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A Pie de Calle

Los sin techo crean un hogar en Alicante

Una veintena de indigentes convierten una nave abandonada en San Agustín en una casa

No tienen electricidad ni agua corriente, carecen de televisión, no pueden ducharse ni lavar la ropa cuando quieren, y duermen entre ratas. Pero aún así los más de veinte sin techo que viven en una nave abandonada en el barrio de San Agustín donde antes había un taller de coches, algunos de ellos desde hace cinco años, han encontrado allí su hogar. El espacio diáfano está presidido por una especie de salón con sofás recogidos en las calles en los que se sientan por las tardes a charlar y jugar a las cartas, al parchís, a las damas, incluso al ajedrez, explican; guardan sus ropas en los cajones de los muebles que alguien dejó junto al contenedor y que ellos arrastraron hasta allí, y tienen espejos para acicalarse, y cuadros y fotografías abandonados a la intemperie que cogieron para vestir las paredes.

A modo de habitaciones, los residentes, cada uno de los cuales tiene su pasado, algunos de ellos incluso acomodado, han creado una hilera de estancias con telas detrás de las cuales están las camas y colchones, para una mayor intimidad. En un rincón se ve el árbol que pusieron en Navidad, tienen una Biblia, estampas y virgencitas, de acuerdo a las creencias de cada uno puesto que la nave se ha convertido en una «comuna cosmopolita», como a ellos les gusta decir, en la que «todos somos iguales, no hay jefe ni nada, porque todos estamos igual de fastidiados. Así que vivimos como comunistas, si hay pan se reparte para todos, y si no hay comida, se pasa hambre», explica Fernando, hijo de ruso y niña de la guerra española, nacido en Moscú pero que adora el clima de Alicante. Lleva cinco años en la nave y los demás que estaban presentes, entre ellos compatriotas y de otros países del Este, así como españoles, se nota que le respetan. Uno de los más jóvenes es español de padre colombiano y afirma ser chef y estar buscando trabajo. Cuenta que está renovando el DNI, que le caducó, por lo que aún no puede inscribirse en el Servef, y hasta que pueda conseguir trabajo o una ayuda se ha recogido con los sin techo. «Hice la mili en la brigada militar paracaidista en Alcalá de Henares, en el último reemplazo de 2001», explica orgulloso. También fue militar un lituano que, según cuenta, luchó en Afganistán, pero que no tiene ningún tipo de ayuda de su país. «No me gusta esta vida, tenía coches, trabajo, negocios, viajé a 27 países como turista y lo he perdido todo. Con 46 años lo tengo difícil y no hay nadie que me apoye», se lamenta este hombre que asimismo estudió en la Universidad Politécnica de su país y que habla, asegura, siete idiomas. De paso muestra el morado que cubre una de sus piernas, ya que dice que le agredieron con un bate de beisbol en Alicante, de lo que también tiene marcas en un ojo y lesiones en las costillas. Los sin techo de la nave de San Agustín tienen a mano un botiquín para auxiliar a los compañeros que, se quejan, reciben palizas con frecuencia.

En la nave vive también un ucraniano que fue inspector de impuestos en su país, o eso afirma. «No quiero volver a matar hermanos en la guerra», exclama. A su lado, Fernando, el ruso español, cuenta que él estudió seis años de Medicina pero que ya en España su matrimonio salió mal y al divorciarse se quedó en la calle.

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Coqueta, otra ciudadana del Este hace rápidamente la cama y arregla el sofá para las fotos de este diario. Dentro de lo que cabe intentan mantener unas condiciones, aunque es difícil puesto que conviven con perros para que impidan el acceso de extraños por el agujero que hay en la pared de la nave ya que temen que les roben la documentación, y con doce gatos que cazan las ratas que entran por la noche, seguramente atraídas por una montaña de desperdicios de la que culpan a compañeros más descuidados.

El ruso y el lituano son hospitalarios, y nos enseñan la nave al completo. Más allá del espacio principal hay unas escaleras que conducen a otras estancias, donde han preparado una recinto para ducharse en verano con cubos y barreños, y una zona destinada a letrina. Tienen también cuerdas para secar la ropa que les lavan en Cruz Roja y un pequeño huerto en el que cultivan calabacines. Pero la sorpresa es el «apartamento» que se han construido Valentina y su marido, un matrimonio ucraniano de unos 60 años, que han cubierto el suelo por completo con maderas, las paredes con alfombras, tiene una mesa para comer y estanterías en lo que sería la cocina, la cama, cuadros, una chimenea que ha hecho su marido con ladrillos, y relojes en la pared, unos en hora, otros no.

El agua que beben la traen del parque y la comida procede de donaciones de Cruz Roja

y otras ongs, así como de monjas y frailes que les ayudan. También de lo que les regalan en el mercadillo de Teulada y de algunos vecinos. «¿Nuestra relación con ellos? Está bien, a veces nos traen comida, y mantas en invierno. Y queremos dar las gracias al Ayuntamiento de Alicante porque nos permite estar aquí, y tener un techo, que es lo importante. La Policía viene a veces pero no nos toca, sólo nos pide la documentación, y vivimos normal, sin problemas, en buena convivencia», dice Fernando. Pese a que el albergue de transeúntes no está lejos, prefieren estar en la nave. «Allí sólo podemos dormir seis días y después nos tenemos que ir, preferimos aquí». Y el problema de la ducha lo solventan también en instalaciones de Cruz Roja. «Nos cuidamos unos a otros, somos una familia», concluyen.

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