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«¿Y ahora quién nos ayuda?»

El barrio del Cementerio reclama atención al Ayuntamiento para su día a día tras el final de los repartos de los voluntarios. Temen que si no hay medidas para ayudar a la zona algunos se vean abocados a robar para subsistir

El barrio del Cementerio reclama atención al Ayuntamiento para su día a día tras el final de los repartos de los voluntarios

El barrio del Cementerio reclama atención al Ayuntamiento para su día a día tras el final de los repartos de los voluntarios

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El barrio del Cementerio reclama atención al Ayuntamiento para su día a día tras el final de los repartos de los voluntarios Ramón Pérez

Desde fuera, un barrio prescindible. Desde dentro, un barrio que lucha por sobrevivir, que ha renacido en plena pandemia, entre la que ha brotado una solidaridad y una cohesión vecinal envidiable. El barrio del Cementerio vive de espaldas al ruido estratégico, turístico y comercial de Alicante. No por petición propia, sino por un olvido histórico. El abandono amenaza la supervivencia de los vecinos, la calidad de vida hace tiempo que la perdieron. La mayoría de ellos quizás nunca la tuvieron.

Desde que se inició la pandemia del coronavirus los vecinos se han organizado para que nadie en el barrio pase hambre. Toneladas de comida y productos de primera necesidad que se repartieron por última vez el pasado sábado. Ahora, en plena desescalada, los vecinos piden ayuda al Ayuntamiento para que atienda las otras pandemias, las que había antes del covid-19 y las que seguirá habiendo en la «nueva normalidad».

«Necesitamos alguna medida para que el barrio salga hacia adelante, aquí hay mucha economía sumergida y si no se puede salir a la calle y buscarse la vida, ¿qué hará más de uno? Pues robar». Una frase cruda, directa, las sutilezas hace tiempo que pasaron de largo en el barrio. Hacen falta actos. Lo cuenta Pastor Heredia, empresario del barrio que participó en el montaje y puesta en funcionamiento de la DAPE (Despensa Autogestionada de Productos Esenciales).

Heredia reclama medidas adaptadas para que la gente del barrio pueda seguir ganando dinero con la chatarra, la limpieza o la venta ambulante. «Tienen que buscarse la vida, aquí pocos pueden pagarse la cuota de autónomos y no hay suficientes ayudas», lamenta. «Lo que hace falta es unir fuerzas para tirar para adelante», cuenta Luis Mañogil Alcázar, familiar de los dueños del bar El Loco, donde se ha gestado el alud de solidaridad que ha mantenido al barrio con vida en estos dos meses de confinamiento.

De la mano de voluntarios y vecinos este reportaje se adentra en la necesidad más extrema del barrio: viviendas destrozadas, insalubridad, precariedad en estado puro. «Sólo pedimos que no estemos olvidados, aquí no han baldeado las calles contra el coronavirus como en otros barrios», cuenta Gonzalo Heredia. «En Maisonnave pasan decenas de barrenderos al día, aquí viene uno a la semana y eso que pagamos los impuestos igual que todos», prosigue. «Sólo queremos los mismos derechos que el resto de Alicante».

Una de las casas, la del Jipi -así le conocen los vecinos-, llama la atención: no tiene tejado, lo protege a duras penas con tablas que encuentra por la calle, y hace vida en una habitación que trata de rehabilitar. El resto, un montón de escombros. Acaba de salir de la cárcel y ya le han multado con 600 ? por salir cuando no debía. «Si no salgo, no puedo conseguir nada para vivir», revela. En realidad, casi ninguna vivienda se libra: desconchones, humedades, vastos agujeros en paredes y techos, insalubridad entre personas mayores y niños. Todo un peligro.

El impulso que necesitaba el barrio para organizar los repartos de comidas lo brindaron varios voluntarios y multitud de donaciones privadas. Gracias al apoyo de Solcir se han recibido 5.000 ? a través de Goteo y 5.000 ? de CaixaBank, empleados en la compra de productos esenciales, que han complementado las donaciones de diversas entidades. Daniel Millor, voluntario de la asociación Quatorze, les lleva el presupuesto semanal, pero ellos son quienes deciden cómo gestionarlo. «Todo esto no habría sido posible sin la implicación personal de mucha gente, tanto de dentro como de fuera del barrio, personas como el Canario-del Banco de Alimentos-, que están dando mucho por estas iniciativas», cuenta Millor, que se ha apoyado en Lourdes Mengual y Elena Domingo, dos de las fundadoras de la ONG Alas-D, en la gestión de este proyecto. El vecindario ha dedicado más de 700 horas voluntarias para los repartos durante el confinamiento. «Una barbaridad», revela Millor. «Y todo lo que queda por hacer», prosigue. Las fundadoras de Alas-D son farmacéuticas y, además de ayudar en la logística, también han establecido un protocolo nutricional y de higiene. «El objetivo es que todos los vecinos tuvieran los aportes nutricionales necesarios», explican.

Incertidumbre

Paqui Alcázar, dueña del bar El Loco, fue quien promovió esta oleada de solidaridad y estableció en su casa el centro de operaciones. Una vivienda por la que pasan todos los voluntarios y cuya puerta siempre está abierta. En el inicio de la cuarentena se llevó al campo a su padre, de 83 años, el originario Loco, pero ahora lo tiene de vuelta. El miedo a un posible contagio de su padre le ha hecho a Paqui dar por concluidos los repartos. «Hay mucho trabajo detrás de todo esto», cuenta. Los vecinos ahora pasan la responsabilidad a las instituciones públicas.

«Yo no cambio este barrio por nada», explica Gonzalo Heredia. «No se trata de cambiarlo, sino de mejorarlo para vivir lo mejor posible», le interrumpe Millor. Y que se haga entre todos. Quizás sea ésta la estrategia más efectiva para no darles la espalda nunca más.

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