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Gorgias, filósofo de la Antigua Grecia: “Nada existe; si algo existe, no puede ser conocido; y si puede ser conocido, no puede ser comunicado”

El sofista griego llevó al límite la sospecha sobre la realidad, el conocimiento y el lenguaje con una de las tesis más radicales de la filosofía antigua

Gorgias habló sobre la distancia entre los hechos, la interpretación y el relato.

Gorgias habló sobre la distancia entre los hechos, la interpretación y el relato. / INFORMACIÓN

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

Mucho antes de que la filosofía moderna empezara a desconfiar de la realidad, Gorgias ya había lanzado una bomba contra tres certezas fundamentales: que el mundo existe, que podemos conocerlo y que podemos comunicarlo. La frase que resume esa provocación —“Nada existe; si algo existe, no puede ser conocido; y si puede ser conocido, no puede ser comunicado”— suele atribuirse al sofista de Leontinos y procede de la tradición vinculada a su tratado Sobre el no ser o sobre la naturaleza, conservado de forma indirecta.

No conviene leerla como un simple juego de palabras. Gorgias no era un escéptico menor ni un nihilista de manual. Era un maestro de la retórica en una Grecia donde la palabra empezaba a convertirse en poder político, arma judicial y herramienta de prestigio público. Su tesis golpea justo ahí: incluso si hubiera una realidad firme, el ser humano tendría dificultades para captarla; y aunque lograra conocerla, todavía quedaría el abismo de transmitirla a otros mediante el lenguaje.

La frase funciona como una demolición en tres pasos. Primero, cuestiona la existencia misma de aquello que damos por sentado. Después, desplaza el problema hacia el conocimiento: tal vez algo exista, pero eso no significa que podamos acceder a ello con seguridad. Por último, ataca la comunicación: incluso si alguien conociera la verdad, ¿cómo podría convertir esa experiencia interior en palabras fieles, comprensibles y compartidas?

Una inquietud que sigue viva

Ahí está la vigencia de Gorgias. Su pensamiento no habla solo de metafísica antigua, sino de una inquietud que sigue viva: la distancia entre los hechos, la interpretación y el relato. En política, en los medios, en los tribunales o en la vida cotidiana, la realidad rara vez llega desnuda. Llega mediada por palabras, intereses, emociones, imágenes y encuadres. Gorgias entendió pronto que quien controla el lenguaje no solo describe el mundo: también puede moldear la percepción que los demás tienen de él.

Por eso su frase resulta tan incómoda. No ofrece una respuesta tranquilizadora, sino una grieta. Nos obliga a preguntarnos si discutimos sobre la realidad o sobre versiones de la realidad; si conocemos las cosas o apenas construimos relatos verosímiles; si comunicamos lo que sabemos o solo conseguimos aproximaciones, sombras, traducciones imperfectas de una experiencia que nunca pasa intacta de una mente a otra.

Gorgias fue uno de los grandes nombres de la sofística, una corriente a menudo despreciada por la tradición filosófica posterior, sobre todo por la crítica de Platón. Pero reducir a los sofistas a vendedores de discursos sería empobrecerlos. En su mundo, la palabra era una fuerza decisiva. Y Gorgias, quizá más que nadie, exploró su potencia y su peligro: el lenguaje puede persuadir, conmover, engañar, salvar una causa perdida o destruir una certeza aparentemente sólida.

La frase “Nada existe; si algo existe, no puede ser conocido; y si puede ser conocido, no puede ser comunicado” no debe tomarse necesariamente como una confesión literal de nihilismo absoluto. Puede leerse también como una exhibición retórica: una demostración extrema de hasta dónde puede llegar el razonamiento cuando se usa para poner en crisis las bases del pensamiento. Gorgias no solo formula una doctrina; muestra el poder de una mente capaz de hacer tambalear lo evidente.

En tiempos saturados de discursos, versiones enfrentadas y verdades en disputa, su intuición conserva una fuerza feroz. La realidad importa, pero nunca llega sola. Siempre necesita palabras. Y las palabras, como sabía Gorgias, no son un cristal transparente: son una herramienta poderosa, ambigua y peligrosa.

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