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Licofrón, filósofo de la Grecia clásica: "La ley es un garante de los derechos recíprocos, incapaz, sin embargo, de convertir a los ciudadanos en buenos y honestos"

La frase atribuida al sofista anticipa una discusión muy actual: si el Estado debe limitarse a garantizar derechos o también intentar formar ciudadanos virtuosos

Recreación de cómo sería Licofrón a partir de un grabado.

Recreación de cómo sería Licofrón a partir de un grabado. / INFORMACIÓN

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

La ley es un garante de los derechos recíprocos, incapaz, sin embargo, de convertir a los ciudadanos en buenos y honestos”. La frase atribuida a Licofrón, uno de los sofistas menos conocidos de la Grecia clásica, conserva una fuerza sorprendente porque plantea una pregunta que sigue viva más de dos mil años después: ¿para qué sirve realmente la ley?

Licofrón no es un filósofo popular como Sócrates, Platón o Aristóteles. De hecho, sabemos muy poco de su vida. Su pensamiento ha llegado hasta nosotros de forma fragmentaria, sobre todo a través de referencias de Aristóteles, que menciona su concepción de la ley en la Política. En esa tradición, Licofrón aparece como un pensador que reduce la ley a una especie de contrato de protección mutua: una herramienta para evitar daños entre ciudadanos, no una escuela de virtud.

Qué quería decir Licofrón

La frase distingue dos funciones que a menudo se confunden. Por un lado, la ley puede establecer límites, proteger derechos, castigar abusos y ordenar la convivencia. Por otro, no puede garantizar por sí sola que las personas sean moralmente buenas.

Dicho de forma sencilla: una sociedad puede tener normas, tribunales y sanciones, pero eso no significa que sus ciudadanos sean justos, generosos o honestos en sentido profundo. La ley puede impedir que alguien robe, agreda o incumpla un contrato; lo que no puede hacer tan fácilmente es convertirlo en una persona virtuosa.

Ahí está la modernidad de Licofrón. Su mirada separa legalidad y moralidad. Algo puede ser legal y, aun así, resultar egoísta, mezquino o socialmente dañino. Y algo puede ser moralmente valioso sin necesitar una ley que lo imponga.

Un sofista contra la idea moral del Estado

La posición de Licofrón chocaba con una visión más ambiciosa de la política, especialmente la de Aristóteles. Para Aristóteles, la ciudad no existía solo para evitar daños o garantizar intercambios, sino para hacer posible una vida buena. La comunidad política debía educar, orientar y contribuir a la virtud de los ciudadanos.

Licofrón, en cambio, parecía mucho más escéptico. Para él, la ley no era una fábrica de personas buenas, sino un pacto mínimo de convivencia. Su función consistía en asegurar que nadie vulnerara los derechos del otro. La Loeb Classical Library recoge esa formulación como la idea de que la ley es “garante recíproco de lo justo”, pero no capaz de hacer buenos y justos a los ciudadanos.

Ese matiz lo convierte en un antecedente remoto de algunas teorías modernas del contrato social y del Estado liberal: la política no debería imponer una idea única de vida buena, sino garantizar un marco común de seguridad, derechos y obligaciones.

Por qué esta frase suena tan actual

La cita de Licofrón encaja de lleno en discusiones contemporáneas. Cada vez que una sociedad debate si debe prohibir, regular, castigar o educar, aparece el mismo dilema: ¿basta con la ley o hace falta algo más?

Ocurre con la corrupción, la violencia, los discursos de odio, el civismo, la educación, la convivencia vecinal o el uso de las redes sociales. Una norma puede sancionar una conducta, pero no siempre cambia la mentalidad que la produce. Puede castigar el fraude, pero no crear honestidad. Puede perseguir la discriminación, pero no eliminar por decreto los prejuicios. Puede imponer transparencia, pero no fabricar integridad.

Por eso la frase de Licofrón resulta incómoda: recuerda que el derecho tiene poder, pero también límites. Una democracia necesita leyes; sin ellas, los derechos quedan desprotegidos. Pero también necesita costumbres, educación, confianza pública y responsabilidad personal.

La ley como frontera, no como alma

Una forma de entender la idea de Licofrón es pensar la ley como una frontera. Marca hasta dónde puede llegar cada uno sin invadir al otro. Protege la libertad, la propiedad, la vida, la palabra o la seguridad. Pero no entra del todo en el alma de los ciudadanos.

Ese límite puede verse como una debilidad o como una garantía. Para algunos, la política debería aspirar a formar mejores personas. Para otros, cuando el Estado intenta imponer una moral única, corre el riesgo de invadir la libertad individual.

Licofrón parece inclinarse hacia esta segunda intuición: la ley debe servir para que los ciudadanos no se dañen mutuamente, no para convertirlos en santos.

Un pensador fragmentario con una intuición poderosa

De Licofrón apenas conservamos datos. Se le considera un sofista griego, probablemente vinculado al ambiente intelectual del siglo V o IV a. C., y las fuentes antiguas lo relacionan también con una crítica a la nobleza de nacimiento, a la que habría considerado una palabra vacía. Algunos resúmenes modernos señalan que su figura se conoce casi exclusivamente por testimonios aristotélicos y por unos pocos fragmentos.

Esa pobreza documental obliga a ser prudentes. No conviene convertirlo en un liberal moderno antes de tiempo ni atribuirle una teoría completa del Estado que no conservamos. Pero sí puede afirmarse que su definición de la ley introduce una idea decisiva: la comunidad política puede basarse en derechos recíprocos sin exigir una transformación moral total de sus miembros.

La lección de Licofrón

La fuerza de esta frase está en su realismo. La ley importa porque protege. Sin ley, el más débil queda expuesto al más fuerte. Pero la ley no lo puede todo. No sustituye a la ética, no reemplaza a la educación y no garantiza por sí sola la virtud.

Licofrón nos deja así una advertencia muy actual: una sociedad justa no se construye solo con códigos y sanciones, pero tampoco puede vivir sin ellos. La ley puede poner límites al daño; convertir a los ciudadanos en buenos y honestos exige algo más difícil, más lento y mucho menos automático.

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