
El resultado es una democracia cada vez más fuerte en lo procedimental y más débil en lo deliberativo. Las decisiones importantes se toman con frecuencia en espacios técnicos, financieros o burocráticos que escapan al debate ciudadano, mientras el conflicto visible se desplaza hacia identidades, símbolos y agravios culturales.
Habermas denunció ese proceso una y otra vez. Criticó el resurgir del nacionalismo alemán, defendió una Europa política capaz de superar los egoísmos estatales y alertó del riesgo de que la integración europea se convirtiera en un proyecto de élites. La crisis del euro confirmó parcialmente sus temores: el destino de millones de europeos se decidió bajo la lógica de la disciplina económica más que bajo la del consenso democrático.
Su respuesta fue siempre la misma: más democracia, no menos. Más debate público, no más tecnocracia. Más ciudadanía, no más repliegue identitario.
Pero la realidad ha sido tozuda. El auge de los populismos, la polarización extrema y la desconfianza hacia las instituciones indican que la promesa deliberativa de la modernidad atraviesa una crisis profunda. Muchos ciudadanos ya no creen que discutir sirva para algo. Otros prefieren certezas simples a argumentos complejos. Y no pocos empiezan a mirar con simpatía modelos autoritarios que prometen orden y eficacia.
Habermas nunca aceptó esa deriva. Fue un optimista trágico. Sabía que las condiciones ideales de la comunicación nunca han existido, pero sostenía que sin ese ideal normativo —sin la exigencia de justificar públicamente las decisiones— la democracia pierde su núcleo moral y se convierte en mera gestión.
Su defensa del patriotismo constitucional respondía a la misma preocupación: sustituir las identidades excluyentes por la adhesión reflexiva a principios democráticos compartidos. Intelectualmente era una propuesta sólida; políticamente, competía con imaginarios mucho más potentes. Las sociedades no viven solo de normas justas, sino también de relatos y emociones colectivas.
En sus últimos años reconoció incluso que la razón secular no basta para sostener la cohesión social. Era, en cierto modo, la admisión de que la modernidad había ganado autonomía, pero había perdido certezas comunes.
La muerte de Habermas llega en un momento significativo. Europa afronta nuevas tensiones geopolíticas, crisis económicas recurrentes y una creciente fragmentación política. La democracia liberal se percibe cada vez más como un sistema frágil. En este contexto, su legado adquiere un tono paradójico: sus teorías no describen cómo funcionan realmente nuestras sociedades, pero sí nos ofrecen el criterio con el que medir su deterioro.
Tal vez fue demasiado confiado en la capacidad de la razón para ordenar la vida social. Pero su insistencia en discutir, justificar y escuchar antes de decidir constituye hoy una forma de resistencia frente a la simplificación autoritaria del mundo.
En tiempos de ruido y desconfianza, esa defensa puede parecer ingenua.
Quizá sea precisamente ahora cuando más falta hace.
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