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Albatera

Una campeona palomista entre hombres

Ana Cánovas forma parte de una nueva generación de colombaires en un deporte con gran arraigo en la Vega Baja/ La joven denuncia que no fue invitada por la federación a la recepción real como ganadora del campeonato nacional junior por ser mujer

Ana junto a su padre, Juan Carlos, en un palomar del campo de Albatera.

Ana junto a su padre, Juan Carlos, en un palomar del campo de Albatera. tony sevilla

«Tú de qué vas», «Político Corrupto». «Infiltrado», «Plata o Plomo», «Ay Mare». No es parte del guión de un thriller. Como «Hablar por hablar», «Café Copa y Puro» o «Gin Rives» son nombres de palomos de competición. Deportistas de élite y principales protagonistas de uno de esos deportes que llaman «tradicionales» pero que siguen todavía muy vivos entre la gente de los pueblos que conservan con orgullo esa condición.

En sus modalidades de suelta y de raza la colombicultura mantiene un fuerte arraigo en la comarca de la Vega Baja. Del Mudamiento a Torrevieja, desde Arneva a Guardamar son 42 los clubes que se pueden encontrar del total de 112 federados de la provincia. En algunas poblaciones como Callosa u Orihuela hay más de un club registrado. Deporte, afición. La colombicultura engancha. Y sus costumbres (y sus secretos) se siguen transmitiendo de padres a hijos dicen que desde época andalusí.

Para la albaterense Ana Cánovas, campeona de España Juvenil 2017, las palomas son asunto de familia, «para mi abuelo y mi padre son su hobby, y de pequeña siempre lo he vivido, es tradición familiar». Son palomistas (o colombaires) de la modalidad deportiva de suelta «de celo» o «de pica».

Si en las competiciones de raza se busca el ejemplar más hermoso y elegante, en los de suelta, palomas y palomos recrean al vuelo y en el aire el complejo mundo de los lances del amor. Se valora el instinto del macho para atraer a la paloma, eso que los humanos llamamos dotes de seducción, y el vencedor de cada «suelta», será el macho que más tiempo pase con ella o el que consiga llevársela a su palomar. Como la vida misma, dirán. Pero no es tan fácil, porque cada palomo tiene que competir, al menos, con otros 99 que vuelan con el mismo objetivo. Durante el desarrollo de la prueba, de unas dos horas de duración, se producen diversas situaciones que cuentan para la puntuación final. Mientras las aves son seguidas por el campo de vuelo por propietarios, aficionados y un equipo arbitral que certifica la prueba.

«Cuando un palomo está volando ves su seña de identidad, que no coincide con la de otros propietarios, así lo puedes reconocer», explica Ana. Los «walkis» y las emisoras de radio son también fundamentales para seguir el pelotón en cada suelta. La paloma se distingue con una pluma blanca en la cola. «Tendré unos 100 palomos en el picadero y otros sesenta en un almacén familiar, los que sabemos que van a tener, por así decirlo, un mejor futuro, los tenemos en un picadero de pago».

Discriminación

«Tú de qué vas» es uno de sus palomos ganadores. Con él consiguió Ana Cánovas Gutiérrez, a los 16 años, el campeonato nacional en una modalidad deportiva eminentemente masculina. Aunque la lista de participantes en los últimos campeonatos juveniles parecen mostrar un cambio de tendencia a corto plazo, al contar con una mayor presencia de chicas -alrededor del 25%-, en los campeonatos absolutos la mujer es rara avis en un deporte que todavía es cosa de hombres. La balear Irene Lillo fue la única mujer participante en la edición de 2018.

«No soy persona que se cohíba en un sitio donde hay hombres, cuando se suelta la paloma tu vas donde va tu palomo», dice Ana lamentando haber sido excluida de la recepción oficial ofrecida por la Casa Real a los ganadores de estas modalidades deportivas, «pero me ha sentado mal porque han ido otras personas antes que yo».

Más crítico, su padre habla directamente de «censura» por «ser menor de edad y mujer» y denuncia abiertamente «las normas machistas de algunos directivos que dicen cumplir la ley de igualdad con señoras y jóvenes familiares de directivos para cubrir expediente».

La colombicultura mueve pasiones. Y dinero. En torno a 20.000 euros llega a costar un palomo campeón. La cría, su entrenamiento y los cuidados profesionales en «picaderos de pago» también exigen un constante desembolso económico. Las apuestas, de las que pocos quieren hablar, mantienen un flujo de dinero y un interés constante entre muchos aficionados.Pero es lo accesorio. Palomistas y palomares conservan la ancestral fascinación de los humanos por el vuelo de las aves.

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