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Los últimos artesanos de la sal de Torrevieja

Manuel Sala y Miguel López mantienen la tradición de la elaboración de barcos y objetos cuajados en las aguas hipersalinas de la laguna rosa

Manuel Sala muestra un barco de sal en el «charco» de la laguna rosa. Tony Sevilla

Asoma ya algo de cansancio a los ojos de Manuel Sala, junto a Miguel Pérez, los últimos hombres de la sal que quedan en Torrevieja. Salineros artesanos, o artesanos salineros. Ni ellos, jubilados de la Compañía Salinera saben qué fue primero. Abrumados por la responsabilidad de saberse depositarios de esos conocimientos que se pierden en este mundo de lo virtual y lo sucedáneo, y por el interés que despierta su oficio ancestral, muestran en sus manos lo que para cualquier torrevejense es el símbolo de la ciudad, un barquito de sal.

Llegaron a ser muy populares como recuerdo de Torrevieja. Trofeo cordial entregado en tantas y tantas noches de Certámenes de Habaneras. O, conservados en urnas de cristal, ocupando lugar destacado de las casas torrevejenses, como principal seña de su identidad y de su orgullo. Objetos preciosos creados curiosamente en esa laguna de los trabajos duros donde los hombres de Torrevieja se dejaban la vida para ganarse el pan. La misma que llenaba de úlceras sus piernas y que ellos llamaban «el charco» , aunque hoy la vemos de color rosa, como un centro de un importante ecosistema natural o lo más buscado en el exhibicionismo paisajístico de las redes sociales.

Desde la Asociación Cultural Ars Creatio, la profesora e investigadora Ana Meléndez intenta recuperar el interés por el difícil y antiguo arte de la cristalización de la sal. A través de artículos y documentales detalla y divulga la extraordinaria labor de artesanía, conocimiento del medio natural y paciencia que se pone en práctica en cada temporada de cuaje. Una difícil combinación de insolación, salinidad del agua y viento de levante que estos maestros de la laguna manejan con extraordinaria habilidad.

Los antiguos usos de esta tradición artística salinera pasaban por clavar juncos en el fondo de las orillas que todavía no tuvieran una capa dura de sal para que la sal cuajara a su alrededor. Y se formaran los grumos, los «dados de sal» en forma cilíndrica.

Después pasaron a utilizarse palos de madera donde se acumula la sal cuajada. Colocados en tablas, como ahora, quedan sujetas con estacas para evitar su deriva. Lo mismo se hace con los armazones -de madera, caña india, pvc e hilo de algodón- de los populares barcos y con cualquier objeto que se quiera cristalizar: grumos -que esperan ser «merchandising» para las visitas turísticas en tren y que se han recuperado este año- los barcos elaborados por los alumnos de centros escolares, logotipos de instituciones locales o el cetro de la Reina de la Sal. Lo demás es un constante ir y venir bajo el duro sol estival y con el agua a la cintura, por los lugares que tienen asignados los artesanos en la laguna para estos menesteres. Se sumergen los objetos por la mañana y se vuelve a recogerlos por la tarde cuando el levante se calma.

El proceso es lento y repetitivo. Vuelta y vuelta mientras lentamente, los cubos de cristal de sal se van adhiriendo superpuestos al algodón de los armazones. Este año ha sido atípico en la laguna. A finales de abril una «estropá» de lluvia torrencial dejó más de doscientos litros de agua por metro cuadrado en Torrevieja. Por lo que este año «ha cuajado cuando le ha dado la gana», señala Sala.

Los levantes

Y los artesanos han estado pendientes de los levantes hasta principios de julio para sacar adelante las piezas. Los antiguos talleres mecánicos de la salinera sirven de almacén para los barcos recién sacados del espejo del agua. Naves de madera, piezas de recambio comidas por la corrosión de y antiguas herramientas se alternan en un paisaje testigo de la industria en la que dio trabaja a Torrevieja hasta los años 50.

Hasta 10.000 grumos se elaboraban en la década de los sesenta, recuerda Sala, «para repartirlos a las visitas de las salinas y para que los salineros se los llevaran a sus casas». «Esto viene de muy atrás, no es cosa nuestra», aclara Sala, que puede distinguir las manos de distintos artesanos en los barcos: los del Tío Vilella, los de Juan Pujol...».

Sala muestra con orgullo el final de la obra, eso sí, que requiere de una urna de cristal para evitar que la humedad y los cambios de temperatura desbaraten el resultado. La sal no se altera ni caduca. Y de esta forma una sencilla muestra de artesanía puede perdurar toda una vida.

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