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William Shakespeare, escritor: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”

Esta cita se atribuye al autor inglés, pero su origen genera dudas

William Shakespeare

William Shakespeare / INFORMACIÓN

J. A. Giménez

J. A. Giménez

Pocas figuras han dejado tantas frases memorables como William Shakespeare. Sin embargo, no todas las citas que circulan con su nombre tienen un origen claro. Una de las más repetidas en libros de autoayuda, redes sociales y artículos motivacionales es esta: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”.

Suena a Shakespeare. Tiene ese equilibrio entre fatalismo y responsabilidad individual tan presente en sus textos. Pero hay un problema: no existe consenso académico que confirme que realmente escribió esa frase.

Una idea muy shakespeariana… aunque no esté en sus obras

El éxito de esta cita no es casual. Encaja perfectamente con el universo del autor inglés, donde los personajes se mueven entre el peso del destino y sus propias decisiones. En tragedias como Macbeth o Hamlet, esa tensión es constante: hay fuerzas externas que empujan, pero también elecciones que lo cambian todo.

Por eso, aunque la frase no aparezca documentada de forma clara en sus textos, resulta creíble. Resume en una línea una de las grandes obsesiones de su obra: hasta qué punto somos dueños de lo que nos ocurre.

El problema de las citas atribuidas

Con Shakespeare —como ocurre con otros autores clásicos— es habitual que se le atribuyan frases que nunca escribió. El paso del tiempo, las traducciones y la transmisión popular han generado una especie de “Shakespeare paralelo” hecho de citas dudosas pero muy difundidas.

En este caso concreto, la metáfora de las cartas aparece en otros contextos literarios y filosóficos, lo que complica aún más fijar su origen exacto.

Por qué sigue funcionando

Más allá de su autoría, la frase sigue circulando porque plantea una idea sencilla y potente: no controlamos todo, pero sí cómo respondemos a lo que nos toca.

Y eso, aunque Shakespeare no lo escribiera así, es profundamente shakespeariano.

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