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José Saramago, hace 20 años: "La democracia actual habría que reinventarla porque no se puede seguir así"

El Nobel portugués dejó en una entrevista en 2006 un retrato incómodo del mundo moderno: crítica feroz, escepticismo y una defensa radical del pensamiento crítico

La última visita a Alicante de José Saramago.

La última visita a Alicante de José Saramago. / Rafa Arjones

J. A. Giménez

J. A. Giménez

En mayo de 2006, José Saramago no hablaba para agradar. Tampoco para dejar titulares fáciles. Pero uno de ellos ha resistido el paso del tiempo con una vigencia inquietante: “La democracia actual habría que reinventarla porque no se puede seguir así”. No era una frase aislada ni una provocación. Era la síntesis de una visión del mundo que atravesaba toda su obra y su pensamiento.

Aquel Saramago, ya consagrado como Nobel de Literatura, se definía a sí mismo como un “escéptico profesional”. Y lo era en el sentido más profundo: no confiaba en los discursos establecidos, desconfiaba de las estructuras de poder y observaba la realidad con una mezcla de lucidez y desencanto. Su diagnóstico era claro: vivimos en un mundo que ha avanzado en lo material, pero no en lo esencial.

La entrevista con INFORMACIÓN revela a un escritor que no concebía la literatura como una herramienta práctica ni como un instrumento de intervención directa. “La literatura es el hecho de la palabra”, decía, rechazando la idea de que el escritor deba ofrecer soluciones. Para él, escribir no tenía un “para qué”: era una forma de estar en el mundo, de observarlo y de expresarlo. Como el pájaro que canta sin preguntarse por qué.

Críticas a todos los ámbitos

Sin embargo, esa aparente distancia no implicaba indiferencia. Muy al contrario. Saramago entendía que el ser humano es, por naturaleza, un animal filosófico, obligado a cuestionar su entorno. Y ahí situaba uno de los grandes problemas de su tiempo: la incapacidad —o la falta de tiempo— para pensar. “Vivimos aturdidos”, afirmaba, señalando una sociedad absorbida por estímulos constantes, donde la reflexión queda relegada.

Ese cambio de mirada también se reflejaba en su propia literatura. Si en sus primeras obras intentaba abarcar el mundo con una especie de “gran angular”, a partir de Ensayo sobre la ceguera se centró en el detalle, en el individuo, en lo esencial del ser humano. No fue una decisión calculada, sino una evolución natural, casi inevitable.

José Saramago.

José Saramago. / EFE

Su crítica se extendía a todos los ámbitos. La Iglesia, decía, “siempre va con dos o tres siglos de retraso”, intentando imponer normas que no corresponden al tiempo presente. Pero su mirada más dura estaba dirigida hacia el sistema político y económico. Para Saramago, la democracia había quedado reducida a una apariencia: un mecanismo formal en el que el voto existe, pero cuya influencia real se diluye frente al poder económico y financiero.

Visión pesimista pero no resignada

Ahí es donde su frase cobra todo su peso. No cuestionaba la democracia como ideal, sino su funcionamiento real. Denunciaba una estructura en la que la voluntad del ciudadano apenas alcanza las esferas donde se toman las decisiones clave. “La democracia no pasa de ser una fachada”, afirmaba, en una crítica que hoy resuena con especial fuerza.

Su visión del mundo era abiertamente pesimista, pero no resignada. Insistía en la necesidad de mantener el espíritu crítico, de no aceptar el estado de las cosas como algo inevitable. El mayor peligro, advertía, es el silencio: dejar de preguntarse si las cosas pueden cambiar.

Incluso cuando hablaba del futuro, lo hacía sin certezas. Saramago intuía el final de una civilización y el inicio de otra, pero rechazaba las utopías a largo plazo. Para él, la única utopía razonable era el día siguiente. Lo inmediato. Lo que aún puede transformarse.

A veinte años de aquella entrevista, sus palabras no han perdido fuerza. Quizá porque no eran una predicción, sino un diagnóstico. Y los diagnósticos, cuando son certeros, no caducan fácilmente.

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