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¿Cuarto poder?

Cuando Nadal ya no esté...

Cuando Rafa Nadal ya no esté, por fin podremos hacer planes el segundo domingo de junio para no pasar la tarde ante el televisor. Los 12 títulos del balear en sus 15 participaciones en Roland Garros agigantan una leyenda que empieza a no tener parangón en la historia del deporte. Frente a su legítimo heredero sobre la arcilla de París -un Dominic Thiem agresivo, rocoso, con armas para ganar varias Copas de los Mosqueteros en el futuro-, Nadal dictó su enésima lección: maduró el partido desde la estrategia física, táctica y mental. Dejó crecer al austríaco en los dos primeros sets, pero le aplastó en las dos mangas definitivas. Fresco de piernas, intuitivo como siempre, varió el juego y su servicio para desgastar a un rival que llegaba tras una interminable semifinal con Djokovic. Rafa tiró profundo y con peso, evitó la derecha demoledora de Thiem y castigó su elegante revés a una mano. Y como le sobra repertorio, este año nos ha regalado un revés cruzado incontestable, dentro de la pista y en la periferia, para pasar de la defensa al ataque en segundos. Un ataque que recrudeció cuando «olió la sangre» de Thiem y comenzó a cerrar puntos en la red, más con la volea que con el remate. Durante todo el torneo, partido tras partido, su control de la situación ha sido absoluto. No dejó resquicio alguno para la duda o la inseguridad.

Cuando Nadal ya no esté, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para volver a ver ganar a un español en París? Felizmente retirado David Ferrer en Xàbia, el ránking nacional no invita al optimismo más allá del fenómeno de Manacor. Nos ha malacostumbrado de tal manera, que ha convertido un prodigio en rutina, como si fuera sencillo ganar 93 de los 95 partidos que ha disputado en Roland Garros sobre la superficie más compleja y completa del tenis. La gama de golpes es más amplia y la exigencia física mucho mayor en la tierra batida que en cualquier pista rápida. «Nadie, ni remotamente, se acerca al nivel de juego de Nadal sobre arcilla». Palabra de Federer, posiblemente el mejor jugador de la historia, con seguridad el más elegante, tras la semifinal de este año, en la que Rafa dictó otro curso de cómo sobreponerse a condiciones adversas como el viento, el mayor enemigo de los deportes de raqueta al aire libre. Una meteorología que, sin ir más lejos, desquició a Djokovic en su penúltima ronda ante Thiem. Por cierto, el abrazo de Nadal y Federer tras su partido (6-3, 6-4, 6-2) tuvo cierto sabor a despedida en París, a capítulo final de una hermosa dinastía deportiva y de una rivalidad para la historia del deporte.

Cuando Rafa ya no esté, recordaremos cómo un solo hombre cambió la historia del deporte español. En el fomento de la práctica y en la adhesión y el seguimiento de una disciplina considerada minoritaria en cuanto a número de licencias y audiencias televisivas. Cuando Nadal irrumpió en la élite allá por 2005 (año del nacimiento de you tube y de Leonor de Borbón, la primogénita de los actuales Reyes), el monocultivo del fútbol era muy intensivo en este país y sólo lo alteraban episódicamente los éxitos más o menos episódicos de Fernando Alonso, Pau Gasol, la ÑBA y los Hispanos del balonmano, como antes lo hiciera Miguel Indurain. Pero la fuerza arrolladora del tenista balear, no sólo multiplicó la afluencia de niños a las escuelas de tenis de toda España, sino que introdujo de lleno este noble deporte en la agenda mediática del país y se ganó a millones de personas que hasta entonces no sabían apenas quiénes eran otros grandes como Moyá, Ferrero, Sánchez Vicario, Casal u otros antecesores del genio.

Cuando Nadal ya no esté, habrá que ir buscando otro modelo de conducta; otro transmisor de valores como el afán de superación, la resistencia a la derrota, la deportividad, la ética del trabajo y tantos otros. Todo el circuito se lo reconoce. Muy castigado en los últimos años por la altísima exigencia física de su patrón de juego, armado desde la defensa y la lucha para progresar hacia el ataque, el actual número dos del mundo se ha sobrepuesto siempre al azote frecuente de las lesiones y a las dudas sobre su carrera. Ha sabido volver con la misma o más fuerza para prolongar su leyenda; para competir por la historia más que por el ránking o las ganancias. Con sus 18 «grandes» ya tiene a tiro los 20 de Federer, pero asegura que ese desafío es un estímulo y no una obsesión. Ahora descansa y pesca en Baleares antes de preparar la cita de Wimbledon a partir del 1 de julio. Y el año próximo volverá a defender su duodécima corona en París, donde ya ha conseguido conquistar hasta a los franceses. Con toda normalidad. Con la naturalidad de una leyenda viva e irrepetible.

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