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COMPLICIDADES

El último Brines

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En los últimos tiempos, cuando lo visitábamos en Elca, o cuando hablábamos por teléfono, iba ensayando y repitiéndonos distintas formas de su despedida. Lo hacía con humor, sin ninguna muestra de amargura, como quien sabe que ha disfrutado de una vida cumplida y colmada de satisfacciones, y se muestra agradecido para con ella, aunque deseara no tener que dejarla nunca. Me están abandonando los sentidos -nos decía-, lo que para un sensualista significaba que el mundo lo estaba abandonando a él.

Para muchos de los poetas de generaciones posteriores a la suya, la del 50, Paco ha sido un maestro literario, pero sobre todo un maestro de vida (y lo ha sido como lo son los verdaderos maestros, sin dárselas de ello, como si tal cosa). En sus años finales se comportó conforme a la idea del mundo que se transmite en sus poemas: la serena aceptación de lo que dicho mundo nos depara, con sus innumerables momentos de intensidad y su final trágico. Era un hedonista estoico -sin contradicción alguna-, un sobrio gozador, que no necesitó, en ningún ámbito, la abundancia, sino tan sólo la excelencia de las cosas.

Pensándolo bien, creo que lo que más le gustó de la existencia fue la conversación, en sus distintas modalidades. (Con él corroboramos que el acto de conversar es tal vez el logro humano y civilizador más alto que se ha concedido nuestra especie.) Primero, dialogar con las personas, con sus amigos y conocidos: hablar con los demás representaba una manera de tener en cuanta las vidas ajenas, de otorgarles importancia a cada uno de sus interlocutores. Después, mediante la lectura, porque leer representa un diálogo entre conciencias, por encima del espacio y del tiempo. Y por último, a través de la escritura: la poesía fue para Brines una forma de explicar y explicarse, un método de conocimiento del mundo y de su propio destino.

El último Brines nos deja un espléndido libro inédito, con bastantes poemas que se cuentan entre los mejores que ha escrito: El vaso quebrado, Mis tres fauces, Trastorno en la mañana, y Donde muere la muerte, que da título al conjunto. Se trata de un Brines idéntico a sí mismo y diferente, decantado, muy desnudo, como si a su obra, cristalizada desde hace mucho tiempo, la dejasen en los huesos, con una extraña transparencia dolorosa.

Por lo demás, a partir de hoy he decidido no darme por enterado de la muerte de Paco. Él va a seguir en Elca y yo en València. Ya no hablaremos por teléfono, pero lo haremos telepáticamente, que es también una forma de telefonía. Para decirlo con un verso suyo: Como si nada hubiera sucedido.

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