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Juan R. Gil

Comienza el espectáculo

El PP proclama a Mazón líder con un discurso cargado de referencias sociales con el que pretende competir tanto con la izquierda como con el populismo de Vox

Baño de masas. Mazón y Casado, ayer, enarbolan una bandera de la Comunidad Valenciana en el congreso.

Baño de masas. Mazón y Casado, ayer, enarbolan una bandera de la Comunidad Valenciana en el congreso.

Carlos Mazón fue proclamado ayer en el XV Congreso del PP de la Comunidad Valenciana presidente regional de este partido con el 99,6% de los votos, ninguna papeleta en contra y sólo dos votos en blanco. Decir que fue aclamado a la búlgara resultaría recurrir al tópico si no fuera porque esa es precisamente una de las claves de un congreso diseñado con tiralíneas desde que Pablo Casado se impuso en las primarias a Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal. Cuando la derecha no disimula es cuando la izquierda tiene que pensar que va a por todas. El congreso ha sido a la búlgara porque así quería el PP que fuera. La dirección popular lo que buscaba con el acto de ayer no era desde luego un congreso; ni siquiera era un mitin. Lo que perseguía era un alarde. Lo logró. Asignatura aprobada.

Mazón recibió ayer la confirmación como líder popular en la Comunitat Valenciana y candidato a disputar la presidencia de la Generalitat a Ximo Puig en un clima nuevo, que el PP no respiraba desde hace más de seis años. Se presentó al frente de un partido ordenado, disciplinado y que considera posible la victoria en las próximas elecciones autonómicas. Que cierra filas porque cree que puede recuperar el poder perdido. Que todo eso sea realmente así o no, se confirmará en el futuro; pero no es lo que importa en estos momentos a la hora de hacer el análisis político de lo sucedido. Lo relevante es que el también presidente de la Diputación Provincial de Alicante ha jalonado con éxito ese primer hito que la cúpula de su partido y él mismo se habían marcado. Lo que unido a la volátil situación política nacional (no sólo de la Comunidad) supone que por primera vez desde que los populares fueron desplazados del mando en la gran mayoría de las instituciones tras los comicios de 2015 hay verdaderamente partido que disputar para decidir quién gobernará la Generalitat cuando de nuevo vuelvan a celebrarse elecciones.

El PP quería celebrar un congreso a la búlgara, como el que protagonizó, porque de lo que se trataba era de hacer alarde de partido unido, en el que reina el orden y la disciplina

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Ya sé que el concilio sustanciado ayer en València por los populares tuvo un exceso de tramoya. El vídeo de «presentación» del nuevo líder popular, que he visto varias veces sin llegar a saber si sus autores querían beber del neorrealismo y les salió una película surrealista, con ese Mazón pisando tierras desérticas con cara de estar a punto de cometer magnicidio o abanderando, literalmente y al mismo tiempo, la Gran Marcha y la toma de la Bastilla, ora enarbolando la senyera, ora señalando sin que quede claro con qué intención la rojigualda; ese vídeo, decía, será probablemente pasto de memes sin cuento.

Pero haría mal el PSOE si se quedara sólo en la espuma de las cosas y creyera que eso es todo. Porque el congreso celebrado ayer por el PP tuvo contenido, en los discursos, mucho más allá del spot de marras. Resultó contundente en la forma, tanto por la falta de complejos que los populares demostraron como por la convicción de que derrotar al Botànic es posible que destilaron, pero también en el fondo. Mazón presentó una propuesta nueva que sobre todo los socialistas tendrán que tener en consideración por la cuenta que les trae. Más allá del agua o la financiación (donde el PP no puede pedir credibilidad sin rectificarse antes a sí mismo, porque ya gobernó y tomó algunas de las decisiones que forman parte de los errores que en ambos asuntos nos han llevado a esta situación); al margen de las infraestructuras o la lengua, temas recurrentes en todos los programas electorales que se han presentado en las últimas décadas, Mazón se convirtió ayer en el líder del PP que más minutos ha dedicado en un discurso (el más importante de su vida, según él mismo dijo) a cuestiones sociales. Resulta muy llamativo ver cómo los dos principales líderes políticos prodigan gestos que buscan el electorado objetivo del rival: Puig recabando para sus actos públicos el apoyo explícito del empresariado, con mensajes grabados incluidos, y Mazón dedicando la parte central de su parlamento a asegurar que con él los más desfavorecidos saldrán ganando. Hay en Mazón una mezcla de liberalismo y empatía sin embargo con los problemas reales de la calle que, aderezado con las gotas justas de populismo, configuran un rival que electoralmente no va a ser fácil de opacar. Más, si de verdad hace lo que asegura y prueba con las instrucciones que le dé a sus parlamentarios en las Cortes Valencianas que es capaz de hacer una oposición dura y firme pero llegar a acuerdos con el Gobierno en las materias sensibles. Si es así, ganará crédito e innovará. Si no, seguirá la misma estela errática de Casado, que nunca se sabe si pretende buscar acomodo en el centro o en la periferia. En cualquier caso, sea porque quiere definirse frente al PSOE, sea porque quiere contrarrestar las apelaciones rancias y simplonas, pero a veces efectivas, que Vox lanza continuamente a la gente que en peor situación se encuentra tras las dos crisis que llevamos en este siglo, lo cierto es que Mazón ha demostrado instinto e inteligencia para saber que esos asuntos deben formar parte nítida del cuerpo central de su programa.

El presidente de la Diputación Provincial abre una nueva etapa, en la que el PP deja a un lado los complejos y se muestra convencido de que puede volver al poder en la Comunitat

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Eso hay que apuntárselo a Mazón desde ayer en su haber. En el debe del acto celebrado en València está el que se pusiera en evidencia, como ya se ha dicho aquí varias veces, que si Puig no tiene en el presidente del Gobierno a su mejor aliado, también a Mazón puede darle Pablo Casado más quebraderos de los que imagina. El compromiso de Casado con el trasvase fue, como siempre ha ocurrido con los dirigentes populares nacionales, genérico. No llegó al extremo de Aznar, capaz en una misma campaña de prometer una cosa en Aragón y la contraria en la Comunidad Valenciana (los mítines y las entrevistas están en la hemeroteca, para el que quiera comprobarlo), pero se cuidó muy mucho de fijar una posición que le cree inconvenientes en Castilla-La Mancha o en Madrid. En realidad, y en materia de agua, a lo único que Casado se comprometió este sábado en València es a promover si llega al Gobierno un acuerdo entre presidentes autonómicos. Una vía que estaría muy bien si no fuera porque Mazón ha situado el diapasón tan alto que ahora cualquier cosa que su partido haga que no sea anunciar una ley que blinde definitivamente el trasvase con los hectómetros cúbicos necesarios cada año suena a traición. En cuanto al otro problema de gran calado para la Comunidad Valenciana al que Casado tuvo que referirse, el de la financiación, la cosa aún fue peor. Porque si el modelo vigente, aprobado en 2009 (con la abstención, que no el voto en contra, de las comunidades gobernadas entonces por los populares, entre ellas la valenciana, que quería oponerse pero agachó como siempre la cabeza para acatar la disciplina de partido que le impuso Rajoy, en aquel año líder de la oposición), no resolvió la discriminación a la que los habitantes de este territorio están sometidos, mucho menos lo hacía el plan de 2002, que ni siquiera contemplaba el actual Fondo de Garantía que trata de compensar los desequilibrios. Y resulta que Casado vino ayer a València a decir con rotundidad que su solución es volver a esa situación de hace casi veinte años. Y a diagnosticar, con extremada simpleza, que el problema de la Comunitat es que tiene más población de hecho que de derecho y por eso recibe menos. Si tan importante de verdad se considera a la Comunidad Valenciana dentro de la estrategia de Casado para llegar alguna vez a la Moncloa, convendría que para empezar se estudiara bien los asuntos sobre los que debe pronunciarse. Y si tanta ascendencia tiene Mazón en su partido, no le costará demasiado que la dirección nacional del mismo muestre un interés verdadero por los problemas que en esta Comunidad nos ocupan. Porque volver a ser un mero «granero de votos», un sitio al que se va, se dicen cuatro obviedades que no condicionan a nadie y se vuelve uno con el zurrón lleno de papeletas y, encima, aplaudido, no es que resulte precisamente un proyecto ilusionante. 

Casado puede restarle credibilidad al futuro candidato al Consell: ni se comprometió de manera suficiente con el agua ni demostró tener un plan serio sobre la infrafinanciación

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Mejor habría sido Amunt València

Los nacionalistas de Compromís han cambiado de nombre, en un intento de cambiar de ropaje. El último congreso del antes llamado Bloc aprobó, no sin contestación, poner más el énfasis en las políticas de izquierda, y menos en la cuestión identitaria. El Bloc, ahora, se llama Més Compromís. Vista su nueva dirección, donde la presencia de Alicante es absolutamente irrelevante, deberían haberse llamado Amunt València, que hubiera sido más preciso. Por no aparecer en el listado, ni siquiera figura el portavoz en la segunda ciudad de la Comunitat, Natxo Bellido. Y el de la Diputación, Gerard Fullana, desempeña un papel secundario. Queda claro.

Natxo Bellido

Nueva burla de Cantó a los ciudadanos

El diccionario de la Real Academia Española define «obsceno» como aquello que resulta impúdico, torpe y/o también ofensivo al pudor. Son sinónimos de obsceno, entre otros, amoral, inmoral, impúdico e incluso deshonesto. Y son antónimos, es decir, suponen todo lo contrario de lo que se puede decir de alguien que protagoniza un comportamiento obsceno, los términos honesto, limpio o decente. No sé por qué me fijé en este adjetivo cuando se anunció que el exportavoz de Ciudadanos en las Cortes Valencianas, Toni Cantó, dirigirá la Oficina del Español, chiringuito creado por Ayuso para pagarle 75.000 euros al año. Y Mazón regalándole fotos.

Toni Cantó

La incoherencia de Mata

El portavoz socialista en el Parlamento autonómico, que por increíble que parezca no tiene dedicación exclusiva a tan alta labor, dirigirá como abogado la defensa de alguno de los acusados por el nuevo caso de corrupción política en el Ayuntamiento de València que implica a un ex concejal del PP y a otro del PSOE y que puede incluso salpicar a este último partido. Mata alega para tal sinsentido que si le dieran a elegir entre el ejercicio de la política y el de la abogacía, elegiría este último. No. Ya eligió. Y firmó un contrato con los electores. Si no quiere cumplirlo, que se vaya. Tiene razón Eva Ortiz cuando dice que si fuera del PP temblarían los cimientos.

Mata

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