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Empédocles de Agrigento y la frase que resumió siglos de filosofía: "Nada nace ni perece"

El pensador griego convirtió una intuición radical en una de las ideas más duraderas de la Antigüedad: lo que llamamos nacer o morir no sería más que mezcla y separación.

Recreación del filósofo Empédocles de Agrigento.

Recreación del filósofo Empédocles de Agrigento. / INFORMACIÓN

Mucho antes de que la filosofía se llenara de sistemas complejos y nombres universalmente conocidos, Empédocles de Agrigento ya había lanzado una idea que seguía golpeando siglos después. Su tesis, formulada en distintos fragmentos con traducciones diversas, se puede resumir así: nada surge de la nada y nada desaparece por completo. Lo que los seres humanos llaman nacimiento y muerte sería, en realidad, otra cosa: unión y desunión, mezcla y separación.

Esa intuición explica buena parte del magnetismo que todavía conserva su figura. Empédocles no fue solo un filósofo presocrático más. Nacido en Acragas, la actual Agrigento, en Sicilia, la tradición lo recuerda como poeta, pensador, personaje público y autor de una visión del mundo tan ambiciosa como sugerente. De su obra se conservan fragmentos, pero bastan para entender por qué su nombre sigue apareciendo cuando se habla de los grandes intentos de explicar la realidad antes de Platón y Aristóteles.

Cuatro elementos

Empédocles de Agrigento

Para Empédocles de Agrigento todo estaría formado por cuatro raíces básicas / INFORMACIÓN

Su propuesta era tan sencilla de enunciar como poderosa en sus consecuencias. Todo estaría formado por cuatro raíces básicas —tierra, agua, aire y fuego—, que no nacen ni mueren, sino que se combinan de distintas maneras. Lo que cambia no son esos principios últimos, sino la forma en que se unen o se separan. Por eso, para Empédocles, el mundo visible está en movimiento constante sin que haga falta aceptar que algo aparece de la nada o se aniquila por completo.

Ahí está también la clave de por qué su pensamiento resultó tan influyente. Con esa teoría intentaba responder a un problema enorme para la filosofía griega: cómo conciliar la evidencia cotidiana del cambio con la idea de que lo real, en el fondo, debe permanecer. Su respuesta fue una salida brillante. Sí, las cosas cambian; sí, el mundo se transforma; pero lo hace porque sus componentes eternos se reorganizan una y otra vez. No hay creación absoluta ni destrucción total: hay transformación.

Otras dos fuerzas

A esa arquitectura material añadió dos fuerzas con un enorme poder literario: Amor y Discordia. Una une, la otra separa. Bajo esos nombres casi poéticos, Empédocles imaginó el universo como un ciclo continuo en el que las cosas se atraen, se mezclan, se rompen y vuelven a recomponerse. No cuesta ver por qué esa forma de contarlo ha fascinado durante tanto tiempo: su filosofía intenta explicar el cosmos, pero lo hace con imágenes que todavía hoy suenan vivas.

Esa es, seguramente, la razón de que la frase atribuida a su pensamiento siga teniendo tanta fuerza. "Nada nace ni perece" no seduce solo por lo rotunda que suena, sino porque condensa una manera de mirar el mundo. Frente a la impresión de que todo empieza y termina de forma tajante, Empédocles proponía una visión más incómoda y más profunda: quizá lo que vemos como final sea solo una nueva redistribución de lo que ya estaba ahí.

Las leyendas en torno a su figura

También ayuda su leyenda. Como ocurre con varios presocráticos, la biografía de Empédocles quedó envuelta en relatos casi míticos. Durante siglos circuló la historia de que se arrojó al Etna, una escena tan teatral que parece diseñada para inmortalizarlo. Los especialistas la tratan como una tradición legendaria, pero encaja con la imagen que dejó: la de un pensador situado a medio camino entre el filósofo, el poeta y el personaje extraordinario.

Quizá por eso Empédocles funciona tan bien incluso hoy, cuando tantos nombres clásicos sobreviven solo como referencia escolar. En su caso hay una idea clara, una formulación potente y un imaginario reconocible. Cuatro elementos. Dos fuerzas opuestas. Un universo en perpetua transformación. Y una frase, traducida una y otra vez, que sigue sonando moderna porque toca una pregunta que no ha desaparecido: qué cambia realmente cuando creemos que algo comienza o termina.

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