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Roman Krznaric, filósofo: “La empatía es el arte de ponerse imaginativamente en la piel de otra persona, comprender sus sentimientos y perspectivas, y usar esa comprensión para guiar tus acciones”

El autor de "El buen antepasado" recuerda que comprender a los demás no basta: la empatía verdadera también debe cambiar la forma en que actuamos

Roman Krznaric, filósofo y escritor.

Roman Krznaric, filósofo y escritor. / Sandra Román

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

“La empatía es el arte de ponerse imaginativamente en la piel de otra persona, comprender sus sentimientos y perspectivas, y usar esa comprensión para guiar tus acciones”. La frase de Roman Krznaric parece sencilla, pero contiene una idea más exigente de lo que aparenta: la empatía no es solo sentir algo por alguien, sino permitir que esa comprensión transforme lo que hacemos.

Krznaric, filósofo social y autor de Empathy: Why It Matters, and How to Get It, ha dedicado parte de su obra a defender que la empatía no debe entenderse como una emoción blanda o decorativa, sino como una herramienta práctica para mejorar relaciones, reducir prejuicios y afrontar conflictos sociales. En la presentación de su libro, el propio autor habla de la empatía como una capacidad capaz de mejorar nuestras relaciones, impulsar la creatividad y ayudar a abordar problemas como los prejuicios o los conflictos violentos.

No es simpatía, ni compasión, ni pena

La clave de la frase está en una distinción importante. Para Krznaric, empatizar no consiste simplemente en sentir lástima por otra persona. Eso sería simpatía o compasión. La empatía implica un movimiento más profundo: intentar mirar el mundo desde la perspectiva del otro.

No significa estar de acuerdo con todo lo que esa persona piensa o hace. Tampoco significa justificar sus errores. Significa hacer el esfuerzo de comprender desde dónde habla, qué siente, qué teme, qué necesita y qué historia lleva detrás.

Ese matiz es fundamental. La empatía no borra el juicio crítico, pero evita algo muy habitual: reducir a los demás a una etiqueta.

El arte de salir de uno mismo

Krznaric habla de “arte” porque la empatía no funciona como un interruptor automático. Requiere imaginación, escucha y práctica. No basta con repetir “yo te entiendo” si en realidad seguimos interpretando la vida ajena desde nuestros propios miedos, intereses o prejuicios.

Ponerse en la piel de otra persona exige suspender por un momento la idea de que nuestra experiencia es la medida de todas las cosas. Lo que para uno es fácil puede ser difícil para otro. Lo que a uno le parece evidente puede resultar inalcanzable para alguien con otra historia, otra clase social, otra salud, otra edad o otra herida.

Por eso la empatía empieza muchas veces con una frase incómoda: quizá no lo estoy viendo todo.

Comprender para actuar de otra manera

La parte más potente de la definición está al final: usar esa comprensión para guiar tus acciones. Ahí la empatía deja de ser una emoción privada y se convierte en una práctica ética.

Roman Krznaric, en la Biblioteca Jaume Fuster.

Roman Krznaric, en la Biblioteca Jaume Fuster. / Sandra Román / EPC

Si entiendo que una persona está agotada, tal vez no le exija lo mismo. Si comprendo que alguien habla desde el miedo, quizá no responda con desprecio. Si veo que un colectivo vive una dificultad que yo no he sufrido, puede que cambie mi forma de votar, trabajar, educar o convivir.

La empatía, en este sentido, no es solo una sensación amable. Es una brújula. Sirve para decidir mejor cómo tratamos a los demás.

Una idea urgente en tiempos de ruido

La frase de Krznaric encaja especialmente bien en una época marcada por la prisa, la polarización y las redes sociales. Nunca ha sido tan fácil opinar sobre personas a las que no conocemos. Nunca ha sido tan rápido convertir a alguien en caricatura, enemigo, meme o titular.

La empatía obliga a hacer lo contrario: bajar la velocidad, escuchar más y mirar antes de sentenciar. En un entorno donde todos competimos por tener razón, Krznaric propone algo menos vistoso, pero más difícil: entender antes de reaccionar.

Eso no significa ingenuidad. Significa reconocer que detrás de casi cualquier postura, error o conflicto hay experiencias que conviene comprender si de verdad queremos cambiar algo.

La empatía también tiene límites

Conviene no idealizarla. La empatía no arregla por sí sola las desigualdades, ni sustituye a la justicia, ni elimina la necesidad de normas. También puede agotarse, manipularse o quedarse en un gesto sentimental si no va acompañada de decisiones concretas.

Roman Krznaric, el filósofo que explica por qué la empatía no es solo “ponerse en el lugar del otro”

Roman Krznaric, el filósofo que explica por qué la empatía no es solo “ponerse en el lugar del otro” / Sandra Román

Pero precisamente por eso la definición del filósofo australiano es útil. No se queda en “sentir con el otro”. Añade responsabilidad: si has comprendido algo, actúa en consecuencia.

La empatía auténtica no se demuestra solo en lo que uno dice sentir, sino en cómo cambia su conducta después de haber escuchado.

Una frase para mirar distinto

La idea del autor de "El buen antepasado" sigue funcionando porque desmonta una visión cómoda de la empatía. No basta con ser sensible. No basta con emocionarse. No basta con imaginar durante unos segundos la vida de otra persona.

La empatía empieza en la imaginación, pasa por la comprensión y termina en la acción. Esa es la exigencia de la frase: ponerse en la piel del otro no para quedarse allí un momento, sino para volver a la propia vida con una mirada distinta.

En un mundo lleno de opiniones rápidas, quizá esa sea una de las formas más difíciles de inteligencia.

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