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Laura Gallego, escritora: "Los adultos tienen la seguridad. Los niños tienen la ilusión. Pero sois los jóvenes los que tenéis el poder para cambiar el mundo"

La autora valenciana resume en esa frase una idea central de la literatura juvenil: la juventud no es una etapa de espera, sino una fuerza capaz de mover la historia

La escritora Laura Gallego.

La escritora Laura Gallego. / INFORMACIÓN

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

Hay frases que funcionan porque no tratan a los jóvenes como futuros adultos, sino como protagonistas del presente. “Los adultos tienen la seguridad. Los niños tienen la ilusión. Pero sois los jóvenes los que tenéis el poder para cambiar el mundo”, de la escritora Laura Gallego, condensa una de las grandes pulsiones de la literatura juvenil: la idea de que la transformación empieza justo en esa edad incómoda en la que ya no basta obedecer, pero todavía no se ha aprendido a resignarse.

La cita procede de Las hijas de Tara, novela de la escritora valenciana Laura Gallego, una de las autoras españolas más leídas dentro de la literatura fantástica y juvenil.

La fuerza de la frase está en cómo reparte las edades de la vida. A los mayores les concede el conocimiento; a los adultos, la seguridad; a los niños, la ilusión. Pero reserva a los jóvenes algo más explosivo: el poder. No el poder entendido como cargo, autoridad o dominio, sino como energía de ruptura. Como capacidad de cuestionar lo heredado y de empujar una realidad que otros ya dan por cerrada.

Esa mirada conecta con buena parte del universo literario de Laura Gallego. Sus novelas suelen estar pobladas por personajes jóvenes que descubren que el mundo es más complejo, más injusto o más peligroso de lo que les habían contado. Y, precisamente por eso, deben decidir. No son figuras pasivas esperando una lección de los adultos: son quienes cruzan el umbral, cometen errores, desafían normas y descubren hasta dónde llega su responsabilidad.

Territorio de riesgo

La frase también evita una idealización blanda de la juventud. No dice que los jóvenes tengan siempre razón ni que su impulso baste por sí solo. Los sitúa entre la ilusión infantil y la seguridad adulta, en un territorio de riesgo. Cambiar el mundo exige algo más que entusiasmo: exige coraje, desobediencia, aprendizaje y capacidad para soportar las consecuencias de actuar.

Laura Gallego, autora de ' Memorias de Idún'.

Laura Gallego posa con una de sus obras. / EP

La sentencia tiene una resonancia evidente. Los grandes debates contemporáneos —clima, tecnología, desigualdad, salud mental, precariedad, identidad, futuro laboral— golpean de lleno a generaciones que han crecido con la sensación de heredar un mundo inestable. La frase de Gallego no les ofrece consuelo fácil. Les recuerda que el poder de cambiar las cosas no llega cuando todo está ordenado, sino cuando todavía se está construyendo una voz propia.

Crítica al adulto conformista

También hay una crítica implícita al adulto satisfecho. La seguridad puede ser virtud, pero también puede convertirse en comodidad. Quien ya ha encontrado su sitio tiende a protegerlo. Quien todavía no lo tiene puede imaginar otro. Por eso la juventud incomoda tanto a las sociedades rígidas: porque no solo pregunta cómo funciona el mundo, sino por qué debería seguir funcionando así.

En la literatura juvenil, esa tensión es decisiva. La aventura casi nunca consiste solo en derrotar a un enemigo externo. Consiste en descubrir que crecer implica tomar partido. El héroe joven no cambia el mundo porque sea puro o perfecto, sino porque todavía no ha aceptado del todo las excusas que lo mantienen igual.

Por eso la frase sigue funcionando fuera de su contexto original. Habla a lectores adolescentes, pero también interpela a adultos que han olvidado esa sensación de posibilidad. La juventud, en la mirada de Laura Gallego, no es una espera ni una transición menor. Es el momento en que la ilusión empieza a medirse con la realidad y puede convertirse en acción.

“Los jóvenes tienen el poder para cambiar el mundo” no es solo una frase bonita para subrayar en una novela. Es una declaración sobre quién mueve realmente las historias: no quienes ya se sienten seguros, sino quienes todavía creen que las cosas pueden ser distintas.

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