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«La casa de papel», muere una serie, nace una franquicia

El atraco más largo de la historia ha llegado a su fin en Netflix y se ha resuelto entre aciertos de acción y humor, pero sobre todo con kilos de épica emocional

Palermo amenazado por Arteche en "La casa de papel"

Ahora ya definitivamente, el atraco más largo de la historia, el de mejor botín, ha llegado a su fin. La ficción audiovisual española despide a su criatura más exitosamente exportada: un fenómeno global que los creadores locales deberían estar ya pensando seriamente en replicar. La casa de papel ha gustado incluso en esos lugares exóticos donde cualquier atracador sueña con hacer segunda vida. Algo así nos debería animar, estimular e inspirar.

Lo que no está claro es que su final también vaya a generar semejante consenso. No por ser un mal final, sino por ser un final. Quienes creyeran que sin Tokio (Úrsula Corberó), esto sería mera sombra de LCDP, pueden respirar tranquilos: además de aparecer en flashbacks, su heroína sigue presente como narradora desde el más allá, un poco como Hannah Baker en Por trece razones.

Es su voz la que adorna ese sorprendente inicio de (mitad de) temporada, más allá de nuestro tiempo y nuestra atmósfera: una breve lección estilo Malick sobre el origen espacial del oro. Pronto, bajamos a la Tierra, al presente y la más dura realidad. La banda trata de aceptar la muerte de Tokio. Solo Estocolmo (Esther Acebo) lo sobrelleva sin nervios terribles, básicamente por haberse metido morfina para superar el sentimiento de culpa por la suerte de Arturo (Enrique Arce). Solo Tamayo (Fernando Cayo) lo lleva de maravilla: «Por fin una buena noticia». Peor noticia, señor coronel: han caído cinco de los militares a los que convocó en el Banco de España.

El Profesor (Álvaro Morte) va a la caza de la fugada inspectora Sierra (Najwa Nimri), recién parida y con la bebé a cuestas, mientras la banda sigue adelante con el plan previsto. Bueno, en realidad existen diversos planes: Palermo (Rodrigo de la Serna) y Lisboa (Itziar Ituño) quieren negociar con los militares que quedan, pero Río (Miguel Herrán) preferiría reventarlos. Empieza para estos Robin Hoods una larga concatenación de movimientos sinceros o solo estratégicos, de medidas desesperadas y catarsis esperadas.

Esta recta final no defrauda en el aspecto de la acción: encontramos alguna cuidada (o sea, legible) persecución de coche; algún precioso duelo («bajo la lluvia, como en Liberty Valance»); rápel con recién nacida en bandolera; maniobras escurridizas de la sargento Arteche (Jennifer Miranda), o tiroteos que no parecen rematados en posproducción. Sin embargo, la secuencia visualmente más electrizante quizá sea la irónica construcción de cierta casa prefabricada con jardín y caseta para el perro. En mitad de la tensión, la banda todavía encuentra momentos para plantearse a qué han dedicado sus esfuerzos; dónde les han conducido sus decisiones; aceptarse a sí mismos.

Por el camino, Álex Pina y su equipo de guionistas se marcan reflexiones sobre la futilidad de la guerra (en la que nadie gana nunca ni existe bando correcto) o, sobre todo, la difícil disyuntiva entre confort familiar y esa vida llena de sorpresas que puede proporcionarte la pandilla adecuada. Falla la ambientación pop de la catarsis final: si quieres tocar la fibra, existen opciones menos sobreexplotadas que Fix you de Coldplay. En general, LCDP es mejor con la adrenalina que con la llantina.

Como en los cinco capítulos anteriores, Berlín (Pedro Alonso) lidera una trama paralela situada años atrás; en los orígenes remotos de la aventura del Banco de España. Sabemos que esto empezó con otro robo, el de una útil bomba de extracción de una plataforma petrolífera de Noruega. Ahora ya sabemos que estas aventuras pretéritas han sido, en cierto modo, como pilotos encubiertos de Berlín, el spin-off sobre el lenguaraz personaje que Netflix anunció solo dos días antes del estreno de este final. Un año antes, en 2022, llegará la versión coreana de la serie madre, con Park Hae-soo (el concursante más despreciable de El juego del calamar) como Berlín. Es decir, una serie emblemática ha muerto, pero acaba de nacer una franquicia.

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