MASCOTAS
¿Los gatos también deberían salir con correa? El estudio que cuestiona por qué tienen más libertad que los perros
Investigadores de la Universidad de Alicante, la UMH de Elche y Villena participan en un trabajo que propone controlar la salida de los felinos para proteger la biodiversidad

Una mujer pasea a su gato con correa por la calle. / INFORMACIÓN
Un perro que camina solo por una ciudad provoca llamadas de alerta, preocupación por su posible abandono y hasta sanciones para su propietario. Un gato, en cambio, puede recorrer calles, jardines y espacios naturales sin supervisión y su presencia suele aceptarse como algo normal. Un nuevo estudio científico cuestiona esa diferencia y plantea una pregunta incómoda: ¿por qué se restringe el movimiento de los perros cuando los gatos pueden causar un impacto mayor sobre la fauna?
El trabajo, publicado en la revista "European Journal of Wildlife Research" con el título "Are cats more equal than dogs?", sostiene que existen tantas razones para mantener a los gatos bajo supervisión, pasearlos con correa o alojarlos en espacios cerrados adaptados como para impedir que los perros deambulen libremente. La investigación está liderada por Carlos Javier Durá-Alemañ, del Instituto de Estudios Sociales Avanzados del CSIC, y fue publicada el pasado 26 de junio.
Un estudio con una destacada participación alicantina
La provincia de Alicante ocupa un lugar relevante en el equipo responsable del artículo. Entre sus autores se encuentran José Antonio Sánchez-Zapata, catedrático del Departamento de Biología Aplicada de la Universidad Miguel Hernández de Elche, y Esther Sebastián-González, investigadora del Departamento de Ecología y del Instituto Multidisciplinar para el Estudio del Medio Ramón Margalef de la Universidad de Alicante.
También participa Francisco Almarcha, investigador independiente radicado en Villena, además de Elvira Martínez Camacho y el profesor de Derecho de la Universidad de Tilburg Arie Trouwborst. Sánchez-Zapata y Sebastián-González contribuyeron especialmente al análisis ecológico y evolutivo del problema, mientras que otros integrantes abordaron sus dimensiones jurídicas y sociales.
Los gatos, vinculados a más extinciones
El estudio revisa la literatura científica disponible y concluye que los efectos adversos de los gatos que viven o se desplazan libremente son, en términos generales, mayores que los atribuidos a los perros. "Los resultados del análisis justifican un trato legal más homogéneo para perros y gatos en lo que respecta a su libertad de movimiento, mediante un endurecimiento de las normas que afectan a los gatos", indican los investigadores.

Un gato en la calle. / INFORMACIÓN
Los gatos domésticos han sido relacionados con la extinción mundial de al menos 63 especies, frente a las 11 en las que habrían intervenido los perros. Además, los primeros amenazan actualmente a un mínimo de 367 especies de vertebrados clasificadas como amenazadas, mientras que los perros constituyen un peligro conocido o potencial para 188.
Ambos animales pueden depredar fauna silvestre, transmitir enfermedades, causar molestias e incluso cruzarse con especies próximas. Sin embargo, el gato caza con frecuencia pequeños mamíferos, aves, reptiles y murciélagos durante el crepúsculo o la noche, por lo que sus efectos resultan menos visibles para la población que los ataques protagonizados por perros.
La diferencia entre lo que hace la ley y lo que dice la ciencia
En muchas ciudades europeas, los perros deben circular sujetos con correa salvo en zonas delimitadas. También pueden tener prohibido el acceso a determinados espacios naturales o estar obligados a permanecer controlados dentro de ellos.
Las restricciones equivalentes para los gatos son mucho menos frecuentes. Los ejemplares con propietario, los callejeros y los ferales pueden desplazarse sin vigilancia incluso cerca de áreas protegidas, pese a que su impacto sobre la biodiversidad puede ser superior. El estudio considera que existe un desajuste entre el conocimiento científico, las obligaciones ambientales y las normas aplicadas en la práctica.
Los autores apuntan que esta desigualdad está relacionada con la percepción social. Los perros suelen verse como animales más grandes, visibles y potencialmente peligrosos para las personas o el ganado. A los gatos, por el contrario, se les atribuye tradicionalmente un papel beneficioso como controladores de roedores y se valora su presencia en calles y centros históricos.

El estudio cuestiona las diferencias de restricciones legales entre perros y gatos. / INFORMACIÓN
Por qué los consideran especies exóticas invasoras
Desde la perspectiva del derecho de la biodiversidad, el artículo señala que los perros y gatos domésticos que deambulan libremente pueden encajar en el concepto de especie exótica invasora: carecen de un área de distribución natural, fueron trasladados por los seres humanos y pueden amenazar a la fauna autóctona.
Los investigadores citan obligaciones derivadas del Convenio sobre la Diversidad Biológica y de normas europeas como las directivas de Aves y Hábitats. Estas disposiciones obligan a prevenir, controlar o erradicar especies introducidas cuando ponen en peligro ecosistemas o especies protegidas.
El estudio llega a sostener que permitir que un animal doméstico deambule por lugares habitados por especies protegidas puede ser difícil de conciliar con la legislación europea cuando su propietario acepta el riesgo de que capture o mate fauna silvestre. Los autores consideran que el problema afecta especialmente a los gatos, ya que todas las aves silvestres están protegidas por la normativa comunitaria.
Paseos con correa, "catios" y santuarios
El trabajo no plantea únicamente encerrar a los gatos dentro de una vivienda. Propone ofrecerles espacios enriquecidos y seguros donde puedan desarrollar sus comportamientos sin acceder libremente al exterior. "Cualquier gato nuevo debe permanecer dentro de casa (mejorado según corresponda con un recinto exterior para gatos, o paseos con correa) desde el principio", proponen los investigadores.
Entre las alternativas aparecen los "catios", recintos exteriores cerrados y preparados para gatos; los paseos con correa; los santuarios; y los espacios comunitarios protegidos. Para los nuevos animales de compañía, la recomendación sería acostumbrarlos desde el principio a permanecer dentro de casa o a salir únicamente bajo supervisión.
Los investigadores toman como referencia modelos aplicados en lugares como Canberra, en Australia, y defienden una retirada gradual de los gatos de entornos naturales y urbanos abiertos. También proponen reducir progresivamente las colonias y los puntos de alimentación, trasladando a los animales a recintos seguros que garanticen su bienestar y eviten sus efectos sobre otras especies.
Los gatos también se enfrentan a peligros
Controlar sus salidas no solo serviría para proteger a las aves, reptiles o pequeños mamíferos. Los propios gatos están expuestos cuando circulan sin vigilancia a atropellos, peleas, depredadores, parásitos y enfermedades infecciosas.
Los autores sostienen que el bienestar felino puede garantizarse dentro de espacios adecuados, con enriquecimiento ambiental y acceso controlado al exterior. Su planteamiento no propone una eliminación indiscriminada: presenta a los gatos como víctimas de la irresponsabilidad humana y reclama soluciones que respeten su vida sin ignorar el daño que pueden causar.
Una revisión científica y jurídica, no un experimento
El artículo no aporta un nuevo estudio de campo ni analiza una colonia felina concreta. Se trata de una revisión de investigaciones anteriores, combinada con un examen de tratados internacionales, legislación europea y percepciones culturales sobre perros y gatos. Los autores indican expresamente que no generaron ni analizaron nuevos conjuntos de datos.
El equipo reclama por ello un enfoque interdisciplinar que reúna a especialistas en ecología, veterinaria, derecho ambiental, salud pública, urbanismo, ética, educación y ciencias sociales. El objetivo sería crear una gestión viable a largo plazo que proteja simultáneamente a los animales domésticos y a la fauna silvestre.
La propuesta abre un debate sensible: tratar al gato como un animal de compañía con responsabilidades similares a las que ya se exigen para los perros. Una correa, un recinto cerrado o unas salidas supervisadas podrían dejar de verse como rarezas para convertirse, según estos investigadores, en herramientas de convivencia y conservación.
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