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Anaxímenes, filósofo: “Así como nuestra alma, que es aire, nos sostiene, así también el soplo y el aire abrazan al mundo entero”

El pensador presocrático convirtió el aire en el principio de todas las cosas y dejó una idea que todavía hoy sorprende por su ambición: entender el mundo entero a partir de algo tan invisible como imprescindible

Anaxímenes convirtió el aire en el principio de todas las cosas.

Anaxímenes convirtió el aire en el principio de todas las cosas. / INFORMACIÓN

J. A. Giménez

J. A. Giménez

No es una de esas frases antiguas que suenan decorativas y vacías. La atribuida a Anaxímenes tiene otra fuerza: intenta explicar de un golpe la vida humana y el funcionamiento del universo. “Así como nuestra alma, que es aire, nos sostiene, así también el soplo y el aire abrazan al mundo entero” resume una intuición poderosa y extraña a la vez: que el mismo elemento que mantiene vivo al ser humano sería también la base de todo lo que existe.

Eso es precisamente lo que hace tan interesante a Anaxímenes. No es un filósofo tan popular como Sócrates, Platón o Aristóteles, pero pertenece a ese grupo fascinante de pensadores presocráticos que se lanzaron a responder la gran pregunta antes de que la filosofía se llenara de sistemas complejos: de qué está hecho el mundo. En su caso, la respuesta fue tan simple como radical: todo procede del aire.

La frase, además, encaja muy bien con su pensamiento porque une dos planos que para él estaban profundamente conectados. Por un lado, el ser humano, sostenido por el aliento, por ese aire que se respira y que se asocia a la vida. Por otro, el cosmos entero, también envuelto y mantenido por ese mismo principio. No se trata solo de una imagen poética. Es una forma de pensar la realidad como un continuo, como si la misma sustancia recorriera el cuerpo y el universo.

Sin recurrir al mito

Ahí está una de las claves de su atractivo. Anaxímenes intenta dar una explicación del mundo sin recurrir al mito, pero todavía conserva una forma de hablar que hoy suena casi simbólica. Su filosofía busca una causa natural, no una intervención divina caprichosa, y al mismo tiempo utiliza una idea muy cercana a la experiencia cotidiana: respirar es vivir. A partir de ese dato elemental levanta toda una visión del cosmos.

Frente a otros filósofos más abstractos, Anaxímenes parte de algo que cualquiera entiende. Todo el mundo sabe lo que es el aire, aunque no pueda verlo. Todo el mundo sabe que sin aliento no hay vida. Y desde esa evidencia construye una teoría completa: las cosas cambian porque el aire se condensa o se rarefacciona, transformándose en otras materias.

La frase atribuida a él condensa muy bien esa mezcla de sencillez y ambición. No dice solo que el aire sea importante. Dice algo mucho más grande: que hay una continuidad profunda entre lo que mantiene vivo a cada individuo y lo que mantiene unido al mundo entero. Es una idea enorme formulada con palabras elementales.

Quizá por eso sigue teniendo tanta pegada siglos después. En pocas líneas, Anaxímenes hace algo que la filosofía antigua intentó una y otra vez: conectar la experiencia humana con la estructura del universo. Convertir un gesto tan básico como respirar en la pista para entenderlo todo. Y aunque hoy nadie acepte su teoría del aire como explicación científica del mundo, la intuición conserva su fuerza literaria y conceptual.

Porque, en el fondo, esa es la razón por la que los presocráticos siguen fascinando. No acertaron en el sentido moderno, pero se atrevieron a pensar a lo grande. Buscaron una ley común detrás de lo visible, un principio único que diera sentido a la diversidad del mundo. Anaxímenes lo encontró en el aire: invisible, continuo, vital y presente en todas partes.

Su frase, por eso, sigue sonando viva. No solo por lo que dice del cosmos, sino por lo que revela de una época en la que pensar significaba mirar lo más cotidiano y sospechar que ahí, justo ahí, podía esconderse el secreto del universo.

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