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Teofrasto, filósofo de la Antigua Grecia y padre de la botánica: “El tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar”

El que fuera presidente de la escuela peripatética durante 36 años dejó una reflexión que hoy choca de frente con la cultura de la prisa y la productividad constante

Teofrasto, filósofo de la Antigua Grecia que es considerado el padre de la botánica.

Teofrasto, filósofo de la Antigua Grecia que es considerado el padre de la botánica. / INFORMACIÓN

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

Mucho antes de los relojes inteligentes, las agendas saturadas y la obsesión contemporánea por “aprovechar el tiempo”, Teofrasto ya había resumido el problema en una frase demoledora: “El tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar”.

La sentencia, atribuida al filósofo griego del siglo IV a. C., conserva una vigencia incómoda. No habla de dinero, poder o éxito. Habla de algo mucho más irreversible: aquello que se pierde incluso cuando creemos estar ganándolo.

Teofrasto fue discípulo de Aristóteles y acabó dirigiendo el Liceo tras la muerte de su maestro. Aunque pasó a la historia como el “padre de la botánica” por sus estudios sobre plantas y naturaleza, también escribió sobre ética, carácter y comportamiento humano. En sus textos aparece una preocupación constante por la forma en que las personas viven, deciden y desperdician su existencia.

La frase tiene fuerza precisamente porque invierte una lógica muy moderna. Hoy se habla de “invertir tiempo”, “optimizarlo” o “rentabilizarlo”, como si fuera una moneda. Teofrasto usa otro verbo: gastar. Y ahí está la clave. Porque el tiempo no se guarda. No se recupera. No vuelve.

Ocupar cada minuto no equivale a vivir mejor

La reflexión también desmonta una de las grandes ilusiones contemporáneas: creer que ocupar cada minuto equivale a vivir mejor. En una época marcada por las notificaciones permanentes, la hiperproductividad y la ansiedad por no quedarse atrás, la idea de Teofrasto suena menos filosófica y más casi como una advertencia.

Más de dos milenios después, la frase sigue funcionando porque señala una verdad sencilla y difícil de aceptar: las personas suelen proteger más su dinero que sus horas. Y, sin embargo, sólo una de las dos cosas puede recuperarse.

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