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Por qué decimos “quedarse sin blanca”: el origen medieval de una expresión que seguimos usando hoy

La frase, muy común en el lenguaje cotidiano, tiene su origen en una antigua moneda de escaso valor que circulaba en la Edad Media

Quedarse sin blanca sigue siendo siglos después estar en una situación económica complicada.

Quedarse sin blanca sigue siendo siglos después estar en una situación económica complicada. / INFORMACIÓN

J. A. Giménez

J. A. Giménez

Pocas expresiones describen tan bien una situación económica complicada como “quedarse sin blanca”. La usamos a diario para decir que no tenemos dinero, pero lo que muchos desconocen es que su origen se remonta a varios siglos atrás, en plena Edad Media.

La clave está en la palabra “blanca”. No se trata de un color ni de una metáfora moderna, sino de una moneda real que circuló en distintos reinos europeos, incluida la Península Ibérica. Era una pieza de muy poco valor, utilizada para transacciones pequeñas y cotidianas.

La blanca fue una moneda de vellón (aleación de plata y cobre) de muy bajo valor, utilizada en Castilla desde el siglo XIV (Juan I) hasta el XVII. Su nombre proviene del aspecto blanquecino debido al escaso contenido de plata, y equivalía a medio maravedí.

Referencia de lo mínimo

Precisamente por su escaso poder adquisitivo, la “blanca” se convirtió en una referencia clara de lo mínimo. Es decir, si alguien no tenía ni siquiera una blanca, su situación económica era realmente precaria. De ahí nace el sentido de la expresión: no tener absolutamente nada de dinero.

Con el paso del tiempo, la moneda desapareció, pero la frase sobrevivió. Como ocurre con muchas expresiones populares, el lenguaje conservó esa imagen tan gráfica y fácil de entender. Hoy, siglos después, seguimos diciendo que alguien “se ha quedado sin blanca” sin pensar que estamos evocando una moneda medieval.

Este tipo de expresiones son un buen ejemplo de cómo la historia se cuela en el lenguaje cotidiano. Sin darnos cuenta, utilizamos a diario palabras y frases que tienen siglos de antigüedad y que siguen funcionando porque, en el fondo, describen situaciones universales que no han cambiado tanto.

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