Opinión | Tribuna

Lo que Fundesem nos enseñó

La sede de la escuela de negocios alicantina Fundesem.

La sede de la escuela de negocios alicantina Fundesem. / ISABEL RAMÓN

Se acaba Fundesem tal y como la hemos conocido. La institución, nacida en 1965 para la formación de profesionales y directivos, ha visto pasar por sus aulas en este tiempo a más de 63.000 alumnos y ha formado parte de las 10 mejores escuelas de negocios a nivel nacional. Una fundación sin ánimo de lucro que ha llegado a contar con más de 260 empresas implicadas de manera directa y la colaboración indirecta de otras, y en las que se han impartido programas formativos de Administración y Dirección de Empresas, Recursos Humanos, Finanzas, Derecho Empresarial, Comercio Internacional, Marketing o Inglés, entre otras disciplinas a través de seminarios, cursos, jornadas o eventos para mejorar la empleabilidad de 1.200 personas al año. Sin olvidar la celebración y patrocinio de actos deportivos o solidarios para el fomento de las prácticas saludables y la contribución directa a colectivos más desfavorecidos.

Fundesem es un cromosoma más del ADN alicantino. No sólo ha contribuido de forma orgánica a la evolución de la provincia, sino que ha favorecido la expansión de la marca Alicante tanto a las regiones limítrofes como a otros países, de donde llegaron profesionales y alumnos atraídos por sus programas internacionales, impartidos por docentes y directivos de contrastada trayectoria y éxito empresarial a nivel local, nacional e incluso global. Especialistas en las más variadas disciplinas, procedentes del sector público o privado, de distinta ideología o afinidad política, que han restado horas a sus trabajos, ocio y familia para compartir su conocimiento al final de largas jornadas laborales o durante fines de semana.

Los cambios en el tejido empresarial e industrial de la provincia derivados de la globalización, junto a la crisis de 2008, marcaron un primer punto de inflexión en la generación de recursos de la escuela. La pandemia puso la puntilla, a pesar de los esfuerzos realizados por sus nuevos gestores. Estando más o menos de acuerdo con su labor, cierto es que habían reactivado la implicación del empresariado en forma de patronazgo o colaboración. Traían bajo el brazo un plan de viabilidad para saldar la deuda y que Fundesem volviera a ser autosuficiente gracias a un acuerdo con una de las universidades privadas más prestigiosas del país. Algo que no convenció a la Generalitat, culminando con la solicitud del concurso voluntario de acreedores esta pasada semana.

Valencia y Ximo Puig, con sus socios. Esos que tanta flexibilidad y mano laxa demuestran para regar con dinero de todos entes públicos, proyectos u organizaciones que no resistirían el más mínimo análisis de rentabilidad no sólo económica, sino de utilidad y función social. Algunos de ellos, con deudas renegociadas que dejan en calderilla el saldo en rojo de Fundesem con el IVACE por el alquiler de su sede. Pues bien, ellos consideran que la escuela y Alicante no merecen esa oportunidad.

A pesar del preámbulo, no acudo a estas páginas como implicado ni conocedor de los detalles de las negociaciones ni particularidades que han desembocado en esta situación, pues no formo ni he formado parte del Consejo Rector. Lo hago como alicantino que ha tenido la oportunidad y la gran suerte de conocer Fundesem desde dos perspectivas: la de docente y la de alumno. Y con un motivo: defendernos del retrato sesgado e hiriente de profesores y estudiantes en lo personal realizado por un articulista de quien yo, lector diario de INFORMACIÓN desde que aprendí a leer con La Tiza siendo un preescolar y de muchas otras cabeceras del grupo, no tenía constancia hasta ayer. Las muchas otras personas a las que he preguntado, tampoco. Aunque no es necesario ser demasiado perspicaz para, repasado su historial de publicaciones y lugar donde marca su ubicación, el ‘Cap i Casal’, intuir al dictado de quién y qué ideología escribe. Así que, en mi nombre y en el de mis compañeros, recojo el guante.

Empecé a dar clase en Fundesem en 2015. Tras años de formación y experiencia laboral (Madrid, Alicante, Ibiza, Italia, Nueva York, Reino Unido), de vuelta a casa con la empresa para la que llevaba tiempo integrando desde su sede central equipos de disrupción de nuevas tecnologías de la información dentro del negocio editorial. Como ya había impartido cursos a cientos de periodistas en activo o futuros, la escuela consideró que mi experiencia y visión de una disciplina innovadora podía ser de utilidad a los alumnos del Máster de Marketing Digital.

¿Dinero? No. Entre preparación de clases, impartición, correcciones, tutorías, tribunales y actos la tarifa por hora sale difícilmente rentable. Vocación. Interés por compartir. Por el enriquecimiento mutuo que se genera al interactuar con alumnos que en muchos casos te superan en experiencia y conocimiento. Como yo, tantos otros profesores que han invertido a muy largo plazo horas para cobrar tarde, muy tarde, sin que esto les importara, motivados por el amor a la enseñanza. Y ofreciendo su conocimiento a estudiantes que, habiendo terminado sus estudios superiores en universidades públicas, reconocían que buscaban un plus ante lo infructuoso de planes académicos caducos y teorías muy alejadas del mundo real.

En 2016, el destino me tenía reservado una vuelta a Madrid en forma de traslado, al que renuncié por una mezcla de amor a Alicante, situación familiar y replanteamiento profesional. Fue ahí donde ingresé como alumno del MBA Executive. Una experiencia incomparable, con la que salí de mi zona de confort y emprendí mi propio proyecto. Un punto de inflexión laboral y personal.

Entre mis compañeros de pupitre se encontraban empresarios y directivos de empresas que generan o gestionan facturaciones millonarias prestando sus servicios o exportando sus productos. Emprendedores. Profesionales que no renuncian al crecimiento continuo. Autónomos. Generadores de valor. Creadores de empleo. Gentes que no pertenecen a ninguna élite política o social ni están tocados por la varita de la heráldica. Hombres y mujeres hechos a sí mismos que se esfuerzan a diario, arriesgan y se superan, haciendo grande a esta provincia en la que nacimos o a la que llegaron hace más o menos tiempo.

Estoy totalmente de acuerdo con el autor del artículo que me ha traído hasta aquí en su propuesta, la cual cito: «Estoy a favor de que la Generalitat salve de la quiebra a Fundesem siempre y cuando en la puerta de entrada se instale un cartel grande que diga: ‘Esta Escuela de Negocios sobrevive gracias a la inversión pública’. Pero añadiendo: ‘Inversión pública posible gracias a los recursos generados por los empresarios y profesionales que aquí se forman’».

Fuimos, somos y seguiremos siendo Fundesem. En otro sitio, con otro nombre, pero el ADN del emprendedurismo alicantino no se borra de un plumazo. No lo duden.