Por qué decimos “marear la perdiz” cuando alguien da vueltas para no decidir nada
La expresión se usa para hablar de quien retrasa una respuesta, alarga una conversación o evita ir al fondo de un asunto

Conoce el origen de la expresión "marear la perdiz". / INFORMACIÓN
“Marear la perdiz” es una de esas expresiones que retratan muy bien una conducta reconocible: hablar mucho, dar rodeos, entretener el asunto y no resolver nada. Se usa cuando alguien complica una explicación, aplaza una decisión o mantiene una conversación en marcha sin llegar nunca al punto importante.
La frase tiene un tono claramente coloquial y suele decirse con impaciencia. Quien pide que no le mareen la perdiz está reclamando claridad: menos vueltas, menos excusas y más respuesta.
Qué significa “marear la perdiz”
En el español actual, marear la perdiz significa alargar innecesariamente una situación, entretener a alguien con rodeos o evitar una decisión clara.
Puede aplicarse a una negociación que nunca se cierra, a una explicación llena de excusas, a una relación indefinida o a una conversación en la que una persona esquiva continuamente lo esencial.
Por ejemplo: “Llevan semanas mareando la perdiz y todavía no han dicho si aceptan la propuesta”. La idea no es solo que se tarde mucho, sino que esa demora parece intencionada o inútil.
La perdiz y la caza
El origen más citado de la expresión se relaciona con la caza de la perdiz. Según esta explicación, los cazadores podían cansar o desorientar al ave antes de atraparla, haciéndola moverse, volar de un lado a otro o agotarse hasta reducir su capacidad de escape.
Ahí estaría la imagen de “marear” a la perdiz: no capturarla directamente, sino desgastarla mediante vueltas, persecuciones y movimientos repetidos.
Con el tiempo, esa escena habría pasado al lenguaje figurado. Ya no se marea a un animal, sino a una persona, una conversación o un asunto. Se lo hace dar vueltas hasta que se cansa, se confunde o pierde fuerza.
Dar vueltas sin llegar a nada
La fuerza de la expresión está en que no habla de un simple retraso. Marear la perdiz implica movimiento, pero un movimiento inútil. Parece que algo avanza, pero en realidad solo gira alrededor del mismo punto.

Un hombre mareando la perdiz en una conversación. / INFORMACIÓN
Por eso se usa tanto en situaciones donde hay promesas, reuniones, llamadas, mensajes o explicaciones, pero ninguna decisión concreta. Se habla, se matiza, se pospone y se vuelve a empezar.
La perdiz no llega a ninguna parte. Y quien espera una respuesta, tampoco.
Una frase perfecta para la política y la burocracia
Pocas expresiones encajan tan bien con determinados discursos públicos. Cuando una administración promete estudiar un problema sin concretar plazos, cuando un portavoz responde sin responder o cuando una negociación se eterniza, es fácil decir que se está mareando la perdiz.
También funciona muy bien para la burocracia. Formularios, trámites, llamadas y derivaciones de un departamento a otro pueden dar al ciudadano la sensación de estar atrapado en una persecución absurda.
La expresión resume esa frustración: hay actividad, pero no solución.
Diferencia con “andarse por las ramas”
“Marear la perdiz” se parece a “andarse por las ramas”, aunque no son exactamente iguales.
Quien se anda por las ramas se desvía del tema principal. Quien marea la perdiz, además, suele alargar la situación y cansar al otro con rodeos. Una expresión apunta más al desvío; la otra, al desgaste.
Por eso “marear la perdiz” tiene un matiz más activo e incluso más estratégico. No es solo perderse en detalles: es mantener el asunto dando vueltas.
Cuando marear la perdiz es una táctica
A veces, marear la perdiz no es fruto de la torpeza, sino de una estrategia. Sirve para ganar tiempo, evitar compromisos, desgastar al interlocutor o impedir que una decisión llegue demasiado pronto.
En una negociación, puede usarse para enfriar una propuesta. En una relación personal, para no dar una respuesta definitiva. En una empresa, para aplazar una medida incómoda. En política, para esquivar un coste.
La expresión funciona porque todos hemos visto esa maniobra alguna vez: se habla lo suficiente para no romper el diálogo, pero no tanto como para resolverlo.
Una imagen de cansancio
La palabra “marear” es clave. No significa solo mover, sino confundir, aturdir, cansar. Y eso es exactamente lo que produce una conversación llena de vueltas: al final, la otra persona no solo sigue sin respuesta, sino que acaba agotada.
Por eso la frase tiene tanta carga expresiva. Marear la perdiz no es simplemente entretener un asunto; es hacer que pierda claridad, energía y paciencia.
La expresión sigue siendo útil porque describe una forma muy común de evasión. En lugar de decir sí o no, se dice “lo veremos”. En lugar de asumir una decisión, se pide otra reunión. En lugar de responder a una pregunta, se abre un rodeo.
Y ahí aparece la perdiz: dando vueltas, cada vez más cansada, mientras lo importante sigue sin resolverse.
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