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Juan R. Gil

ANÁLISIS

Juan R. Gil

Réquiem por Ciudadanos

Requiem por Ciudadanos

Requiem por Ciudadanos

La ventaja que tenemos los periféricos (provincianos es el adjetivo que nos suelen adjudicar con más frecuencia) es que pisamos palacios pequeños y plazas grandes. Ya sabemos, de tanto como nos lo han repetido, que en Madrid son mucho más listos, y que hasta los que acaban de llegar del pueblo se tornan catedráticos en dos avemarías. Pero si la capital del Reino inocula, siguiendo el mecanismo de la ciencia infusa, tanta sapiencia, también es cierto que reduce el recorrido a sólo tres paradas: la institución que les paga, la sede que les coloca y el restaurante en el que despliegan, casi siempre rodeado de los mismos, sota, caballo y rey, sus grandes conocimientos. La plaza no la pisan nunca. Y si eso le pasa a todos los partidos y a muchos de los periodistas que pueblan la Villa y Corte, en el caso de Ciudadanos el problema alcanza la categoría de definición. No hay una organización que haya sido más apoyada desde las élites de este país ni más alabada, y que sin embargo haya aportado tan poco sustantivo al acervo político, como Ciudadanos. Ni hay en la historia política española ninguno que se haya equivocado tanto ni tantas veces. Albert Rivera, su primer líder, se dio a la fuga tras meter a Cs en coma cuando rechazó formar un gobierno con el PSOE por el que suspiraban en ese momento hasta los votantes del PP. Inés Arrimadas, su sucesora, que también salió huyendo de Barcelona para irse a Madrid dejando huérfanos a los votantes que le habían dado la victoria en las urnas frente al independentismo, lo ha dejado ahora en muerte cerebral, irreversible, después del ridículo que, bajo su dirección, ha hecho esta semana en Murcia. Requiescat in pace.

¿Por qué? Por lo que decía. Porque sobre todo los «partidos nuevos», esos que venían a regenerar la vida política española pero que al final se han limitado a copiar (y encima de forma defectuosa) todo lo malo de las «viejas» formaciones, sin haber aprendido de ellas nada de lo bueno, digo de Podemos como de Ciudadanos, se han encerrado en la burbuja madrileña, han configurado estructuras de un centralismo feroz y han despreciado todo lo que estuviera más allá de su ombligo. Mucho palacio, poca plaza.

Nadie, tampoco los que estamos cerca, vimos venir la moción de censura que Ciudadanos presentó con el PSOE, para echar del Gobierno de Murcia al PP, del que era socio y, por tanto, corresponsable, hasta que dicha moción fue firmada el pasado miércoles. Ninguno la olimos. Pero en el mismo momento en que se anunció, tampoco ninguno la comprendimos y muchos, en Murcia, en Alicante y hasta en València (observen el perfil bajo mantenido por Carlos Mazón o por Ximo Puig en este sainete), pensamos que esa operación no estaba bien atada ni tenía aseguradas las papeletas para acabar bien. ¡Pero si todo el mundo sabía en Murcia que las dos mujeres en torno a las que pivotaba Ciudadanos, Isabel Franco, puesta al mando en su día por Albert Rivera, y Ana Martínez, que descabalgó a la anterior con el apoyo de Inés Arrimadas, se profesan un odio visceral! ¡Si era de dominio común en Murcia, ya no sólo para quien pisara la calle, sino para quien frecuentara moderadamente las redes sociales, que Cs estaba roto! ¿Cómo es posible que Arrimadas y su corte no lo supieran? ¿Cómo puede comprenderse que se tiraran a la piscina sin la más mínima comprobación de que había agua? Pues porque Ciudadanos se construyó, desde que salió de Cataluña para intentar conquistar España, bajo un esquema perverso: el de que una persona inteligente no es un activo, sino un sospechoso, así que sirve para presentarlo a la prensa pero no para aprovechar lo que pudiera aportar; al contrario, cuanto más válido fuera alguien, más iba a estar sometido a estrecha vigilancia. Ciudadanos tiene gente preparada, pero su dirección es el territorio donde deciden los mediocres; la organización en la que, por no haber, no hay ni afiliados, como se acaba de ver hace un par de semanas en Alicante, donde en la mayoría de los pueblos se ha comprobado que no tienen ni siquiera 15 inscritos, porque desde que obtuvieron relevancia en lugar de abrir sedes se encerraron en despachos para manejar entre cuatro y sin estorbos el chiringuito. Por eso Arrimadas no se enteró de que en Murcia tenía seis escaños, pero sólo tres votos. No tenía mecanismos para conocer la realidad. Y por eso no tardó ni 48 horas en abrirse la cabeza contra el fondo de la balsa a la que se había lanzado. ¿Saldo? Ciudadanos deja de formar parte del Gobierno de Murcia, se queda sin la mitad de sus escaños, blinda a un PP que no ganó las elecciones, convierte al presidente López Miras en un intocable para lo que resta de legislatura, y se dispone a entregarle al PSOE la Alcaldía de Murcia. Por si faltaba poco, la onda del terremoto murciano le ha fracturado en todo el país, con sus líderes territoriales (Marín, Igea, Cantó...) teniendo que salir apresuradamente a hacer profesión de fe en favor de sus camaradas populares y, de retruque, sin haberse recuperado del fracaso en Cataluña, tiene que ir a elecciones en Madrid, donde su representación, que hasta aquí le hacía imprescindible para gobernar, está en el aire cuando se celebren los comicios que Isabel Díaz Ayuso, gracias a la coartada que lo sucedido en Murcia le daba, ha convocado de forma anticipada con encuestas que le dan una victoria clara. Si ese culebrón lo escribe el guionista de «Aquí no hay quien viva» lo echan por beber en el trabajo.

Si la moción de censura que no ha tenido ni dos días de recorrido hubiera salido adelante, Ciudadanos habría conseguido su primera presidencia autonómica, supongo que confiando en tapar con eso su reciente debacle en Cataluña. Habría remachado otro clavo más en el ataud de Pablo Casado, cuyo liderazgo en el PP, después de perder un territorio donde contra viento, marea y escándalos lleva gobernando más de un cuarto de siglo, se habría derrumbado definitivamente. Habría volado la cabeza de su principal colaborador y hombre fuerte del aparato popular, Teodoro García Egea, porque tras los malos resultados en Cataluña y los errores en la respuesta a las revelaciones de Bárcenas, lo último que le faltaba al secretario general del PP era perder el gobierno de la región en la que milita y de la que es diputado. Y habría reforzado la leyenda de que Pedro Sánchez es un mago y su asesor Iván Redondo un brujo a los que todo les sale bien, y que después de haber ganado con la «operación Illa» en Cataluña, aunque el exministro de Sanidad se quede en la oposición, le birlaban en menos de un mes un gobierno al PP, aunque tampoco en este ocuparan los socialistas la presidencia.

Pero además, la moción habría tenido también indudables consecuencias en la Comunidad Valenciana. No porque los diputados provinciales de Ciudadanos o los concejales del Ayuntamiento de Alicante fueran a echarse en brazos del PSOE, Compromís e incluso Podemos y a cambiarlos gobiernos de la Diputación o la capital de la provincia, las dos instituciones más importantes que gobierna el PP en la autonomía. Eso ni se planteaba. Pero Mazón habría perdido lo que en el Palau ya se llama «el balcón murciano», es decir, la relación con el Gobierno de la región vecina que le permite celebrar «cumbres» y salir en fotos, más que como un presidente de Diputación, como un líder autonómico, metiendo al mismo tiempo presión a València con asuntos espinosos como el del trasvase o los interes económicos cruzados entre una parte de la Comunidad Valenciana -Alicante- y Murcia. También se habría quedado sin su principal apoyo en el PP, el ya mentado Teodoro García Egea, y por tanto, su cotización para ser presidente regional del partido en la Comunidad Valenciana y candidato a la presidencia de la Generalitat se habrían visto muy comprometidas, mientras crecían exponencialmente las posibilidades de Isabel Bonig de mantener el santo y la peana.

Pero después del fiasco, lo que ha ocurrido es todo lo contrario. Resulta que Sánchez y Redondo no son tan listos; son oportunistas, lo que ni siquiera significa ser oportunos porque si hay algo complicado de hacer entender a los contribuyentes en estos momentos de tan gran incertidumbre es que se desestabilicen gobiernos. Y Ciudadanos ha confirmado que es un juguete roto, no sólo en Murcia, sino en toda España. No es un partido de centro, sino un partido sin norte, sin estrategia, capaz de renegar de sus principios varias veces al día: le dio el gobierno de Murcia al PP, pese a ser el PSOE el partido más votado en la región y a pesar de haber hecho una campaña electoral abanderando la regeneración tras más de dos décadas de gobiernos populares que dejaron decenas de investigaciones judiciales por corrupción. Y ahora se lo iba a quitar pactando con ese mismo PSOE al que antes dejó en la cuneta pero cuyo líder en la región también se encuentra imputado. Acusa a los tres parlamentarios que han abortado la moción de censura y serán consejeros del Gobierno del PP de tránsfugas (y lo son), pero ha intentado lograr para su moción los votos de los tres tránsfugas que en la Asamblea Regional entraron por Vox y luego fueron expulsados del partido. Además, como ya se ha dicho, sale del Gobierno de Madrid, donde es difícil que vuelva a entrar. Refuerza en su peor momento a Casado, que salva el match ball en sus horas más bajas, pero sobre todo a García Egea, que ha sido el hombre clave para evitar el deshaucio del PP en Murcia, que ya sólo sería posible si se sumaran, a los de lo que queda de Ciudadanos y a los del PSOE, los votos de Podemos y los de los tres tránsfugas de Vox, una mezcla inverosímil. Y eso, a su vez, supone el pasaporte definitivo para Carlos Mazón, que ahora sí tiene vía libre para convertirse en el líder autonómico del PP en la Comunidad Valenciana, descabalgando a una Isabel Bonig de cuya actitud en esta crisis han tomado nota, para mal, en la sede central popular.

Tomar a los electores por idiotas nunca sale bien. Si el PP murciano es la mafia, fue Ciudadanos el que pudo evitar que continuara en el poder y no lo hizo. Si la vacunación de cargos públicos es reprobable, igual de censurable es en Murcia como en Alicante. El relato usado para justificar la moción no sirve, no porque sea cierto o falso, sino porque quien hace las acusaciones carece de credibilidad. Por eso el desastre ha sido total. Y ahora da igual si Arrimadas dimite mañana o si, para salvar los muebles, tiene que prescindir de la guardia de corps de la que se había rodeado en Madrid. La desbandada empieza a ser general. ¿Cuánto tardarán en pasarse a las filas del PP los principales cargos de Ciudadanos en Alicante? Pues lo harán cuando al PP más le interese, porque serán los populares los que marcarán los tiempos. Pero la mayoría ya están llamando a esa puerta. Como en Andalucía, en Castilla y León... en toda España. ¿Qué pasará con Cantó? Que también buscará acomodo, porque una cosa es ser la oposición a Arrimadas y otra quedarse a velar un cadáver. Hay incluso quien especula con que Rivera vuelva. Pues muy bien. Releeremos a Monterroso: cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Dicen que es el mejor cuento de terror jamás escrito. Y sólo son siete palabras. Pero son más que, visto lo visto, cerebros tiene Ciudadanos en su cúpula. Un partido de cuya desaparición el PP y el PSOE sólo sentirán, vista su errática trayectoria, quedarse sin el mejor tonto útil del que disponían. Y del que el resto, una vez defraudados tanto sus votantes más progresistas como los más conservadores, me temo que únicamente lamentará las alas que le ha dado a Vox (el verdadero ganador de sus continuos funambulismos) y el privarnos del divertimento diario de ver cómo sus dirigentes (Rivera, Girauta, Hervías, Arrimadas...) se hacen por turnos el harakiri. Que pase el siguiente.

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