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Retrato del horror en el campo de concentración de Albatera

La editorial Media Vaca reedita Cuentos sobre Alicante y Albatera, quince relatos de Jorge Campos que narran el infierno que vivió como prisionero una vez concluida la Guerra Civil, con sobrecogedores dibujos de Pablo Auladell que conectan aquella pesadilla con el trabajo sobre el terreno del arqueólogo e historiador Felipe Mejías

Descubren, en 2021, la estructura de un barracón de 60 metros en el campo de concentración de Albatera

Tony Sevilla

Loreto Mármol

Loreto Mármol

Las páginas de Cuentos sobre Alicante y Albatera, de Jorge Campos, están llenas de barro, lluvia, intemperie, pedregales, frío y desconsuelo. Con esa penumbra luminosa de última hora de una tarde de verano.

Como una excavadora que remueve la tierra, la editorial Media Vaca ha desenterrado estos quince relatos autobiográficos con una nueva edición que rescata la memoria del escritor y el final de la Guerra Civil con el campo de concentración de Albatera como escenario que ha formado parte de la pesadilla de quienes lo habitaron, marcando a toda una generación que vivió entre el temor a contar y el deseo de no olvidar.

Jorge Renales Fernández, conocido como Jorge Campos, nació en Madrid el 19 de abril de 1916. Luchó en el ejército republicano con las milicias de la Federación Universitaria Escolar, a la que pertenecía desde sus tiempos de estudiante. Por su profesión de maestro, se encargó de la organización de colonias escolares para refugiados de Madrid en la zona levantina. A continuación pasó a formar parte de la redacción del periódico La Hora, órgano de las Juventudes Socialistas Unificadas, en el que continuó colaborando con reportajes y otros trabajos periodísticos hasta el final de la guerra, y alternaba estas tareas en Valencia con su labor política en el Comisariado de Carros de Combate.

Cuando terminó la Guerra Civil, pensó, como otros muchos, en salir de España, pero fue apresado en el puerto de Alicante, de donde pasó como prisionero al campo de concentración de Albatera. 

Empezó a escribir estos relatos en 1978, en un momento en que su vista comenzaba a debilitarse. Cuando se quedó ciego, se los dictó a María Victoria, su mujer, quien se ocupó de preparar la edición del libro, que se publicó en 1985, ya después de la muerte de su autor.

Ahora, se reedita con más de 200 páginas con numerosos dibujos de Pablo Auladell y un artículo del arqueólogo e historiador Felipe Mejías, que dirige desde 2017 un proyecto de investigación, cofinanciado por el Ministerio de la Presidencia y la extinta Conselleria de Calidad Democrática de la Generalitat Valenciana, para la recuperación patrimonial y el estudio del campo de concentración.

La superficie del papel es "una borradura llena de arañazos, barridos y corrimientos de grafito de donde literalmente emergen y son rescatados los dibujos", explica Auladell. El objetivo no era acompañar cada relato con una ilustración que apenas sirviera para dar una visión explícita de unos textos ya de por sí muy gráficos en su escritura, sino que el editor, Vicente Ferrer, le propuso "construir una caja de resonancia donde quedara amplificada y ramificada la voz del autor, más que en disponer un coro estéril que repitiera el estribillo de alguno de los pasajes", añade el dibujante.

Así, fue probando en un cuaderno todas sus primeras impresiones a medida que leía los textos de Campos y los mensajes de Mejías sobre cada nuevo hallazgo en el terreno. Fue entonces cuando reparó en un detalle que se repetía: "Encontré una serie de cotidianidades, de pequeños gestos, de cosas muy modestas, una arqueología de lo sencillo: unas naranjas, un pedazo de pan, una alcachofa, un plato de loza, un arrocito, un huevo… Parecía que el horror y la barbarie quedaban conjurados con estos prodigios, en principio, tan poco llamativos", pero que "dan la medida del miedo, del desamparo, de la desesperación... y también nos dicen cuánto mide una mano tendida, un dar cobijo, los centímetros de compasión que hay en una fruta", recuerda.

A Ferrer se le ocurrió que se basara en la reproducción de un cuaderno de campo sobre el propio campo. La idea, explica el editor, era "conocer en directo el lugar" para captar "las impresiones pisando el terreno" y desde ahí "contar el espacio". La visita a Albatera se produjo el 30 de enero de 2023.

A Auladell le llamaron la atención unas garcillas blancas y un huerto de granados, desnudos en esa época del año, con las granadas secas en el suelo, como momificadas. "Tienen algo de hallazgo arqueológico, también, y otro algo de proyectil y humo", rememora. Su sensación fue la de encontrarse en "un Hades, en una llanura silenciosa, donde todo llega como amortiguado, y que el sol baña con una luz casi metafísica; el huerto de granados con su fruto oscuro y esas aves blancas como almas". Pero sobre todo es "una lección de los muertos: aquí se ha quedado algo enquistado y estancado", prosigue. "Aquí, si se cruza, está uno verdaderamente del otro lado de la vida", concluye.

Campos pudo salir de allí gracias a "su inteligencia y audacia", relata Mejías. A sus 23 años, la tarde del domingo 30 de abril de 1939 tuvo la sangre fría de presentarse ante la autoridad del campo porque necesitaban con urgencia voluntarios que rellenaran salvoconductos de salida para los menores de edad y los ancianos. En uno de ellos escribió sus datos fingiendo ser menor, y así logró escapar del martirio y puede que incluso de la muerte.

Salvoconducto que le sirvió a Jorge Campos para salir del campo de concentración

Salvoconducto que le sirvió a Jorge Campos para salir del campo de concentración / Información

Esta nueva edición también recoge la memoria de Campos a través de sus hijos y un prólogo de Ricardo Blasco, amigo del autor y compañero en el campo de concentración, porque "todavía hoy estamos tratando de rescatar espacios como este que necesitan un lugar", concluye Ferrer.

Vista área de la superficie excavada

Vista área de la superficie excavada / Víctor Martínez

Nueva campaña arqueológica

Después de un año en blanco debido a que la conselleria no sacó subvenciones en 2024, Mejías espera retomar una nueva campaña arqueológica, la quinta, después del verano, a través de una ayuda que ha pedido a la Secretaría de Estado de Memoria Democrática para la búsqueda de fosas. "Uno de los proyectos es encontrar a los muertos del campo, que sabemos que están cerca", apunta el arqueólogo.

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