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La inundación afecta a 4.000 hectáreas de la Vega Baja a la semana de la riada

Amplias zonas de Orihuela, Almoradí, Dolores, Daya Vieja, Daya Nueva, Catral y San Fulgencio tardarán meses en recuperar la normalidad

Dos guardias civiles y un policía cooperan en la evacuación de una mujer afectada por la devastadora inundación.

Dos guardias civiles y un policía cooperan en la evacuación de una mujer afectada por la devastadora inundación. Álex Domínguez

Tres víctimas mortales, 5.000 personas evacuadas,1.500 millones de euros en daños materiales en una primera estimación, 25.000 hectáreas de cultivo afectadas, 9.000 viviendas perjudicadas y 2.700 vehículos inundados o arrastrados por el agua. La gota fría de septiembre de 2019 -la DANA de septiembre- va a quedar en la memoria como la más dañina en 140 años en una Vega Baja que en los últimas tres décadas años se creía a salvo de la catástrofe. Todavía hoy 4.000 hectáreas de suelo agrícola y urbano está bajo las aguas.

Durante las jornadas previas al episodio de gota fría la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) subrayaba el riesgo y disponía una emergencia sin precedentes: nivel rojo para toda la provincia. Se podían sumar hasta 500 litros por metro cuadrado de precipitación. La ensoñación del «aquí no pasa nada» generó no poca incredulidad en autoridades y población, pero se terminó suspendiendo la actividad lectiva y muchas otras desde el mismo jueves día 12. Ahora a todos queda la certeza de que la alerta salvó muchas vidas. AEMET acertó. La puesta en marcha de todos los dispositivos de emergencias evitó una tragedia mucho mayor.

El temporal se cebó en primer lugar con Orihuela. En la mañana de esa misma jornada el violento torrente de la rambla de Abanilla, que ha perdido su cauce natural en Orihuela en el proceso de urbanización, se llevó por delante todo lo que encontró a su paso en el polígono industrial Puente Alto dejando una imagen que ha dado la vuelta al mundo: docenas de vehículos de una empresa concesionaria flotando en los márgenes de la carretera. Desde Murcia, casi sin querer reconocerlo, la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS) apuntaba a la necesidad de desembalsar el pantano de Santomera. Esto implicaba aportar al Segura un caudal que no podía asumir.El embalse de Santomera, infraestructura construida en los años sesenta para evitar riadas y no para almacenar agua recogió entre el jueves y el viernes más de 15 hectómetros cúbicos de agua. La CHS no tuvo más opción. O dejar que el pantano rebosara con consecuencias imprevisibles que incluían su probable rotura, o trasladar todo ese caudal a la Vega Baja. Y abrió las compuertas.

El día siguiente el río Segura se desbordaba de forma contenida en su salida del casco urbano en el Puente del Rey. También en El Reguerón, acequia de riego construida para evitar las avenidas en Murcia capital. Es el primero en desbordarse anegando el barrio de Mariano Cases, Molins y Correntías. El episodio torrencial, que ya exigió horas antes la movilización de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y todos los efectivos disponibles de Guardia Civil, Policía Nacional, Bomberos del Consorcio Provincial y Protección Civil, no se detuvo ahí.

Sin contención

El cauce del Segura no aguantó la presión de más de 200 metros cúbicos por segundo que alcanzó en algunos puntos de la Vega Media y Baja y se rompió a su paso por los municipios ribereños. La mota (muro de contención que debe evitar los desbordamientos), cedió entre Algorfa y Almoradí, y la huerta se convirtió en una enorme laguna de 5.000 hectáreas entre Almoradí y el mar. La propia ciudad de Almoradí, Dolores, Daya Vieja y Daya Nueva, zonas de la huerta de Rojales y Catral y San Fulgencio quedaron literalmente bajo las aguas. Los llamamientos desesperados de los alcaldes para que los vecinos se pusieran salvo -sabían de lo que hablaban-, no tienen precedentes en la historia de la comarca. En algunos barrios se vivieron escenas de angustia, familias abandonando sus casas con el agua a la cintura y los niños en brazos. Lo tuvieron que dejar todo atrás.

La riada ha sido también la primera de la historia documentada casi en directo a golpe de móvil con la certeza de unas imágenes frente a las que las administraciones públicas responsables de gestionar la catástrofe no podían responder exclusivamente con el argumento de que se estaban difundiendo «bulos». Ocurrió cuando cedió el cauce en Algorfa, o todavía el martes pasado cuando la inundación amenazaba cortar el tráfico en la N-332 y la CHS no tuvo más remedio que autorizar la petición del alcalde de Guardamar de abrir una zanja para aliviar la desembocadura. El histórico temporal y su desgracia también ha generado una oleada de solidaridad inédita que está ayudando a miles de afectados a recuperar la normalidad cuando en amplias zonas de la comarca el agua, a día de hoy, todavía alcanza medio metro de altura. La cuenca del Segura tuvo que asumir 2.800 hectómetros de volumen hídrico en un fin de semana. La mayor parte, además de lo que retiene la tierra, ha ido a parar al mar: el Segura es, y lo demuestra de esta forma devastadora tras siglos de contención, un río.

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