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Antonio Papell

#Elogio conclusivo de la vieja UCD

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa de cierre de la cumbre de la OTAN. Reuters

La celebración en España de la cumbre de la OTAN, una organización que ha adquirido una relevancia inusitada, y no solo militar sino también ideológica, tras la guerra en Ucrania, nos produce una sensación benéfica a las generaciones entonces muy jóvenes que participamos de algún modo en aquella extraordinaria aventura de apenas de un lustro en que una España oscura, recién salida de cuarenta años de ensangrentada dictadura, consiguió construir ex novo un Estado democrático impecable sobre el que se ha edificado un gran proyecto nacional y que hoy es uno de los pilares de la comunidad internacional, en asociación con el espacio de libertad que forman las grandes democracias, que se concentran en torno al Atlántico pero que realidad llegan hasta los más remotos confines del Pacífico, con países como Japón, Australia y Nueva Zelanda, que forman parte de este selecto club basado en el criterio superior del respeto a los derechos civiles.

En 1976, recién muerto el dictador, el Rey Juan Carlos, Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez organizaron una audaz transición mediante un plan que arrancaba de la Ley para la Reforma Política -una plataforma legal para realizar unas elecciones libres-, la creación de un centro de convergencia política pilotado por Suárez -la Unión de Centro Democrático, UCD- y la colaboración leal de la oposición interior y exterior al franquismo, que fue invitada a participar en plano de absoluta igualdad.

La UCD, primero un agregado de partidos y más tarde un partido unitario, agrupó a los escasos sectores progresistas del régimen anterior, a gran parte de la sociedad civil de tendencias liberales y socialdemócratas, y a sectores democristianos que todavía tenían la esperanza de jugar cierto protagonismo en aquella etapa. Adolfo Suárez, un todoterreno de la política, con más intuición que sabiduría, era una herramienta útil para encabezar el proceso vertiginoso que se puso en marcha. Como ha recordado López Burniol en un elogio a aquella organización legendaria, la UCD contribuyó decisivamente, desde el centro político, a los Pactos de la Moncloa, a la promulgación de la Constitución, a la reforma fiscal, a la secularización del derecho de familia. A avanzar decisivamente en la europeización y a la entrada de España en la OTAN.

En efecto, dimitido ya Suárez, todavía no se sabe bien por qué, y elegido en su lugar Leopoldo Calvo-Sotelo, este, en el escaso tiempo que permaneció en Moncloa, fue consciente de que debía terminar de instalar a España en el contexto internacional. Anunció sus intenciones en el discurso de su investidura, el 25 de febrero de 1981, 48 horas después de la cuartelada de Tejero. El 2 de diciembre de 1981, España comunicó a la Alianza su intención formal de adherirse al Tratado de Washington y el 30 de mayo de 1982, España se convirtió en el miembro número dieciséis de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

El resto de la historia es conocido: el PSOE, cuyo acceso al poder sería la señal de que la Transición había concluido exitosa y definitivamente, se aclimató más despacio a la inflexible realidad, y tuvo que hacer una increíble pirueta para convertir el “OTAN, de entrada, no”, en un sí clamoroso en el referéndum celebrado al efecto el 12 de marzo de 1986, en el que Fraga cometió su error más imperdonable: proponer la abstención para no beneficiar al PSOE.

Puede decirse, en fin, que aquella democracia nació desde el centro político, un concepto que, aunque sirvió de camuflaje a veces de la derecha más descarada, fue a menudo sinónimo de moderación y se cargó por ello de prestigio. De hecho, la normalización política lograda después de la alternancia de 1982 se basó en una dialéctica entre el centro-derecha y el centro-izquierda, y así permaneció hasta que la desestabilización ocasionada por la gran crisis 2008-2014, que arrastró al cieno el crédito de los políticos españoles y europeos, y con la discreta excepción de IU, no surgieron partidos de “verdadera izquierda” o de “verdadera derecha”. Hoy, la fragmentación del mapa político no se ha estabilizado todavía, y se atisban algunos indicios de que podríamos estar regresando al bipartidismo imperfecto. Esto es, a jugar el partido de la política en el centro del campo en que se estableció UCD.

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