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Dean Koontz, escritor: "La forma en que tratamos a los más humildes es lo que seguramente determina el destino de nuestras almas"

La frase del autor estadounidense en The Darkest Evening of the Year conecta con una de las grandes obsesiones de su narrativa: el bien y el mal no se deciden en los discursos, sino en la forma concreta en que tratamos a los vulnerables

Dean Koontz en una imagen reciente de su cuenta de Instagram.

Dean Koontz en una imagen reciente de su cuenta de Instagram. / https://www.instagram.com/deankoontzofficial/

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

“La forma en que tratamos a los más humildes es lo que seguramente determina el destino de nuestras almas”, escribe Dean Koontz en The Darkest Evening of the Year (Bantam, 2007, p. 107). La frase no necesita monstruos, persecuciones ni sobresaltos para inquietar: basta con que coloque la moral en el lugar más incómodo, allí donde una persona se cruza con alguien que tiene menos fuerza, menos voz o menos defensa.

Koontz, nacido en Pensilvania en 1945, es uno de los grandes nombres de la narrativa popular estadounidense de suspense. Su obra ha cruzado durante décadas territorios muy reconocibles —el thriller, el terror, la ciencia ficción, el misterio—, pero rara vez se limita al mecanismo del susto. Bajo la maquinaria del entretenimiento, sus novelas suelen esconder una pregunta más antigua y más seria: qué hacemos con el poder cuando nadie nos obliga a ser justos.

La frase pertenece a una novela especialmente atravesada por esa sensibilidad. The Darkest Evening of the Year gira alrededor de Amy Redwing, una mujer dedicada al rescate de perros, y de Nickie, una golden retriever que parece arrastrar una presencia casi sobrenatural. Como ocurre a menudo en Koontz, el suspense convive con algo más íntimo: la defensa de la inocencia, el daño que deja la crueldad y la posibilidad de que una vida se mida por aquello que protege.

Narrador que no renuncia al pulso moral

Por eso la palabra “humildes” pesa tanto. No apunta solo a los pobres ni a quienes ocupan una posición social baja. Habla de todos los que quedan en una situación de inferioridad ante nosotros: un niño, un anciano, un enfermo, un empleado sin poder, un desconocido vulnerable, un animal abandonado. Koontz desplaza la ética desde los grandes principios hacia una escena concreta: alguien puede abusar, ignorar, ayudar o cuidar. Ahí, sugiere la frase, se juega mucho más de lo que parece.

Esa idea encaja con una tradición literaria muy reconocible en Estados Unidos: la del narrador popular que no renuncia al pulso moral. Koontz no escribe desde la solemnidad del tratado, sino desde la novela que engancha, avanza y empuja al lector por pasillos oscuros. Pero en esos pasillos suele haber una distinción insistente entre la violencia como dominio y la bondad como resistencia. Sus villanos no inquietan solo por lo que hacen, sino por la ausencia de compasión que revelan. Sus personajes más luminosos, en cambio, suelen definirse por su capacidad de cuidar cuando sería más fácil mirar hacia otro lado.

Perros en su obra y en su vida

La presencia de los perros en su obra y en su vida refuerza esa lectura. Koontz ha convertido a menudo a los animales en algo más que compañía narrativa: son una prueba de humanidad. No porque idealicen el mundo, sino porque obligan a mirar la dependencia, la lealtad y la fragilidad sin cinismo. En The Darkest Evening of the Year, esa dimensión no es decorativa. El rescate animal funciona como territorio moral: quien salva a una criatura vulnerable no está haciendo un gesto menor, sino tomando partido sobre qué clase de mundo merece existir.

La frase también incomoda porque cambia el lugar del examen. No pregunta cómo tratamos a quienes admiramos, tememos o necesitamos. Pregunta cómo tratamos a quienes no pueden ofrecernos nada decisivo a cambio. Esa es una prueba menos espectacular, pero más reveladora. La cortesía ante el poderoso puede ser estrategia; la delicadeza con el débil exige otra cosa.

En tiempos de reputación pública, exhibición de virtudes y discursos morales fabricados para ser vistos, la sentencia de Koontz conserva una aspereza útil. Dice que el alma —palabra antigua, quizá incómoda para una época más dada al lenguaje psicológico o sociológico— no se decide en la imagen que proyectamos, sino en el trato que damos. Y especialmente en el trato que damos cuando podríamos salir indemnes de nuestra indiferencia.

Ahí está el colmillo de la frase. No consuela: acusa. No propone una bondad abstracta, sino una escena reconocible. La cola en un hospital, una discusión laboral, un animal en la carretera, una persona mayor que estorba, alguien que no entiende, alguien que no puede defenderse. La grandeza moral rara vez entra con música de fondo. A veces aparece, simplemente, cuando nadie nos mira y aun así elegimos no hacer daño.

Koontz ha vendido millones de libros porque sabe manejar el suspense. Pero frases como esta ayudan a entender por qué su literatura ha encontrado lectores más allá del sobresalto. En sus mejores momentos, el miedo no es el centro, sino el escenario. Lo que de verdad está en juego es otra cosa: si la compasión todavía tiene fuerza suficiente para enfrentarse a la crueldad cotidiana.

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