Lao-Tse, filósofo chino: “Un viaje de mil millas comienza con un solo paso”
La frase atribuida al pensador chino sigue viva porque convierte una idea enorme en algo simple, casi doméstico: ningún cambio empieza en grande, sino en el momento exacto en que alguien decide moverse

El filósofo chino Lao-Tse ya desmontó en el 500 a.C. una trampa muy moderna. / INFORMACIÓN
Hay frases antiguas que suenan solemnes y lejanas. Y luego están las de Lao-Tse, que parecen hechas para colarse en cualquier conversación de hoy. “Un viaje de mil millas comienza con un solo paso” sigue funcionando siglos después porque no necesita apenas explicación: dice algo muy simple, pero lo dice de una forma que se queda. Todo lo grande, viene a recordar, empieza en algo mínimo.
Ahí está buena parte de su fuerza. La frase no habla solo de viajar ni de ponerse en marcha. Habla del comienzo, que casi siempre es la parte más difícil. Antes de cualquier meta ambiciosa, de cualquier cambio de vida, de cualquier proyecto que parece demasiado grande, hay un instante pequeño y casi invisible en el que alguien da el primer paso. Lao-Tse, también llamado Lao Tzu, Lao Zi, Laozi o Laocio, condensa esa idea con una claridad que explica por qué su pensamiento ha sobrevivido tan bien al tiempo.
Figura fundacional del taoísmo
La tradición sitúa a Lao-Tse como una de las grandes figuras fundacionales del taoísmo, asociado al Tao Te Ching, uno de los textos más influyentes de la filosofía china. Pero incluso su propia biografía está envuelta en un halo incierto: la Enciclopedia Británica recuerda que sobre su vida hay muy pocos datos seguros y que la autoría del libro ha sido discutida por los estudiosos durante siglos. Eso no ha debilitado su influencia. Más bien al contrario: ha convertido su figura en una mezcla de filósofo, sabio y presencia casi legendaria.
Lo interesante es que la frase no empuja a la épica, sino a la proporción. No promete resultados rápidos ni vende entusiasmo fácil. Lo que hace es desmontar una trampa muy moderna: la de quedarse paralizado ante la magnitud de lo que uno quiere hacer. Frente a la ansiedad de mirar demasiado lejos, Lao-Tse desplaza la atención al gesto inicial. No pide dominar el final del camino, solo empezar. Y en ese desplazamiento hay una forma de sabiduría que sigue sonando actual.
El curso natural de las cosas
También encaja muy bien con el núcleo del pensamiento taoísta, que suele desconfiar de la violencia, del exceso y de la imposición. En vez de celebrar la conquista grandiosa, prefiere los procesos, la paciencia, el ajuste con el curso natural de las cosas. Por eso esta frase tiene tanta pegada: no obliga, no grita, no exagera. Simplemente recuerda que hasta lo inmenso depende de una acción mínima.
Quizá por eso se ha convertido en una de esas citas que sirven para casi todo: empezar un trabajo, salir de un duelo, cambiar de rutina, retomar un estudio, lanzarse a una decisión que lleva demasiado tiempo pendiente. Tiene algo raro y valioso: suena inspiradora sin volverse cursi. No niega la dificultad del trayecto, pero tampoco se deja aplastar por ella. Reduce el problema a una escala humana.
Ese es el secreto de su permanencia. En una sola línea, Lao-Tse resume una verdad incómoda y útil: que muchas veces no avanzamos porque miramos la distancia entera en lugar del primer gesto. Y que, al final, toda travesía desmesurada empieza exactamente igual: con alguien que decide dejar de pensarla y echar a andar.
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