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La psicología pone nombre a lo que ocurre cuando alguien celebra la caída de un campeón como Topuria: Schadenfreude

La primera derrota del luchador alicantino ha desatado una reacción que va más allá del deporte: mezcla rechazo a la soberbia percibida y el viejo placer de ver caer al invencible

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J. A. Giménez

J. A. Giménez

La primera derrota profesional de Ilia Topuria no solo ha tenido lectura deportiva. También ha dejado una reacción social muy reconocible: junto a los mensajes de apoyo y respeto al campeón, han aparecido quienes han celebrado su caída como si fuera una especie de ajuste de cuentas emocional.

El fenómeno no es nuevo. La psicología tiene una palabra para describir una parte de esa reacción: Schadenfreude, un término alemán que alude al placer o satisfacción que algunas personas sienten ante la desgracia, el tropiezo o el fracaso de otro.

Pero en el caso de Topuria hay un matiz importante. No todo el rechazo nace de la simple envidia o de la alegría maliciosa. A mucha gente le incomoda su forma de presentarse: su seguridad extrema, su manera de anticipar victorias y esa actitud que algunos interpretan como vanidad o menosprecio hacia sus rivales.

Por eso su derrota no se ha vivido solo como el fallo de un deportista. Para algunos, ha funcionado como la caída simbólica de alguien que parecía intocable.

Qué es la Schadenfreude

La Schadenfreude aparece cuando una persona experimenta cierta satisfacción al ver que alguien fracasa, pierde o recibe una lección. No siempre se expresa de forma cruel ni necesariamente nace de un odio profundo. A veces surge como un pensamiento fugaz: “se lo tenía merecido”, “ya era hora” o “a ver si así baja un poco”.

En el deporte, esta reacción es muy común. Los campeones dominantes, los equipos que ganan siempre o los deportistas que se muestran muy seguros de sí mismos suelen generar admiración, pero también cansancio. Cuanto más alto parece alguien, más ruido provoca su caída.

Un mensaje en X sobre la derrota de Topuria.

Un mensaje en X sobre la derrota de Topuria. / X

La clave está en que el público no solo juzga resultados. También juzga actitudes.

Cuando la confianza se interpreta como soberbia

Topuria ha construido buena parte de su personaje público sobre una confianza absoluta. Esa seguridad puede tener una función competitiva: en deportes de combate, proyectar convicción, intimidar al rival y creerse capaz de ganar forma parte del juego psicológico.

El problema aparece cuando parte del público deja de verlo como mentalidad ganadora y empieza a leerlo como arrogancia. La línea es fina. Para unos, Topuria representa la ambición sin complejos. Para otros, cruza el límite y cae en la vanidad.

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Por eso, cuando un campeón así pierde, algunos no celebran solo el resultado. Celebran lo que interpretan como una cura de humildad.

“Se lo merecía”: la lógica de la justicia emocional

Otra explicación psicológica tiene que ver con la justicia emocional. Las personas tendemos a querer que el mundo parezca equilibrado: que quien se muestra humilde sea recompensado y que quien parece soberbio reciba una corrección.

Cuando alguien percibido como arrogante pierde, se activa una sensación de orden restaurado. No importa tanto si esa lectura es justa o exagerada. Lo relevante es la narrativa que se forma en la cabeza del espectador: “habló demasiado y ahora ha recibido una lección”.

Esa reacción explica muchos comentarios tras una derrota de este tipo. No se celebra únicamente que gane el rival, sino que el invencible deje de serlo.

El campeón como personaje

En el deporte moderno, los grandes atletas no son solo competidores. También son personajes públicos. Hablan en ruedas de prensa, lanzan mensajes en redes, promocionan combates y construyen una imagen.

En deportes como la UFC, esa dimensión es todavía más intensa. La seguridad, la provocación y el choque verbal forman parte del espectáculo. El público compra una pelea, pero también compra un relato: el campeón, el aspirante, el villano, el héroe, el bocazas, el humilde, el que promete y cumple.

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Topuria ha sabido jugar esa partida con enorme eficacia. Su confianza ha alimentado su aura. Pero esa misma aura también crea el efecto contrario: cuanto más rotunda es la promesa de victoria, mayor es la reacción cuando llega la derrota.

No todo es envidia

Reducir la celebración de la derrota a “envidia” sería demasiado simple. Puede haber envidia, sí. También rivalidad, antipatía, cansancio mediático o rechazo a determinadas formas de comunicar.

Hay espectadores que no soportan la chulería deportiva, aunque forme parte del espectáculo. Otros disfrutan viendo cómo un campeón dominante se humaniza. Y otros, simplemente, apoyaban al rival.

La psicología ayuda a entender el fenómeno, pero no convierte a todos los críticos en personas resentidas. La reacción puede ser incómoda, pero también revela algo del vínculo entre el público y los deportistas: no solo queremos que ganen; queremos que encajen con una idea de mérito, respeto y humildad.

La caída del invencible

La primera derrota de un campeón invicto tiene un componente narrativo muy potente. Hasta ese momento, el deportista parece vivir en una categoría aparte. Cada victoria confirma la leyenda. Cada frase desafiante se interpreta como prueba de seguridad. Cada gesto alimenta el mito.

Pero la derrota rompe esa construcción. De pronto, el campeón vuelve a parecer humano. Sangra, falla, se equivoca, pierde. Para sus seguidores puede ser doloroso. Para sus detractores, liberador.

Ese contraste explica por qué una derrota puede generar tanta conversación. No es solo un marcador. Es el derrumbe momentáneo de una historia.

La diferencia entre celebrar una derrota y desear daño

Hay una línea importante que conviene no cruzar. Una cosa es celebrar deportivamente que un luchador pierda o que un rival gane. Otra muy distinta es disfrutar con el daño físico, la lesión o la humillación personal.

En deportes de combate, esa diferencia importa todavía más. Se puede criticar la actitud de Topuria, su discurso o su exceso de seguridad. Se puede pensar que necesitaba una derrota para moderar su personaje público. Pero alegrarse del castigo físico o convertir la caída en burla cruel ya entra en otro terreno.

La rivalidad deportiva no debería borrar el respeto básico hacia quien se expone en una jaula.

Lo que revela esta reacción

La reacción ante la derrota de Topuria dice tanto del luchador como del público. Muestra cómo admiramos la confianza, pero castigamos la soberbia. Cómo nos fascinan los campeones, pero también queremos verlos caer cuando parecen demasiado seguros. Cómo el deporte se convierte en un escenario donde proyectamos ideas muy humanas: justicia, humildad, revancha, mérito y castigo. Porque no se trata solo de una pelea. Se trata de la satisfacción que algunas personas sienten cuando cae alguien al que percibían demasiado arriba.

Topuria ha perdido un combate. Pero lo que ocurrió después fue otra cosa: el choque entre la grandeza deportiva, el personaje público y una emoción humana tan antigua como incómoda.

La Schadenfreude explica una parte. El rechazo a la vanidad percibida explica otra. Y entre ambas aparece una lección bastante clara: cuanto más alto se construye un personaje, más ruido hace su primera caída.

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