Empédocles de Agrigento, filósofo de la Antigua Grecia: “Nada nace ni perece, sino que las cosas se mezclan y se separan”
El pensador presocrático anticipó una intuición poderosa: la realidad no desaparece, solo cambia de forma

Empédocles de Agrigento estaba convencido de que la realidad no desaparece, solo cambia de forma. / INFORMACIÓN
Antes de que la ciencia moderna hablara de conservación de la materia, Empédocles ya había formulado una idea asombrosamente fértil: nada surge de la nada y nada se destruye por completo. Lo que llamamos nacimiento y muerte sería, en realidad, un cambio de composición. Las cosas aparecen cuando sus elementos se reúnen y desaparecen cuando vuelven a separarse.
La frase “Nada nace ni perece, sino que las cosas se mezclan y se separan” resume una de las tesis centrales del filósofo de Agrigento, una de las figuras más fascinantes del pensamiento presocrático. Empédocles vivió en el siglo V a. C. y fue filósofo, poeta, médico, político y personaje casi legendario. Su obra combina intuiciones físicas, lenguaje mítico y una visión del mundo donde la naturaleza funciona como un gran proceso de unión y ruptura.
Para Empédocles, la realidad está formada por cuatro raíces o elementos fundamentales: tierra, agua, aire y fuego. Nada nace en sentido absoluto porque esos elementos ya existen. Nada muere del todo porque esos mismos elementos permanecen. Lo que cambia es su mezcla. Un cuerpo, una planta, un animal o una piedra son configuraciones temporales de esas raíces. Cuando esa combinación se deshace, no hay aniquilación: hay transformación.
Lo visible cambia, lo esencial se reorganiza
La idea tiene una fuerza enorme porque desmonta una de las percepciones más básicas de la vida humana. Vemos nacer, crecer, marchitarse y morir. Vemos aparecer formas nuevas y desaparecer otras. Pero Empédocles mira por debajo de la superficie y propone otra lectura: lo visible cambia, lo esencial se reorganiza. La muerte no sería una desaparición total, sino una separación de aquello que antes estuvo unido.
En su sistema, dos fuerzas cósmicas gobiernan ese movimiento: Amor y Discordia. El Amor une, mezcla, atrae y crea combinaciones. La Discordia separa, rompe, descompone y devuelve cada elemento a su aislamiento. La realidad entera sería el resultado de esa tensión permanente entre unión y separación. No hay quietud definitiva, sino ciclos. No hay creación desde la nada, sino recomposición.
Leída hoy, la frase de Empédocles conserva una potencia casi contemporánea. Habla de la materia, pero también puede leerse como una intuición sobre la vida. Las relaciones, las ciudades, las culturas y las identidades también se mezclan y se separan. Lo que parece estable es muchas veces una combinación provisional. Lo que parece final quizá sea solo una nueva forma de distribución.
Ahí está la belleza de su pensamiento: no elimina el drama de la pérdida, pero lo coloca dentro de un ciclo más amplio. Nada permanece igual, pero nada se borra sin dejar rastro. Todo entra en otras mezclas, en otras formas, en otros equilibrios. La naturaleza no funciona como una línea recta, sino como una serie de encuentros y disoluciones.
Empédocles no fue un científico moderno, pero su intuición abrió una vía decisiva: pensar el mundo no como una sucesión de milagros aislados, sino como un proceso material regido por combinaciones. Lo que cambia no es la existencia de los elementos, sino su manera de reunirse.
Por eso su frase sigue funcionando. “Nada nace ni perece” no niega la experiencia del cambio; la radicaliza. Nos recuerda que vivir es formar parte de una materia en tránsito, de un mundo donde cada forma es temporal y cada final puede ser, al mismo tiempo, una separación y el comienzo de otra mezcla.
La leyenda sobre su muerte
La muerte de Empédocles está rodeada de una de las leyendas más famosas de la filosofía antigua. Según la versión más conocida, el pensador se habría arrojado al cráter del Etna para desaparecer sin dejar rastro y hacer creer a sus seguidores que había ascendido a la condición divina.
El plan, sin embargo, habría quedado arruinado por un detalle casi irónico: el volcán expulsó una de sus sandalias de bronce, revelando el engaño. La historia, transmitida por autores posteriores y difícil de verificar, funciona más como mito literario que como dato biográfico fiable, pero encaja con la imagen de Empédocles como figura excesiva, entre filósofo, poeta, médico, taumaturgo y personaje casi sagrado.
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