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Ánxel Vence

Surge una nación de cañas

Ayuso vota pasadas las 10 de la mañana en el distrito de Chamberí

Ayuso vota pasadas las 10 de la mañana en el distrito de Chamberí

Gane quien gane -que tampoco importa mucho-, las elecciones en la Comunidad de Madrid han supuesto ya el nacimiento de una nación, como si esto fuese una película de Griffith. De “poblachón manchego”, según la definía muy discutiblemente Mesonero Romanos, Madrid pasó a provincia para ascender después a reino autónomo y, finalmente, a entidad nacional.

La feroz campaña preelectoral ha alumbrado, en efecto, un nuevo país con clarísimos rasgos diferenciales. A diferencia del resto de la España federal, Madrid es un lugar en el que al final de una dura jornada de trabajo cualquiera puede disfrutar de una caña en las terrazas. Ese es, entre otros, el carácter distintivo de la vida “a la madrileña” que defiende enérgicamente la presidenta Isabel Ayuso.

No es el único fundamento de nación en un territorio que tiene por capital a la capital de España y, por lo tanto, es “España dentro de España”, de acuerdo con la original si bien algo redundante apreciación de Ayuso.

“En Madrid hoy disfrutamos de una libertad y unos derechos que no se tienen en toda España. Esta forma de vivir a la madrileña es única”, sostiene la líder del madrileñismo que no para de denunciar la “madrileñofobia” del resto del país.

Más o menos va en la línea de su excolega Joaquim Torra, que lamentaba la tirria de “los españoles”, así en general, a Cataluña. “Nos haríamos trampas si pensáramos que esta región y su capital pueden ser tratadas como las demás”, dijo la presidenta por si quedase alguna duda.

Aparte del derecho a beber cerveza, vetado a los restantes vecinos de la Península, las libertades específicas de los madrileños consisten, a juicio de Ayuso, en disfrutar de “los atascos de madrugada” y en mantener los bares abiertos mientras los demás se aburren en casa.

De ahí que la presidenta se enfrente al Gobierno de España, que la ha tomado con Madrid porque es el reino autónomo más próspero, el más liberal, el más abierto a todos y, en definitiva, el que mejor mantiene con su PIB y su capacidad de atraer trabajadores al resto del país.

Montar una nación es cosa fácil, según hizo notar en su día el anarco-conservador Julio Camba, quien, curiosamente, tomaba como ejemplo al azar el municipio madrileño de Getafe. Camba se ofrecía a hacer de Getafe una nación sin más recursos que un millón de pesetas (pongamos que un millón de euros de hoy) y un plazo máximo de quince años para organizar el nuevo ente soberano.

Su plan consistía en observar si había más rubios que morenos o más morenos que rubios para establecer el rasgo prevalente de la futura nacionalidad. Luego construiría un idioma con los modismos locales para darle al getafeño -o getafense- el rango de lengua oficial. Y, hale hop, ya estaría constituida la nación con todos sus atributos.

Ayuso ha simplificado la cuestión apelando al hecho diferencial de las cañas y las terrazas; pero en el fondo es lo mismo. Las proclamas arrogantes y quejicosas a la vez, tan típicas del género nacionalista, podrían darle hoy el espectacular éxito que le auguran casi todas las encuestas. Estamos en vísperas de que nazca, dentro de la nación, otra nación de las cañas y tapas. ¿Y quién no se apunta a algo así?

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