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Encalao en el terrao

Del Casino al cielo

Principios del siglo XX. Vista de la terraza superior del Casino, paseo, balnearios y bahía

Principios del siglo XX. Vista de la terraza superior del Casino, paseo, balnearios y bahía A. DARBLADE

Uno de los dichos más utilizados, y que tiene relación con la capital de España, es «De Madrid al cielo». Lo que quiere decir que como en esa ciudad no se está en ningún otro sitio. Quizás el mismo motivo sea lo que hace que durante todo el año y especialmente en verano visiten Torrevieja tantos madrileños. Y es que, Torrevieja, como Madrid, es una ciudad que quien la visita por primera vez se queda maravillado con sus edificios, su historia, su cultura y su gente. Es evidente que siempre tienen ganas de volver, puesto que marca su vida para siempre.

Algunos sitúan esta frase en torno al siglo XVIII, bajo el reinado de Carlos III, considerado tradicionalmente como el mejor alcalde de la historia de la Madrid. El monarca llevó a cabo numerosas obras propias del Despotismo Ilustrado, como bellos edificios públicos que aún se mantienen en pleno esplendor como son el Palacio Real o la Puerta de Alcalá, al igual monumentos como Cibeles y Neptuno, el Jardín Botánico, etc.

Casualidad que en Torrevieja fue también Carlos III quien ordenara construir las Eras de la Sal, en 1776, en la actualidad la edificación más antigua de su casco urbano, y fuera este monarca el que erigiera la ayuda de parroquia de la Inmaculada Concepción, decreto que firmó en diciembre de 1789, días antes de su muerte, cuando una exigua población de marineros y salineros constituían la población de Torrevieja. Más de cien años después, el 20 de julio de 1896, se inauguraba un nuevo edifico: el Casino, de flamante estilo modernista, con una espléndida terraza en el piso superior que ofrecía deliciosas vistas al mar en una extensión de muchas leguas, alcanzándose a ver la inmensa planicie líquida y a lo lejos se observaban las lanchas pescadoras con sus velas latinas extendidas hasta cruzar y perderse de vista en la línea brumosa del horizonte.

Todas estas mejoras y servicios podrían haber llevado a los residentes de todas las épocas a sentirse afortunados y dichosos y a gritar a los cuatro vientos y sin tapujos el dicho que hoy nos ocupa: «Del Casino al Cielo»; una joya más de las edificaciones históricas de Torrevieja.

El Casino, desde sus inicios fue un sitio privilegiado para el juego, la restauración, el tapeo, el tardeo y el ocio nocturno y diurno, con un acertado y elegante restaurante, cafetería y heladería. En 1900 se encargó de la repostería del Casino el dueño del café-fonda de Albatera, persona de simpatías que vino a Torrevieja dispuesto a granjearse el favor del público. En 1906, Rafael Torregrosa, encargado de dar servicio gastronómico a la entidad y con la finalidad de proporcionar a la colonia veraniega toda clase de comodidades durante su estancia, estableció todos los adelantos modernos de la época: un salón restaurante en donde, además del gran confort, encontrar un esmerado servicio «a la carta y por cubierto», con «cocina y comedor inteligente y personal», ofreciendo servicio a domicilio y admitiendo encargos de toda clase de banquetes, así como gran surtido licores, champagnes, sidra «El Gaitero», vinos de Burdeos y de Rioja de todas clases, café especial, junto con exquisitos «helados finos»: sorbetes de avellana y de turrón helado. En 1915, llevaba en arrendamiento del servicio de restauración del Casino Gerónimo Torregrosa, añadiendo a la carta excelentes cervezas, asociándose con él Francisco Carvajal «el Gabirro», prestación que pasó a llevar en solitario a partir de los años veinte hasta finalizada la contienda civil española.

En los años cincuenta, tomó el arrendamiento de la repostería del Casino Armando Martínez Onteniente, junto con su esposa Ana María Cecilia Ruiz en la cocina, y con su sobrino Pedro Cecilia Pérez, de camarero; siendo «el Choto» el encargado de la elaboración de exquisitos helados artesanales: mantecado, leche merengada, blanco y negro..., que pronto tomaron fama entre todos los torrevejenses y en la colonia de veraneantes que procedentes de Murcia, la Vega Baja y Madrid pasaban en Torrevieja las temporadas de estío. Con exquisito servicio continuaron llevando la cafetería de la decana entidad cultural durante los años sesenta Alejandro García Mínguez, continuando José Manuel Gutiérrez y Paco Torres Montesinos, hasta llegar a los hermanos Paco, Luis y Antonio Ruiz Ruiz, que cesaron su arrendamiento con el Casino en el presente año.

A más de cien años vista, el Casino de Torrevieja siempre ha sido lugar de celebraciones de bailes de carnaval, de piñata, verbenas veraniegas, así como banquetes de bodas, bautizos, y comuniones, y en sus salones han compartido mesa mantel las gentes del lugar con insignes personajes a los que se les ha rendido pleitesía, entre otros: la infanta doña Isabel de Borbón, hermana del rey Alfonso XII; Santiago Ramón y Cajal, premio Nóbel de Medicina; el torero Rafael Gómez Ortega «El Gallo»; Joaquín Chapaprieta Torregrosa, presidente del Consejo de Ministros; el poeta Salvador Rueda; don Juan de Borbón, conde de Barcelona; Manuel Fraga Iribarne, presidente de Alianza Popular, y un largo etcétera de personajes famosos y destacados en la política, el mundo artístico, la ciencia, el arte y la literatura; y siempre presente sirviendo en mantel y mesa un servicio impecable de camareros: Antonio Muñoz Carlón «el Randero», Pedro Egea «Perico», Félix Carcaño, Paco «el Gitano», Vicente Rebollo, Enrique Sebastián, Anselmo Rodríguez, Manolo Lucas, Carlos Morales, Alejandro «el Carral», Eliseo Melón «el Pibe», Emilio Torralba y otros muchos que harían este listado interminable.

A día de hoy, 1 de agosto de 2021, tres días después del 29 de julio, día de Santa Marta, patrona de los camareros y, tras haber implorado y suplicado por el buen desarrollo de esta Sociedad Cultural Casino de Torrevieja, tendremos que pedir permiso al portero San Pedro para poder ascender a «El Cielo»… y «que Dios nos pille confesados»; frase que en Torrevieja se emplea para expresar que lo que se nos avecina es extremadamente incierto, grave o peligroso.

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