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Vocación de servicio

Vidas entregadas

Darse a los demás, ser solidarios, enseñar a los niños, conservar el patrimonio, compartir el arte con otras personas, son algunas de las virtudes de diez alicantinos que han volcado su espíritu de ayuda al prójimo desde las iglesias de sus barrios

MARÍA DOLORES JEREZ MARTÍNEZ (68 AÑOS) CATEQUISTA 40 AÑOS. HÉCTOR FUENTES

Hay personas que no miran el reloj cuando se trata de colaborar y de ayudar a los demás. Personas que tienen un espíritu de entrega y humanismo que han ligado a la religión cristiana, en la que se sienten realizados. Son seglares que han decidido contribuir con sus obras de forma anónima a sus parroquias. Cinco hombres y cinco mujeres de la Diócesis Orihuela-Alicante han sido galardonados con las Insignias Pro Ecclesia Diocesana 2014 que desde hace seis años tratan de reconocer un trabajo callado para los demás. Todos tienen historias de amor, dedicación y entrega sin pedir nada a cambio. En algunos casos, la muerte de algún familiar cercano les ha unido aún más a las causas solidarias y han dado con su comportamiento un ejemplo de entereza que se ha traducido en ayuda y apoyo a quienes más lo necesitan.

Por amor al arte

Por amor al arte, así y es como en los últimos años se ha entregado Néstor Garramone Trinchieri a la parroquia de San Pedro de la Playa de San Juan, en Alicante. Ha sido y es muchas cosas en ella, a la que está ligado desde su juventud y en la que también participan sus hijos. Allí está cuando se le necesita y junto a su mujer colabora con grupos matrimoniales.

Ha compaginado su profesión como cirujano infantil durante 35 años en el Hospital General, puesto del que se jubiló en 2012, con su dedicación a los demás. En los últimos años ha puesto al servicio de la comunidad su faceta artística. Su pasión por el mosaico le ha llevado a realizar cursos en España y en Italia y lo aprendido está plasmado en los cuatro murales que decoran la iglesia de la Playa de San Juan. En 2003 hizo el primero, el mosaico del altar que es una copia de una obra de estilo bizantino del siglo VI que está en la ciudad italiana de Rávena. Cientos de miles de teselas. Cada metro cuadro supone más de 50 horas que da por bien empleadas.

Luego llegó el mosaico para la Asunción y más tarde una escena de la Verónica en la que no falta la venerada Santa Faz. Y para rematar su contribución, suya es la decoración de la capilla del Obispado El camino de Emaús que le llevó un año y medio de trabajo y que ha dado una nueva vida y sentido al lugar. «Mi sentimiento es de colaboración con los demás», cuenta. Y apunta que le mueve para realizar un trabajo desinteresado «la vocación y el cariño», con una filosofía de ayuda siempre al prójimo.

En su comunidad, a Néstor Garramone se le conoce por su sensibilidad con los demás: «Ha sido cirujano infantil de niños con cáncer y se le reconoce por su actitud médica, la asistencia psicológica y la ayuda a las familias de quienes han perdido un niño», describe el párroco, Antonio Verdú.

La actual época de crisis provoca que se hayan disparado las atenciones a personas necesitadas, y Néstor, junto a otros colaboradores, han logrado recoger 150 mantas para repartir.

Al servicio de los demás

El más veterano de los galardonados tiene 89 años y una vida intensa y azarosa. José Juan Sanz cuenta que nacer en el seno de una familia volcada en el prójimo y haber estado interno en un colegio religioso de disciplina férrea le marcó. Admite que su vocación desde pequeño es servir a los demás. Su edad no es óbice para que una de sus tareas sea la de llevar el control económico de su parroquia. Su espíritu de ayuda a los demás lo ha volcado allá donde su profesión de veterinario le ha llevado, y el primer destino fue África. Emigró a Camerún en 1953 de donde se marchó al año y medio «por culpa del terrorismo». En 1968 se vinculó a San José de Carolinas, donde ha hecho realidad su vocación de servicio a los demás y donde dedica todas las horas en las que no está cuidando de su mujer. Enrique Abad, el cura, cuenta que «el señor Pepe es un modelo allí donde ha estado». José Juan explica que fue a partir de la jubilación cuando se entregó por completo a ayudar a quienes lo necesitan, y afirma haberse guiado siempre por lo que considera lo más importante en la vida «que es el servicio a los demás».

Por y para los niños

Villancicos entonados por voces infantiles conducen hasta María Dolores Jerez Martínez en el aula de catequesis de la iglesia de El Salvador, donde es una valiosa colaboradora desde hace 20 años. Es una mujer muy querida entre todas las personas que, como ella, han decidido destinar su tiempo de forma altruista a una causa en la que creen firmemente, ayudar a su comunidad. Es un día especial para los niños porque es la despedida hasta el año que viene y lo celebran con una merienda.

María Dolores tiene 68 años que no se notan cuando habla delante de los niños. Ella es una de las 18 catequistas y también de las más queridas, siente que tiene que darles mucho, porque asegura que recibió mucho cuando murió su marido y se sintió muy arropada. En su entorno la animaron para que siguiera aportando su granito de arena entre los necesitados y así ha hecho, aplicando su optimismo en las situaciones difíciles.

Cada tarde María Dolores acude a la iglesia donde dice «hay mucho movimiento, hay muchas actividades y todas estamos en casi todo».

«De Lola destaca su disponibilidad para todo, es sencilla, humilde. Colabora en lo que se le pide. Destaco su dulzura. Se nota que quiere a cada niño y que le importan», elogia el cura, Joaquín López, que confiesa que cuando llega algún niño con alguna necesidad especial o un problema no dudan en que Lola lo acoja en su grupo, porque saben que ella va a ayudarle de la mejor forma. Pero Lola no se cree especial y de hecho afirma ser ella la beneficiada: «Los niños me dan más de lo que doy». Y advierte que hay mucha labor de ayuda a los demás por hacer.

Misionera en su pueblo

En Aspe todo el mundo sabe quien es Carmen Almodóvar, sobre todo porque con sus 84 años ha enseñado catecismo a los niños de varias generaciones. Su vida gira en torno a la Basílica del Socorro, a la que se vinculó con 15 años y la ayuda a quienes más lo necesitan. «Me he codeado con mucha gente buena y eso ha marcado la forma de darme a los demás, así que lo poco que he podido hacer lo he hecho». Carmen es soltera y heredar una administración de lotería le ha permitido llevar una vida independiente. Se confiesa seguidora de los Papas «y éste me está haciendo polvo porque dice que no hay edad para realizar buenas acciones y nos habla de la inquietud misionera». El párroco, Fernando Navarro, resume lo que supone Carmen entre sus vecinos: «es una misionera en su pueblo». Y ella está enfadada por haber recibido un galardón: «Yo, que soy seguidora de San Francisco que nunca habría tolerado una medalla, creo que hay que hacer obras sin darnos postín por ello».

De todo y para todos

En la Iglesia de San Juan Bautista de Benalúa no se extrañaron cuando reconocieron la labor de Pascual Martínez Gamuz. Un hombre que abre el templo a las siete de la mañana, elabora las bolsas de comida que entrega Cáritas a las entorno a 25 familias que cada miércoles acuden a recibir ayuda y visita a los vecinos que están enfermos y que necesitan conversación para recuperar la sonrisa. «Muchas veces el enfermo lo que quiere es estar acompañado, hablar y que le escuchen», cuenta. Está a disposición de los vecinos y de sus necesidades. Y de hecho, tiene su servicio de Cáritas particular en casa. Cada mes se acerca al supermercado para hacer varias bolsas con productos de primera necesidad que entrega a una pareja y sus dos hijos pequeños que vivían en el primer piso de su edificio y a quienes desahuciaron.

Cinco siglos de historia

Responsable del Archivo de una de las parroquias más emblemáticas de Orihuela, Santa Justa y Rufina, Antonio Pérez Lidón lleva 26 años como sacristán de esta iglesia, a la que acude cada día para que todo esté apunto en la eucaristía que el padre Satorre celebra por la tarde. «Se trata del puesto más humilde, el último peldaño, pero es el que a mi me gusta», asegura Antonio.

Su vocación se remonta a su infancia, pues antes que sacristán fue monaguillo en la misma parroquia, donde estuvo hasta que la mili le obligó a desvincularse temporalmente de Santa Justa y Rufina. A su vuelta, siguió colaborando y tras el fallecimiento del anterior sacristán, tomó el relevo.

Tener a punto las palabras de culto y los libros necesarios para las lecturas según el tipo de eucaristía, asistir al párroco en sus labores y cuidar hasta el último detalle de la parroquia entran dentro de sus labores.

Pero, además, Antonio se encarga de tener a punto el archivo documental del histórico templo. Una tarea nada sencilla, como muestra el hecho de que tan solo para realizar un índice donde poder plasmar toda la documentación que acoge Santa Justa y Rufina, que abarca prácticamente cinco siglos de historia, desde el año 1541, ha necesitado cerca de tres años.

El pequeño sueldo que recibe de la parroquia no le llega para vivir, aunque «eso es lo de menos, lo importante es que cada tarde llego aquí, y soy feliz», relata. Por tanto, el sacristán compagina su labor al frente de Santa Justa y Rufina con su pequeña granja agrícola, de la que obtiene huevos, mandarinas y limones que luego vende.

Trabajo con gusto y amor

A sus 82 años de edad, Encarnación Micaela, no tiene un solo recuerdo que no la vincule con la prestación de ayuda a los más necesitados y a su entrega con la iglesia, primero en la de su barrio, de El Rincón, en Redován, y luego en la parroquia de San Miguel Arcángel de Redován, que se ha convertido en su segunda casa.

Catequista desde muy joven, camarera de la Virgen, visitadora de enfermos y ministra extraordinaria de la comunión son solo una pequeña muestra de las labores que realiza cada día en su parroquia, labores «que cuando se hacen con gusto y con amor» hacen que el tiempo vuele.

Su dedicación a ayudar siempre a sus convecinos la han convertido en una mujer muy querida por todo su pueblo. «A donde voy me conocen», asegura Encarna, quien, con humildad, reconoce que «somos muchas las personas que ayudamos cada día, cualquiera podría haber recibido esta distinción de la iglesia. Me llevé una gran sorpresa y me hizo mucha ilusión. Lo sabía todo el pueblo menos yo», recuerda emocionada.

Esta distinción no ha hecho más que darle más fuerza para dedicarse con más cariño a sus labores, que realiza de forma completamente desinteresada. «Llevo toda la vida, y seguiré hasta que pueda», afirma Encarna con rotundidad. Si tuviera que elegir entre las distintas labores que lleva a cabo en su parroquia, se quedaría sin duda «con la catequesis y con la visita a los enfermos. Los niños son el futuro, me transmiten su alegría y me quieren mucho, tanto como yo a ellos. La visita a los enfermos es muy importante, les aporta paz, tranquilidad, alguien con quien hablar, y les da mucha fuerza para seguir adelante», destaca.

Una vida para la música

Santiago Casanova es el organista de la Catedral de Orihuela, el templo por excelencia de la ciudad monumental. Tocó sus primeras notas con tan solo diez años. Y es que la vocación le viene de familia. Su padre fue seminarista y organista de la Catedral durante muchos años, desde que él era bien pequeño. Su afición por la música la han heredado gran parte de sus 17 hermanos, hasta el punto de que «cuatro o cinco», ya no recuerda ni cuántos, han hecho de ella su modo de vida. Sus estudios en el conservatorio le han llevado a ser profesor de Música durante años, y ha tenido la suerte de hacer de su vocación su profesión, y completarla poniendo la música a las distintas eucaristías de la Catedral con uno de los instrumentos más majestuosos: el órgano. «Es una joya, la música alegra los corazones, es lo que más me gusta: componer, tocar y dirigir», asegura.

Y es que Santiago, además de hacer sonar el órgano, dirige el coro de la Catedral desde hace más de 40 años. Actualmente, casi medio centenar de personas participan dando voz a este conjunto vocal.

Entregada al arte sacro

Organizar, custodiar y restaurar el enorme patrimonio artístico que posee la iglesia no es nada fácil, por lo que sin la labor de personas como Mari Carmen Botella, no sería posible.

Mari Carmen trabaja de forma voluntaria bajo las órdenes de la restauradora del Museo de Arte Sacro de Orihuela, ubicado en el Palacio Episcopal, residencia antaño del Obispo y que se ha convertido en uno de los museos con mayor valor histórico y artístico de la provincia.

Devolver su esplendor a las piezas desgastadas o que han sufrido el deterioro del paso de los años, o de los siglos, en la mayoría de ocasiones, se ha convertido en su labor del día a día. Y no hay nada que se le resista: limpieza de figuras, restaurar bordados, organizar exposiciones, limpiar todas y cada una de las piezas... Y no solo eso, Mari Carmen ha donado al Museo de Arte Sacro piezas con un gran valor artístico y patrimonial, heredadas de varias generaciones atrás de su familia, que se remontan a la desamortización de Mendizábal. Piezas como las de uno de los pintores más ilustres de la Comunidad Valenciana, Senén Vila, del siglo XVIII o un Calvario que se encuentra en la capilla de Loreto de principios del siglo XVI. «Para que estén en mi casa, prefiero que estén aquí, y que todos los ciudadanos pueda verlas y que contribuya a atraer visitas y difundir la labor de la Iglesia», reconoce Mari Carmen.

Cáritas como forma de vida

La ayuda al prójimo forma parte no solo de los pilares básicos de la iglesia católica, sino también de la forma de vida de Pepita Sánchez, quien lleva toda la vida dedicada a la agrupación de Cáritas en Pilar de la Horadada, hasta tal punto que fue partícipe de su fundación, hace más de 50 años, y de la que ha sido directora hasta el pasado mes de julio.

«Ayudar a quien más lo necesita es lo que me llena. Además, la vida me ha demostrado que todo lo que das, Dios te lo devuelve con creces».

Son muchos los recuerdos, vivencias, anécdotas, y situaciones de todo tipo que esta pilareña ha vivido durante todos estos años, pero si hay un recuedo que no podrá olvidar jamás «es el apoyo que recibí de una familia de Ecuador, a la que ayudamos desde Cáritas cuando lo estaban pasando mal. Cuando falleció mi marido pasaron la noche entera conmigo y con mis hijos, y es algo que no olvidaré».

Su labor en los tiempos que corren es más necesaria que nunca y Pepita es consciente de ello, por lo que asegura que, «seguiré colaborando hasta que me dejen». «El cariño, el apoyo de todos los vecinos y personas a las que ayudamos no hay forma de compensarlo, es mucho más de lo que nosotros damos».

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