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Jorge Luis Borges, escritor: “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”

La idea con la que el autor desmontó el mito del talento puro

Jorge Luis Borges, en la celda de Chopin en Palma, durante la visita que el escritor argentino hizo a España en mayo de 1980.

Jorge Luis Borges, en la celda de Chopin en Palma, durante la visita que el escritor argentino hizo a España en mayo de 1980. / EFE

J. A. Giménez

J. A. Giménez

Durante mucho tiempo se ha repetido una idea casi automática: que un escritor se define por lo que escribe. Su estilo, su voz o su obra serían, en teoría, la prueba de su valor. Jorge Luis Borges planteó justo lo contrario con una frase que sigue teniendo recorrido: “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

No es una provocación gratuita. En el caso de Borges, es casi una declaración de principios. Antes que escritor, fue lector. Creció rodeado de libros, en un entorno donde la lectura no era una obligación, sino una forma de vida. Leía en varios idiomas y saltaba de un género a otro sin jerarquías, mezclando filosofía, poesía y narrativa. Esa forma de leer, abierta y constante, es la que explica buena parte de su obra.

Por eso sus textos están llenos de referencias, de ecos de otros autores, de ideas que dialogan entre sí. Borges no buscaba escribir desde la nada. Al contrario, asumía que toda escritura parte de algo previo. La originalidad, en su caso, no consistía en inventar desde cero, sino en recombinar lo leído con una mirada propia.

La frase también desmonta otro tópico muy extendido: el del escritor como genio aislado. Borges propone una visión menos romántica y más realista. Ningún autor surge de la nada. Todos están hechos de lecturas, de influencias, de decisiones sobre qué aceptar y qué rechazar. Escribir sería, en ese sentido, una consecuencia de todo ese proceso.

Esa idea introduce además un matiz incómodo en el contexto actual, donde la creación se ha acelerado y la publicación es casi inmediata. Borges sugiere que antes de escribir hay que haber pasado por una etapa previa, más silenciosa, pero fundamental: la lectura. No como acumulación, sino como construcción.

Al final, lo que plantea es una inversión del orden habitual. No es la escritura la que define al autor, sino el recorrido que lo ha formado como lector. Y en ese cambio de perspectiva hay una idea que sigue funcionando hoy: que detrás de cada texto hay siempre otros muchos textos, aunque no se vean.

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