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A pie de calle

La ciudad se queda sin gorriones

Veterinarios alertan de la extinción de la especie en zonas urbanas por el ataque de urracas y tórtolas turcas

Un gorrión al que atendieron en la clínica JG, a punto de ponerlo en libertad.

Un gorrión al que atendieron en la clínica JG, a punto de ponerlo en libertad. INFORMACIÓN

La típica estampa de los gorriones piando o «peleándose» en los tejados alicantinos es cada vez más remota. Porque están desapareciendo, según las teorías de los biólogos y de veterinarios como Juan Manuel Griñán, que han detectado una carencia de estas aves en los últimos meses, desde el interior de la provincia a la franja costera. Ellos lo achacan a especies no autóctonas e invasoras como las urracas y las tórtolas turcas, que devoran a sus crías cuando están en el cascarón y que les están dejando sin comida, aunque otros especialistas y ecologistas, porque hay numerosos estudios, lo relacionan también con el urbanismo que no les deja oquedades para refugiarse y con la contaminación.

«La tórtola turca, blanca con un anillo negro en el cuello, se ha hecho de ciudad, no tiene miedo a las personas, y cada vez está más cerca de parques y jardines. En la ciudad no encuentra depredadores, sólo los gatos domésticos, que poco cazan, y tienen una gran capacidad de procreación», explica Griñán, que regenta en Mutxamel el centro veterinario JG. La tórtola, granívora, come lo mismo que el gorrión y le arrebata el alimento. Suele estar en los tejados.

La urraca, conocida como garza y omnívora ya que incluso come carne, es el otro gran enemigo, puesto que ataca los huevos del gorrión y devora sus crías. «Es de campo y alta montaña pero cada vez se acerca más al Mediterráneo. Se reproduce con mucha facilidad, y al haber cada vez menos águilas y rapaces, depredadores de su hábitat natural, son demasiadas y se van extendiendo». Aquí entra el ataque de los cazadores, que van a por los cernícalos pese a estar prohibido, y al no tener tantos enemigos pierden el miedo. Malas voladoras, las urracas, a las que hasta Félix Rodríguez de la Fuente dijo que tenía manía, controlan a sus presas en la ciudad desde los postes de luz. Una pareja de estas aves grandes, a veces de más de medio metro, necesita un espacio de dos kilómetros cuadrados. Llegan a pelearse, asegura, por la posesión del terreno y se expulsan unas a otras. «Empiezan a colonizar los jardines, se entienden por necesidades territoriales». Incluso se acercan al vertedero, como las gaviotas, a por comida fácil, ya que comen desde flores a frutas, y animales muertos, es decir, se han convertido en carroñeras.

Este veterinario, que ha desarrollado varias investigaciones en el extranjero, está haciendo un estudio con cámara oculta en Torremanzanas, en el campo, para conocer el número de especies que tenemos en la comarca, y analizar su comportamiento, no sólo de las invasoras urracas y tórtolas turcas, también de las aves de países fríos que antes volaban a África para pasar el invierno y que ahora se quedan en el Mediterráneo, y de pequeñas aves como pardillos, verderones, jilgueros o luganos, que también están descendiendo, aunque en su caso son más de campo, pero están sufriendo por el exceso de pesticidas en zonas de cultivo.

Ante esta invasión de urracas y tórtolas turcas en las ciudades, Griñán cree que deberían colocarse trampas para capturarlas con el fin de establecer algún tipo de control, aunque, explicó, los organismos oficiales no están por la labor por la falta de recursos económicos. Él mismo ha pedido autorización para capturar ejemplares, anillarlos, colocarles algún microchip o cámaras de vídeo para estudiar su comportamiento y hacer algún tipo de estudio estadístico, pero le han puesto trabas.

En la actualidad está analizando la carga parasitológica que estas especies tienen en las heces, como la mayoría de las aves cantoras silvestres. «En el caso de las tórtolas turcas, como están cerca de casas con granja, o de gente que tiene aves, contagian a las gallinas ponedoras, que sufren diarreas y enfermedades». Otra especie cada vez más urbana es la paloma torcaz, que vivía en el campo. Ahora se deja ver en la ciudad cerca de los pinos, cada vez es más mansa y se acerca a la gente. Griñán, que en su clínica ha atendido pitones de más de tres metros, cerdos vietnamitas, ratas de alcantarilla domésticas y animales de parques naturales, se especializó en Neurología animal en Inglaterra, y en Minnesota en técnicas de reparación de fracturas en alas en rapaces con el mejor cirujano del mundo de estas aves.

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