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Nunca es tarde para aprender a leer

El aprendizaje de la lectura no termina con el silabario de la escuela; va bastante más allá. Muchas personas creen haber leído el periódico, tras un fugaz repaso a los titulares informativos; y muchos más son impermeables a los datos numéricos que se manejan, al no reparar entre los números absolutos y los relativos. Si se lo explicas tranquilamente a los niños, pueden entender fácilmente que las cifras de peso de grandes ratones no se pueden comparar ni con las de los más pequeños elefantes. Leer sensatamente y con sentido crítico, que ahora al parecer ni se lleva ni se deja, es poco frecuente, y ello verdaderamente lamentable. Para qué comentar la fácil permeabilidad a la información del medio televisivo, aún más propicio a la manipulación. Enterémonos bien de que una cosa es la oratoria, que transcurre entre variables inaguantables de palabras vacías; y más aún, el enriquecedor contraste de criterios o debate dialéctico, basado en razones sólidas, fundamentales y realmente convincentes. Y todo, ciñéndonos al lenguaje estrictamente literal o expresado con letras. Cuando entramos en argumentaciones numéricas -reconociendo, además, que la cualidad ponderal de las cifras es poderosamente contundente- es absolutamente esencial distinguir entre los números absolutos y los relativos, que permiten ser comparables. En el mundo progresivamente manipulado en que vivimos, diseñado para servir a intereses políticos, económicos y comerciales, es preciso desarrollar la capacidad analítica necesaria para filtrar esas sutiles influencias mentales. Leer no es solo absorber información, sino también filtrarla, detectarla y diferenciarla objetivamente. Los tóxicos informativos son variados y complejos: van desde los equívocos que proporcionan los matices semánticos (distintas acepciones de las palabras) que se deben desentrañar con el frecuente uso del diccionario a los abusos estadísticos sofísticamente elaborados. Decían en la Universidad, cuando yo era simplemente estudiante, y la verdad es que sigo siéndolo, que hay muchas clases de mentiras: las pequeñas e incluso piadosas, como las mentirijillas; las medianas, que pueden hasta ser diplomáticas; las grandes, poco disculpables; las de colegio mayor, adaptadas a las dimensiones del edificio, y las estadísticas; dicho esto con todo el respeto a mis colegas científicos de Matemáticas. Ellos saben mejor que yo que las mentiras estadísticas comienzan con las preguntas capciosas de las encuestas, se siguen falseando los datos que se manejan, y terminan con descaradas falsedades prediseñadas al gusto del promotor. Los mundos de la economía, el comercio y la política conocen perfectamente la utilidad de estos impresentables métodos que, cómo no, también tienen multitud de aplicaciones decentes. Todo ello es objeto de interés de la «lectura profunda», cada día más necesaria para navegar por el proceloso mar de la vida: lectura profunda, lectura analítica, lectura crítica, para poder movernos con un mínimo de seguridad, en este campo de minas informativo en el que tenemos que desenvolvernos. Esa «nueva» vida a la que nos piden «volver», con una solemne majadería. A lo nuevo no se pude volver, porque solo puede regresar al pasado. Como ya no entiendo ese mundo «nuevo» que nos prometen, prefiero regresar al pasado remoto y eterno de Buda y de Confucio, en el que ya hace dos mil quinientos años se ponderaban el valor de la familia, la virtud de la modestia, el mérito de la emulación en la competición profesional y la nobleza de la amistad sincera y de la lealtad; valores más gratos y más sólidos que los títulos de las telefónicas en Bolsa, como se decía antes, y ya no sé si se siguen cotizando bien ahora. Paz y bien, que tampoco son despreciables.

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