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Hoy se cumplen 81 años del suicidio más celebrado de la Historia

El 30 de abril de 1945, Adolf Hitler se quitó la vida en su búnker de Berlín mientras el Tercer Reich se desplomaba y las tropas soviéticas cercaban la capital alemana

Adolf Hitler.

Adolf Hitler. / EFE

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

Hay muertes que se lloran, muertes que se temen y muertes que cierran una época con alivio. La de Adolf Hitler, el 30 de abril de 1945, pertenece a esa última categoría. Hoy se cumplen 81 años del suicidio del dictador nazi en el búnker de Berlín, uno de los desenlaces más simbólicos del siglo XX y, probablemente, uno de los finales más celebrados de la historia contemporánea.

Hitler se quitó la vida en el Führerbunker, bajo la Cancillería del Reich, cuando la derrota alemana ya era irreversible. Berlín estaba siendo tomada por el Ejército Rojo y el régimen nazi se desmoronaba a toda velocidad.

El final tuvo algo de derrumbe teatral, pero también de pura cobardía política. El hombre que había arrastrado a Europa a la guerra, que había impulsado el exterminio de millones de judíos y que convirtió Alemania en una maquinaria de muerte, eligió no responder ante nadie. Se encerró bajo tierra mientras arriba ardía la ciudad que había prometido convertir en capital de un imperio eterno.

Junto a él murió Eva Braun, con quien se había casado poco antes. Ambos se suicidaron en el búnker durante la invasión soviética de Berlín; la versión más aceptada es que Braun tomó cianuro y Hitler se disparó. Sus cuerpos fueron quemados posteriormente siguiendo instrucciones del propio dictador.

La imagen conserva una fuerza brutal: el líder que había construido una religión política alrededor de su figura acabó escondido, derrotado y rodeado de ruinas. No hubo gran batalla final, ni juicio, ni rendición pública. Hubo un disparo en un búnker y una Alemania devastada.

El cierre psicológico del nazismo como poder central

El suicidio de Hitler no puso fin inmediato a la Segunda Guerra Mundial, pero sí marcó el cierre psicológico del nazismo como poder central. La batalla de Berlín continuó unos días más y la guarnición de la ciudad se rindió el 2 de mayo de 1945, según recuerda el Imperial War Museums. La capitulación alemana llegaría poco después, en mayo, sellando el final de la guerra en Europa.

Decir que fue un suicidio “celebrado” no significa olvidar la tragedia que lo rodeaba. Al contrario: se celebró porque llegaba demasiado tarde. Para entonces, el Holocausto ya había exterminado a seis millones de judíos; Europa estaba arrasada; millones de soldados y civiles habían muerto; y Alemania quedaba moral, política y físicamente destruida. La muerte de Hitler no reparaba nada, pero sí eliminaba al símbolo máximo de una amenaza que había convertido el mundo en un matadero.

Hitler no fue solo un monstruo aislado; fue el producto de una maquinaria política, propagandística, militar y social que lo sostuvo hasta el desastre.

Ochenta y un años después, la escena del búnker conserva su valor como recordatorio. El nazismo terminó militarmente derrotado, pero las ideas que lo alimentaron —antisemitismo, supremacismo, culto al líder, desprecio por la democracia, deshumanización del adversario— no desaparecieron del mundo con aquel disparo. Esa es la parte menos cómoda de la efeméride.

El 30 de abril de 1945 murió Hitler. No murieron automáticamente las condiciones que permiten que alguien como Hitler sea posible. Por eso recordar aquella fecha no debería servir solo para señalar el final miserable de un tirano, sino para entender el precio de haber llegado tan tarde a detenerlo.

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