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Jardines ajenos

El lector medio

En una entrada de Los diarios de Emilio Renzi, fechada el lunes, 6 de enero de 1969, Ricardo Piglia escribe: «Está claro que para sobrevivir al boom hay que mantenerse apartado. Quedarse quieto, escribir relatos a contramano de la expansión que lidera la literatura latinoamericana actual. Escribir sin interesarse por la circulación (nunca pasaré de los tres mil ejemplares, con suerte). Menos es más. Esperar. El que pueda mantener la calma dentro de la avalancha llegará más lejos, sin quemarse en el camino. Habrá que ver».

Han pasado sesenta años, y todo indica que Piglia tenía razón. ¿Continuará teniendo razón dentro de otros sesenta años? No podemos saberlo porque ignoramos cuál será para entonces el gusto literario. Cambian los gustos porque las sociedades cambian y son otras sus necesidades. No es fácil sobrevivir al tiempo. Ni siquiera los que hoy consideramos clásicos tienen asegurado un puesto en las listas de mañana. Basta una mirada a la literatura española del siglo pasado para convencernos: un vasto cementerio de nombres olvidados o, en el mejor de los casos, condenados al purgatorio de los estudios literarios. No hay canon perpetuo. El feminismo de hoy intenta definirlo de otra manera que, en el fondo, no deja de ser la misma: no podemos sustraernos al espíritu de nuestra época. Incluso así le sucede a Piglia cuando, para escapar de la influencia del boom, decide «mantenerse apartado [y] escribir relatos a contramano».

El reino de la cantidad

En uno de sus artículos - Sobre la existencia del simbolismo-, Paul Valéry escribe: «Liberado, así, del gran público y liberado de la crítica tradicional, que es, a la vez, su guía y su esclava, libre de la preocupación de vender y no teniendo que tener en cuenta para nada la pereza mental y las limitaciones del lector medio, el artista puede entregarse sin reservas a sus experimentaciones».

Valéry habla de los simbolistas, que desarrollaron lo principal de su obra en la segunda mitad del siglo XIX, entre 1860 y 1900. Miremos ahora a nuestro alrededor: ¿qué vemos? ¿No están nuestros artistas, nuestros escritores, incluso nuestros poetas -los poetas también, sí- pendientes de la preocupación de vender? ¿No han convertido al lector medio en su objetivo preferente?

Todo en la prensa está regido por el número, dominado por la cantidad. Se habla de que tal escritor ha vendido tantos miles de ejemplares, de los seguidores que aquel otro tiene en Internet; el valor de un cuadro lo determina su precio, y cualquier gesto excéntrico de un artista de moda se convierte en noticia destacada.

Azorín, siempre perspicaz, ya advertía, en 1919, que la fórmula de la democracia, el sufragio, se extendía a todos los ámbitos. En uno de los artículos de su libro De un transeúnte, el titulado ¿Seré profeta?, escribe: «En algunos pueblos del planeta, el número, la cantidad, dominan todas las esferas de la vida; en la moral, en la estética, en la política [...] vamos camino de que la cantidad -y no la calidad- domine la vida entera».

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