ORIHUELA COSTA
Bolas rescatadas, pensión completada: el trabajo invisible de los recuperadores de pelotas de golf en Orihuela Costa
Una pareja de hermanos, ambos jubilados, dedican su jornada completa a esta actividad en los campos de Orihuela Costa, un negocio discreto pero que les ayuda a salir adelante

D. Pamies

Una peculiar cosecha se recoge de campos de golf como el de Campoamor, en Orihuela Costa. Ningún jugador de golf se molesta en buscar una pelota lanzada más lejos de la cuenta y, cada día, ya sea verano o invierno, son decenas las que se pueden recoger de sus inmediaciones. Solo hay que conocer un poco el terreno, saber qué hoyos se les atragantan más a los jugadores y mirar con un poco de atención. Pequeñas y blancas, se localizan enseguida y en un par de horas la cosecha está lista... para vender.
El tee de salida del hoyo 5 del campo de golf de Campoamor está muy cerca de la carretera que une San Miguel de Salinas con Orihuela Costa. Tan cerca, que los jugadores, que apenas se molestan en rescatar las pelotas que han mandado al barranco del Lobo o al cauce (casi siempre seco) del río Nacimiento, solo tienen que recorrer unos pocos metros y comprar una bolsa de pelotas rescatadas de esos parajes (probablemente las suyas también) extraviadas jornadas antes.
Hermanos
Los hermanos Manuel y Juan (nombres ficticios) hace tiempo que encontraron en esta actividad una forma de completar los ingresos para estirar una pensión no contributiva, de ahí que lleven especial cuidado en mantener una discreción que les permite continuar con su faena. El mayor, Manuel, al que le rondan ya los 70 años arrastra serios problemas de movilidad desde que sufrió un grave accidente en la construcción en los años 80. Su hermano, quince años menor, es quien lleva a cabo la recogida, siempre en zonas de dominio público y, enfatizan, respetando siempre la propiedad privada. Muchas veces se trata de lugares poco accesibles en los profundos barrancos que atraviesan los campos de golf de Orihuela Costa.
Jornada continua
Los dos llevan ya 28 años recogiendo y revendiendo pelotas de golf y les sale a cuenta para hacer un viaje diario de ida y vuelta a Elche. Le echan horario de jornada continua a la faena: de ocho de la mañana a tres de la tarde. A primera hora, Manuel ya está junto a la valla que delimita el campo de golf y el margen de la carretera, y Juan está buscando por los espectaculares cauces, flanqueados en su día por vegetación de ribera y una densa dehesa, que fueron transformados en los años 80 y 90 en campos de golf para mayor gloria del turismo residencial. Así se justificó un horizonte de quince kilómetros de 60.000 viviendas que se construyeron después con la playa, el sol y esos campos de golf como principales reclamos de la venta inmobiliaria del litoral oriolano. Cuatro de los ocho campos de golf que funcionan en la Vega Baja están en Orihuela Costa.

El tee de salinda del hoyo 5 del campo de golf de Campomor en Orihuela Costa / D. Pamies
Premium
Esta parada de bolas de golf recicladas tiene en exposición más de mil pelotas presentadas en bolsas de plástico. "Las mediocres", que son las que se venden con marca de franquicias de tiendas de deportes en España, se venden a diez euros la bolsa de 25 bolas. Luego está el nivel intermedio: 30 bolas por 20 euros. Las mejores, las premium —Titleist, Callaway, TaylorMade, Srixon, Bridgestone, Wilson—, se ofertan a un euro la unidad, 25 la bolsa. Las nuevas llegan a quintuplicar ese precio.
Unos pequeños carteles de cartón adornados con guirnaldas navideñas promocionan la mercancía también con el objetivo de captar a los conductores -es una carretera secundaria muy transitada-. Paran y se van cargados de reservas de pelotas de golf para los próximos meses.
A la inversa
Estos campos de golf funcionan en afluencia a la inversa que el turismo vacacional. Se llenan de jugadores, mayoritariamente del norte y centro de Europa en invierno, otoño y la mayor parte de la primavera. Y huyen de las altas temperaturas del verano. En los campos turísticos de Orihuela Costa no abunda precisamente el jugador profesional: es un golfista amateur, muchas veces extranjero, que juega por ocio y deja unas cuantas bolas por el camino entre ramblas, lagos y matorral. No son necesariamente malos jugadores, pero sí un público distinto al circuito competitivo: más cercano al turismo deportivo que a la élite del golf. En una vuelta estándar de 18 hoyos se pueden perder del orden de cuatro a seis pelotas de media. Una ruina para cualquiera si son de la gama alta.
"Tienen tanto dinero que les da igual perderlas. Las reponen y ya está. No las buscan", resume el veterano de la pareja.
Pequeñas piezas de ingeniería
Las bolas de golf modernas son pequeñas piezas de ingeniería hechas, sobre todo, con caucho, goma sintética y resinas plásticas. En el interior llevan un núcleo elástico —normalmente de caucho sintético—, que actúa como motor de la bola al comprimirse y recuperar la forma tras el impacto; sobre él se añaden una o varias capas intermedias, también de materiales elásticos y resinas, que regulan la velocidad, el tacto y el efecto. La capa exterior se fabrica con resinas plásticas resistentes en las bolas más económicas o con poliuretano en los modelos de gama alta, más blandos y precisos. El proceso se completa moldeando la cubierta con sus característicos hoyuelos, más de 350, que ayudan a estabilizar el vuelo. Después la bola se pule, pinta, marca y se somete a controles de peso, diámetro y rendimiento antes de llegar al campo.
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