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Clarice Lispector: “Hasta cortar los propios defectos puede ser peligroso. Nunca se sabe cuál es el defecto que sostiene nuestro edificio entero”

La escritora brasileña dejó una idea tan incómoda como brillante: no todo lo que nos sobra es prescindible, y a veces aquello que más queremos corregir también es lo que nos mantiene en pie.

Un retrato de Clarice Lispector con cigarro y libros.

Un retrato de Clarice Lispector con cigarro y libros. / INFORMACIÓN

J. A. Giménez

J. A. Giménez

Hay frases que no acarician: pinchan. La de Clarice Lispector sobre los defectos pertenece a ese grupo. “Hasta cortar los propios defectos puede ser peligroso. Nunca se sabe cuál es el defecto que sostiene nuestro edificio entero” tiene algo de advertencia, algo de confesión y mucho de verdad inquietante. No invita a resignarse ni a celebrar los fallos, pero sí a desconfiar de una limpieza interior demasiado entusiasta.

La fuerza de la cita está en que le da la vuelta a una promesa muy moderna: la de que siempre conviene pulirse más, corregirse más, eliminar todo lo que sobra. Lispector mete ahí una duda devastadora. ¿Y si eso que llamamos defecto no fuera solo una grieta? ¿Y si también fuera una pieza de equilibrio, una rareza que nos sostiene, una torpeza que evita males mayores, una fragilidad que organiza el resto del carácter? La frase no embellece las imperfecciones, pero obliga a mirarlas con más cautela.

Una escritora extraña a su manera

Eso encaja de lleno con la figura de Clarice Lispector. Fue una escritora poco dada a las certezas cómodas, intensísima, extraña a su manera y con una prosa que casi siempre parecía estar pensando desde dentro de una herida. En su mundo literario, la identidad nunca es una superficie limpia, sino una estructura llena de pliegues, contradicciones, impulsos y zonas oscuras. Por eso esta frase suena tan suya: porque no simplifica a la persona, la complica. Y porque sospecha de cualquier idea demasiado pulcra sobre cómo deberíamos ser. La cita se asocia a una carta escrita el 6 de enero de 1948 a Tania Kaufmann y recogida después en Correspondências.

También explica por qué sigue circulando tanto. En una época obsesionada con mejorar, sanar, optimizar y corregir cada rasgo incómodo, Lispector introduce una idea casi subversiva: tocar demasiado una personalidad puede tener consecuencias. No todo lo imperfecto es un estorbo puro. Algunas de nuestras supuestas fallas están enlazadas con defensas, intuiciones, sensibilidades o modos de estar en el mundo que no se pueden arrancar sin llevarse algo más por delante.

Cuidado con las "reformas"

Ahí está el verdadero golpe de la frase. No habla solo de defectos: habla de arquitectura interior. De ese “edificio entero” que somos, donde cada pieza depende de otras y donde una reforma precipitada puede acabar debilitando la estructura. Lispector no propone quedarse inmóvil, pero sí recuerda que cambiarse nunca es tan simple como tachar rasgos de una lista.

Por eso la frase permanece. Porque parece una observación sobre manías personales y en realidad es una pequeña teoría sobre la complejidad humana. Y porque dice algo que sigue costando aceptar: que no todo en nosotros está ahí por error, incluso cuando no nos gusta.

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