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Impacto sobre el planeta

Un mundo consumido por la moda rápida

Asia sufre las peores consecuencias del modelo de la 'fast fashion': contaminación, sobreexplotación de los recursos naturales y malas condiciones laborales

Protesta contra la llamada moda rápida en Varsovia, el pasado 12 de mayo.

La industria de la moda y, especialmente, el modelo de la 'fast fashion' moda rápida y barata que se ha implantado en las últimas décadas está contribuyendo en gran medida a forzar las costuras de un planeta que ya está en una situación muy crítica. La peor parte se la llevan los países productores, la mayoría de ellos en Asia, que soportan el 60% de la producción global.

Según datos de la Alianza de las Naciones Unidas para la Moda Sostenible, el sector es responsable de entre el 2% y el 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Los tintes que se utilizan para colorear los tejidos suponen el segundo contaminador de agua del mundo. Además, los microplásticos de las fibras como el poliéster que se vierten en los océanos suponen el 9% del total anual. Cada segundo, el equivalente a un camión de basura lleno de ropa se quema o se desecha en un vertedero.

A este paso, sostiene el informe 'Pulse of the Fashion Industry', de la organización Global Fashion Agenda, la actual adicción a la moda provocará que en 2030 el consumo de ropa aumente un 63%, hasta 102 millones de toneladas de ropa. Una tendencia insostenible, según coinciden organizaciones supranacionales y oenegés.

"Son productos baratos y de tan mala calidad que están hechos para comprar y tirar. Casi como ropa desechable", explica a EL PERIÓDICO, diario perteneciente al mismo grupo de comunicación que este medio, Mathilde Charpail, fundadora de Sustain Your Style, una organización con base en Berlín que trabaja para ir hacia un modelo industrial más respetuoso social y medioambientalmente.

Desde el principio

Las malas prácticas arrancan en el mismo inicio de la cadena productiva, en la obtención de las materias primas. En Mongolia, el 90% de la superficie está en riesgo de desertificación principalmente por la cría de cabras de cachemira, que desde el año 2000 han visto duplicada su manada hasta los 70 millones de ejemplares. Algo parecido sucede en la Patagonia argentina, donde el 30% del territorio está afectado por la desertificación debido al pastoreo de ovejas para la obtención de lana.

Como consecuencia de la sobreexplotación de los campos de algodón en Uzbekistán, el mar de Aral ha quedado reducido a un 10% de su tamaño original. Hace 50 años, era uno de los cuatro lagos más grandes del mundo con 68.000 kilómetros cuadrados de extensión. Y es que para obtener un kilo de algodón se necesitan unos 20.000 litros de agua, amén de los productos pesticidas e insecticidas utilizados para el cultivo que acaban contaminando los suelos y provocando enfermedades en los trabajadores.

Y en países del sudeste asiático como Indonesia, en las últimas dos décadas se ha producido una deforestación de bosques tropicales a gran escala para producir tejidos como la viscosa, el rayón o el modal.

Países con regulaciones laxas

El modelo de negocio de la 'fast fashion' iniciado hace más de 25 años y basado en las microcolecciones –en la actualidad, algunas marcas cuentan con más de 50 microtemporadas, en lugar de las dos clásicas de primavera-verano, otoño-invierno-, implicó un cambio también en el modelo productivo. "Las marcas necesitaban rentabilizar el aumento de la producción y la trasladaron a países con unos costes de producción más bajos, principalmente en Asia", explica a EL PERIÓDICO Celia Ojeda, portavoz de Greenpeace. Unos países, recalca, con una leyes laborales y de respeto al medio ambiente mucho más laxas que en occidente.

La presión de las oenegés y de organismos como Naciones Unidas o la Organización Internacional del Trabajo ha mejorado la situación, pero todavía está muy lejos de ser perfecta.

Bangladés es el caso más paradigmático. A pesar de los esfuerzos, las fábricas textiles siguen vertiendo residuos sin depurar y contaminando ríos y canales, que en determinados momentos han llegado a estar teñidos del color de moda en Europa y EEUU. Además, la principal fuente de energía de estos países, en especial en China, sigue siendo el carbón, con lo que la producción de moda contribuye en gran medida al aumento de emisiones de CO2.

Otro factor que afecta a la sostenibilidad es la gran cantidad de agua necesaria para fabricar ropa. Al año, gasta 1,5 billones de litros. En países como en la India, se estima que el 85% de las necesidades de agua de toda la población estarían cubiertas solo con el agua destinada a producir algodón.

Al final de la vida útil

Los agravios al planeta por culpa de esta producción y consumo de ropa desenfrenados no acaban con el final del proceso de elaboración y distribución (que también general CO2). Cada vez que se lava una prenda sintética (poliéster, nylon…) se liberan microplásticos que acaban llegando a los océanos. Según la Ellen MacArthur Foundation, una organización que impulsa la economía circular, supone un tercio de la contaminación marina por microplásticos. Cada año, media tonelada de microfibras plásticas contribuyen a la contaminación marina y acaban introduciéndose en la cadena alimentaria.

Al final de su vida útil, la mayoría de las prendas van a parar a vertederos o son incineradas, siendo igualmente un peligro para el medio ambiente. El principal problema de la 'fast fahion' es que esta vida útil cada vez es más corta. Una familia occidental tira 30 kilos de ropa al año de media, y solo una pequeña parte se recicla. En países como Ghana, estos deshechos ya son un problema de primer orden, con los vertederos colapsados. Cada semana llegan al puerto de Acra 15 millones de prendas principalmente de EEUU y el Reino Unido para venderse en el mercado de segunda mano de Kantamanto, uno de los más grandes del planeta. Pero, según un reciente reportaje de la BBC, el 40% de la ropa se descarta debido a su mala calidad. En total, más de 50 toneladas cada día.

La única solución para poner fin a esta deriva destructiva es limitar drásticamente la producción, coinciden las organizaciones que luchan por un cambio hacia una 'slow fashion'. "Necesitaríamos leyes que dijeran que hay que frenar esa producción, pero hoy por hoy no hay nada tan valiente encima de la mesa", afirma Ojeda. Charpail, por su parte, destaca que muchas marcas están replanteándose el negocio para introducir procesos y materiales más sostenibles, pero sin subir los precios es un objetivo complicado. "Para conservar los precios bajos es necesario explotar a los trabajadores y los recursos naturales. Hoy en día es imposible, con la tecnología que existe, que un vaquero de 15 euros sea sostenible. Si vale 15 euros, algo sucio ha pasado", subraya.

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