A pesar del año que estamos viviendo, entre indecisiones, confinamientos, temores, sufrimientos, pérdidas de seres queridos, desconocimiento y mucha ignorancia; estamos aquí. Podríamos continuar con una retahíla con la que se podría poner un cinturón al globo terráqueo a la altura del Ecuador, y llegar a pensar que no ha sido un año malo del todo, pues además de las prohibiciones, suspensiones y prórrogas, hay celebraciones que dentro de las limitaciones se han podido llevar a cabo. En este último caso, me refiero a la conmemoración del primer centenario de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de Monserrate que, aunque no se ha podido darle todo el esplendor que merecía debido a esta dichosa pandemia, se ha llevado adelante gracias a todos aquellos oriolanos que con imaginación y grandes dosis de buena voluntad, lo han hecho posible.

Muchas veces para significar la actitud de una persona por el reconocimiento al haber recibido algo, ya sea de orden material o espiritual, echamos mano del refrán que dice: «es de bien nacido ser agradecido». Esto, en referencia a haber logrado favores desde empíreo por la intercesión de la Virgen de Monserrate, tras haber hecho la promesa de si se concedía se llevaría a cabo una acción concreta por parte del beneficiado, lo narra en muchas ocasiones, Josef Montesinos Pérez Martínez de Orumbella, en su «Compendio Histórico Oriolano».

A eso nos vamos a referir en los momentos que se vivía una epidemia de fiebre amarilla en 1804 y 1805, que el mosquito «aedes aegipte» procedente de las Antillas a través de un barco de guerra español, con su mortífero vuelo hizo estragos en Alicante y Cartagena. Orihuela, gracias a las medidas profilácticas adoptadas en el primero de esos años salió indemne del contagio, lo que no evitó que algunos que se veían atemorizados por el insecto se encomendasen a María Santísima de Monserrate que, en aquellas circunstancias se encontraba depositada en la catedral.

Así, el lunes 30 de diciembre de 1805, el canónigo Matías Pérez Cordover, secretario de Cámara del Obispo Francisco Antonio Cebrián y Valda, oficiaba una misa en la parroquia de Santiago Apóstol, en acción de gracias por haberse librado del contagio. Meses antes, el 2 de junio, en la catedral se cantó una solemne salve por su Capilla de Música, a expensas de Theresa de Alburquerque, esposa de Juan de Togores, por idéntico motivo.

Pero, la devoción a la Virgen morena rebasaba nuestras fronteras y, desde Cartagena, el presbítero Fulgencio Tapia Mendiola, que se había contagiado el 29 de noviembre de 1804 y estando agónico se encomendó a Ella, haciendo voto de que si de libraba de la muerte y recuperaba la salud, tanto él como su madre y tres hermanas doncellas, visitarían y celebraría en Orihuela tres días seguidos una misa como agradecimiento por el favor concedido, lo que llevaron a cabo el 19, 20 y 21 de mayo de 1805.

Desde Alicante, el comerciante Esteban Díe, por haberse librado de la epidemia, el segundo día de Pascua de Pentecostés, 3 de junio de ese año, mandó celebrar a sus expensas una misa solemne en acción de gracias por el favor concedido por la Virgen.

Pero, el agradecimiento a María de Monserrate no sólo era por motivos epidémicos, pues el 31 de julio de ese año, Antonia María López de Heredia y Rocamora, marquesa viuda de Rafal, que residía en Madrid y era camarera de la Reina María Luisa de Borbón, en la noche del citado día sufrió un «dolor cólico de tanta fiereza» que los «físicos», con los medios que disponían no pudieron hacer nada por eliminarlo. Ante esta situación aconsejaron que le fuera administrada la extremaunción y la enferma, colocándose sobre su vientre una estampa de la Virgen, quedó al instante sin el dolor. Días después desde la Corte ordenó que se organizara una fiesta en la catedral oriolana, como agradecimiento por haber sanado. Así se efectuó el 24 de agosto, celebrando la misa Pedro Agustín Goyeneche, canónigo magistral del indulto y la sagrada cátedra la ocupó el agustino fray Francisco Coderch. En la víspera de la fiesta se iluminó la torre de la catedral, hubo repique de campanas y el altar de la Virgen se adornó con sesenta y ocho luces.

Ahora que se es tan desagradecido con los demás, conviene recordar aquel refrán que siempre nos otorgará la distinción de bien nacido.