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¿Se pudo evitar el crimen de La Vila?

El hombre que mató a su mujer en La Vila y después se suicidó iba a viajar al día siguiente del crimen a Marruecos para que un sanador le curara de los fuertes dolores que desde hacía meses aseguraba que sentía y que le habían cambiado el carácter

¿Se pudo evitar el crimen de La Vila? Rafa Arjones

Nada que no sea un brote psicótico, o un desorden mental en su estadio más grave, parece explicar, que no justificar, el crimen que desde hace quince días tiene conmocionada a buena parte de la población de La Vila, la capital de la Marina Baixa. Uno de sus vecinos desde hace más de dos décadas degollaba a su mujer en el domicilio familiar que compartían con sus tres hijos y se suicidaba poco después tirándose desde un puente.

Era la mañana del lunes 13 de septiembre. La mujer, Bouchrra, de 40 años, acababa de dejar a los niños en el colegio y regresó a casa, de la que su marido, Omar, de 52 , apenas si salía últimamente. Antes tenía faena en el campo o limpiando en un hotel, pero a la pérdida del trabajo por la pandemia se unieron unos fuertes dolores abdominales que aseguraba sentir y que le habían transformado en otra persona. El carácter tranquilo y afable que quienes le conocían aseguran que tenía se tornó en taciturno y temeroso. «Estaba triste, no hablaba, tenía mucho miedo y pedía perdón por todo», cuenta Mustaphá, uno de sus ocho hermanos que llegó a La Vila hacía 1999, dos años antes que Omar.

Más de diez meses llevaba Omar acudiendo al médico y a Urgencias del Hospital de la Marina Baixa con dolor en el abdomen. Varias de las visitas coincidieron con el pico de la tercera ola.

Una percepción que confirma Aini Mourad, imán de la mezquita Al-Huda, una de las dos que hay en La Vila, de la que ni Omar ni su mujer eran excesivamente devotos, pero a la que el hombre llevaba cada semana a sus dos hijos mayores (una brillante estudiante de 15 años y un niño de 10) para que recibieran clases de árabe. Como «alguien muy preocupado por la educación de sus hijos e incapaz de matar a una mosca» le define el imán, que también notó el cambio en el carácter. «Llevaba meses mal, todo el mundo lo sabía», precisa.

Aini Mourad, uno de los dos imanes de La Vila, en la mezquita Al Huda. RAFA ARJONES

Sus hermanos (en La Vila además de Mustaphá viven desde hace décadas Nordine y Mahjoud con sus respectivas familias) cuentan que Omar fue perdiendo salud y peso y que «esos dolores no le dejaban vivir, apenas dormía». Extremos que ratifica su hija mayor, quien añade que, aunque les costó, tenían cita el próximo noviembre para el especialista en digestivo.

No iba a ser la primera vez que iba a ir a un centro sanitario. A finales del pasado año comenzó a hacerlo para ver de dónde procedía ese «intenso» (así lo definía) y extraño dolor que sentía en el abdomen tres días a la semana y que luego desaparecían para volver a repetirse en los mismos días de la semana siguiente.

Las visitas al médico se sucedieron en los primeros meses del presente año, en pleno pico de la tercera ola del covid, especialmente virulenta en esta Comunidad. Son varios los informes que atestiguan que era usuario habitual del servicio de Urgencias del Hospital de la Marina Baixa, donde cada vez que acudió le realizaron pruebas, en su mayor parte relacionadas con el aparato digestivo, que no detectaron anomalía alguna.

Omar, en una imagen de julio.

Omar, en una imagen de julio. INFORMACIÓN

Tan preocupante era la situación que decidieron viajar a Marruecos en busca de un sanador. «A veces los médicos no ven el diablo», argumenta con asombrosa naturalidad Mustaphá antes de asegurar que conoce a personas con problemas de salud que se han puesto en manos de estos curanderos en su país y han regresado sanos.

Los billetes desde Valencia tenían fecha para el 14, el día siguiente al crimen. Junto al enfermo iban a viajar su mujer, la hija pequeña del matrimonio, de cuatro años, y Nordine, el hermano mayor de Omar a cargo ahora junto a su mujer de sus tres sobrinos hasta que la Generalitat decida con quien se quedan.

En todo su círculo era sabido que Omar, pese sus evidentes problemas de salud, no estaba muy de acuerdo con ese viaje, que sus hermanos y Bouchrra, en cambio, veían como una solución para su preocupante deterioro físico y mental.

Lo que ocurrió aquella mañana de la víspera del vuelo a Marruecos en la vivienda de la plaza de la Comunitat en la que Omar acabó con la vida de su mujer y madre de sus hijos solo ellos lo saben. Una vez descartada la intervención de terceras personas en el asesinato, y con el autor material también muerto, para los investigadores el móvil pierde importancia, aunque la existencia de un brote violento por un trastorno mental se baraja como hipótesis. En la casa no se encontró medicación que indicara que estaba siendo tratado por ello.

Como un crimen de género se presentó aunque ninguno de los testimonios recogidos en su entorno apuntan a la existencia de malos tratos en la pareja. Ni familiares directos, ni amigos ni tan siquiera los vecinos más próximos escucharon nunca nada que les pusiera en alerta, aunque ese dato en este tipo de violencia no sea determinante.

Una coincidencia que entre quienes más le trataban también se da al apuntar como posible detonante de esta terrible tragedia al «mal» que pudiera parecer. De otra forma, aseguran, no se explican lo ocurrido. «Pero no la enfermedad del cuerpo sino algo de la cabeza», aclara Mustaphá mientras la hija de Omar asiente a su lado y, con una entereza impropia de su edad, afirma que su padre «estaba muy mal».

Aunque ni ella («la mejor amiga de su madre», según el imán) ni sus tíos se atreven a afirmarlo con rotundidad, están casi seguros de que a Omar nunca se le derivó a Salud Mental. Que no se indagó si esos dolores podrían haber sido la somatización de una dolencia más profunda y difícil de detectar a partir de un malestar en el abdomen. Máxime en tiempos de una presión asistencial desbordada por la pandemia.

Volcados ahora en los trámites para el traslado de los dos cuerpos a sus localidades de origen, dos pueblos vecinos no muy lejos de Casablanca, valoran la reacción de sus amigos y vecinos, que les han arropado en estos momentos de dolor sin criminalizarles por la acción de Omar. Hasta uno de los hermanos de Bouchrra, que reside en Almería, se ha alojado en casa de uno de los hermanos de Omar durante los días que ha estado en La Vila por el asesinato de su hermana. «Él también sabía que su cuñado estaba enfermo», precisa Mustaphá.

Y una amiga de Bouchrra recuerda que dos días antes de ser asesinada la mujer le contó que su marido le había pedido perdón por las molestias que por su enfermedad le estaba causando.

Más de diez meses llevaba Omar acudiendo al médico y a Urgencias del Hospital de la Marina Baixa con dolor en el abdomen. Varias de las visitas coincidieron con el pico de la tercera ola.

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