Un cortejo fúnebre guiado por el Caballero Cubierto recorre Orihuela
La ciudad se viste de luto este Sábado Santo para celebrar la procesión del Santo Entierro de Cristo con Luis Miguel García Lozano portando el estandarte y "La Diablesa" y el Cristo Yacente como elementos singulares

Alex Domínguez
Orihuela en Sábado Santo guarda silencio. El tiempo se vuelve más lento y la atmósfera más espesa en ese instante en el que la ciudad se reencuentra con su tradición y con aquello que la ha sostenido a lo largo de los siglos y que deja un legado que sigue siendo su identidad.
Al oscurecerse la tarde, con olor a azahar, cera, incienso, huevo y azúcar, salió la procesión más solemne de la Semana Santa oriolana, que hunde sus raíces en el siglo XVII, con la singularidad de que está organizada por el Ayuntamiento y con la rareza de un Caballero Cubierto -el personaje de más relieve de toda la Pasión oriolana- y La Diablesa.
Con redobles de tambor, sonido de bocinas y cantos, partió de la Iglesia de las Santas Justa y Rufina hasta la Catedral del Salvador y Santa María un cortejo fúnebre que tiñó de luto las calles con el Santo Entierro, que aspira a ser declarado Bien de Interés Cultural Inmaterial, al igual que su figura más emblemática, una propuesta que hizo hace dos años la Hermandad del Caballero Cubierto, aunque su expediente está paralizado.
Una comitiva, que aúna lo profano y lo sacro, en la que participan, con respeto y templanza, todos los estamentos de la sociedad oriolana: comerciantes, agricultores y cofradías, además de los Caballeros Cubiertos, los Pilares de la Soledad, los Síndicos Portadores de la Gloriosa Enseña del Oriol, la Asociación de Fiestas de Moros y Cristianos, y representantes del Juzgado Privativo de Aguas, el poder judicial y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado junto con la Corporación más sus alcaldes pedáneos y de barrio. Y hasta estuvo procesionando el primer edil de Elche, Pablo Ruz, y el subdelegado del Gobierno en Alicante, Manuel Pineda. En este contexto, la indumentaria para los hombres es el chaqué, mientras que las mujeres llevan vestido negro de mantilla.
En orden sereno, el cortejo acompañó al Cristo Yacente para proclamar el triunfo de la salvación, guiando el camino el Caballero Cubierto, este año Luis Miguel García Lozano, que portó el estandarte de fuerza, fe y respeto, símbolo de todas las virtudes de las que el pueblo se siente orgulloso: el pendón enlutado de terciopelo negro que se asemeja a la bandera de la ciudad con el escudo, el lema real -otorgado por el rey Pedro IV El Ceremonioso el 18 de julio de 1380- y los atributos de la Pasión bordados en oro, cuyas borlas son portadas por niños vinculados a él por razones de parentesco o amistad.

Procesión del Santo Entierro de Cristo en Orihuela / Alex Domínguez
Tan antigua es esta institución que ya un libro capitular habla de ella como de "tiempo inmemorial". El primero del que se tiene constancia fue Miguel Ángel Azor, en 1750. Desde entonces hasta ahora solo hay 12 años -no consecutivos- en los que no se realizó este nombramiento por avatares históricos como la Guerra Civil.
Es la Corporación municipal la que designa a la persona que por su nobleza, relevantes méritos y amor a la ciudad se ha hecho merecedora del privilegio de no descubrirse a su paso por el interior de la seo, gracias a una bula del Papa Paulo V en 1620. Así, García Lozano, con chistera y frac, entró por la puerta del Loreto sin quitarse el sombrero bajo las naves de la catedral y frente al obispo de la Diócesis, José Ignacio Munilla.
Tronos
Además del recogimiento y el silencio, destacó la riqueza de la imaginería que forma parte del legado cultural oriolano y que convierte la procesión en una lección de historia viva, con obras que representan el dolor, la esperanza y el sentido de la Pasión. En primer lugar, la palma balanceante que sostiene San Juan Evangelista (siglo XVIII), portado por alumbrantes del Ecce-Homo.
Después, El triunfo de la Cruz, conocido popularmente como La Diablesa, una obra maestra de la estética barroca que fue realizada por Nicolás de Bussy en 1695, lo que lo convierte en el paso más antiguo de la Semana Mayor oriolana.
Encargado por el gremio de los labradores, se trata de un grupo escultórico intrigante y enigmático que es todo un símbolo y que aporta un aura de misterio. El trono, a hombros de 24 costaleros, tiene un peso de 500 kilos y es el único que tiene prohibida la entrada a los templos por su figura diabólica.

Alex Domínguez
Con una imagen grotesca y una fuerte carga simbólica, representa la lucha entre el bien y el mal con una composición de marcada estructura piramidal. En la cúspide se alza la Cruz con el sudario dispuesto en forma de M (en honor a María) sostenida sobre una nube estofada en oro y plata y el globo terráqueo. En la base, aparecen las figuras de la Muerte (un esqueleto con un reloj invertido) y el Pecado, representado por un diablo con rasgos femeninos, y sobre ellos los ángeles sostienen los Arma Christi -martillo, clavos y corona-.
Así, hasta llegar a uno de los momentos más sobrecogedores, con el paso firme del Cristo Yacente, una obra de Séiquer Zanón de 1942 que desfila en urna de madera tallada por Juan Balaguer, avanzando reposado a hombros de quienes cargan no solo su peso -740 kilos-, sino el dolor de un pueblo entero, gracias a 18 miembros de la Asociación Cultural Costaleros del Cristo Yacente y la Cruz de los Labradores del Raiguero de Bonanza, formada por 80 portadores de la pedanía oriolana en la que tradicionalmente el Ayuntamiento daba una propina a agricultores y jornaleros para que portasen ambas imágenes, manteniendo viva esta tradición que pasa de generación en generación.
Este año, además, volvió a estar escoltado por la Guardia Civil de Orihuela, un destacamento al que en esta ocasión se ha nombrado Costalero de Honor para recuperar una tradición que se había perdido.
Siguiendo su huella, la Virgen de la Soledad (1954) envuelta en un luto que no es derrota, sino esperanza contenida, portada por componentes de la Hermandad de los Pilares de la Soledad ataviados con chaqué o uniforme de gala, que desde sus tiempos originales llevaban antorchas para que a la Virgen no le faltara luz en la noche.
Todo ello en un cortejo que contó, una vez más, con la implicación de hermandades, cofradías, músicos, costaleros, nazarenos, autoridades y vecinos para seguir atravesando siglos con emoción compartida.
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