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La psicología dice que las mujeres a las que les empiezan a llamar “señora” sufren un choque entre la edad que sienten y la que los demás les atribuyen

No es solo una palabra: para muchas mujeres, ese trato activa la sensación de que la sociedad las ha colocado de golpe en una etapa vital que quizá no asumen como propia

Una joven se dirige como señora a una mujer de mediana edad.

Una joven se dirige como señora a una mujer de mediana edad. / INFORMACIÓN

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

Que alguien te llame “señora” puede parecer una simple fórmula de cortesía. Pero para muchas mujeres no suena neutral. Suena a frontera. A un antes y un después. A la confirmación externa de que los demás empiezan a leer su edad de una manera distinta.

La psicología lo relaciona con la diferencia entre la edad cronológica, la edad subjetiva y la edad que los demás nos atribuyen. La edad cronológica es la que marca el DNI. La subjetiva es la que una persona siente tener. Y la atribuida es la que los demás proyectan sobre ella a través del trato, la apariencia o los roles sociales.

El choque aparece cuando esas tres edades no coinciden. Una mujer puede sentirse joven, activa y alejada de la imagen tradicional de “señora”, pero recibir ese tratamiento en una tienda, en la calle o en el trabajo puede recordarle que el entorno la está clasificando de otra manera.

Vânia de la Fuente-Núñez, directora de la Campaña Mundial contra el Edadismo de la OMS.

Vânia de la Fuente-Núñez, directora de la Campaña Mundial contra el Edadismo de la OMS. / INFORMACIÓN

La investigación sobre autopercepción del envejecimiento señala que la forma en que una persona interpreta su propio proceso de hacerse mayor influye en su bienestar, su identidad y su relación con los estereotipos sociales sobre la edad. No envejecemos solo por cumplir años: también por cómo nos miran y por cómo incorporamos esa mirada.

Presión estética y social

En el caso de las mujeres, el impacto puede ser mayor porque el envejecimiento femenino suele estar más cargado de presión estética y social. La OMS define el edadismo como los estereotipos, prejuicios y discriminación relacionados con la edad, y advierte de que puede afectar a la salud mental y al bienestar.

Por eso “señora” no molesta siempre por la palabra en sí, sino por lo que puede arrastrar: pérdida de juventud, invisibilidad, madurez impuesta o una etiqueta social que no se ha elegido. En algunos contextos puede ser respeto; en otros, una señal de distancia.

También influye el doble rasero. A muchos hombres se les permite envejecer con más naturalidad social; en cambio, las mujeres siguen recibiendo mensajes que vinculan valor, belleza y juventud. Ese cruce entre edad y género es lo que los estudios llaman edadismo de género.

La reacción, por tanto, no es vanidad ni exageración. Es una pequeña sacudida identitaria. La palabra llega desde fuera y obliga a preguntarse: “¿Así me ven ya?”. Y esa pregunta puede pesar más que el término.

En el fondo, el problema no es que alguien diga “señora”. Es que muchas mujeres sienten que la sociedad usa esa palabra como un marcador de edad antes que como una muestra de respeto.

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