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Análisis

Un dolor de muelas

Con el antecedente de los pactos para la reconstrucción, las Cortes deberían haber enviado esta semana a la sociedad un mensaje de esperanza, pero solo han sido capaces de producir más ruido y confusión

¿Hay horizonte? Un momento del debate de política general celebrado esta semana en las Cortes Valencianas.

¿Hay horizonte? Un momento del debate de política general celebrado esta semana en las Cortes Valencianas.

Seguro que todos conocen el viejo chiste del tipo que, temblando de miedo, acude a su cita con el dentista y, cuando el facultativo se inclina herramienta en mano sobre su boca, él le agarra los genitales y le dice aquello de «¿Verdad que no nos vamos a hacer daño, doctor?». Hace meses que estamos confinados en esa consulta, pero no hay ningún día que no nos hagamos daño.

Esta semana ha sido pródiga en eso. Y no hablo de la batalla de Madrid, donde los gobiernos de Ayuso y Sánchez están protagonizando un lamentable espectáculo que pagamos, en vidas y haciendas, todos los ciudadanos, no sólo los de la capital del Reino, aunque ellos lo sufran más que nadie. Ni del incomprensible veto a que el Rey presidiera la entrega de despachos a los nuevos jueces, otro frente que gratuitamente se abre el Ejecutivo, esta vez nada menos que con el Poder Judicial y con la Casa Real por medio, por si no tuviera bastantes ya de los que ocuparse.

No, no es necesario saltar a la escala nacional para encontrar situaciones en las que el paciente y el dentista, a los que tanto les convendría cuidar el uno del otro, se dedican a agredirse. Baste con ver el discurrir del Debate de Política General celebrado en las Cortes Valencianas. O el saco de boxeo en que se está convirtiendo la consellera de Sanidad, Ana Barceló, que recibe más golpes de sus propios compañeros de gobierno que de la oposición.

Hace unos días fue el conseller de Educación, Vicent Marzà, criticando la falta de pruebas en los colegios. Y este viernes se repitió incidente con el anuncio hecho por Barceló de que las restricciones impuestas al sector del ocio y la hostelería, con especial incidencia sobre el primero, se prorrogarán durante otras tres semanas más. Anuncio contestado de inmediato con duras críticas -del mismo calado o mayor que las provenientes de algunos dirigentes del PP- por el secretario autonómico de Turismo, el socialista Francesc Colomer. Un alto cargo del Consell censurando en público graves decisiones adoptadas por otro miembro del mismo gobierno y del mismo partido. El ciudadano tiene derecho, ante una situación así, a preguntarse cuál de los dos -el secretario o la consellera- es un irresponsable y, por tanto, a cuál debería sacar el president del equipo sin mayor tardanza. Pero sobre todo tiene derecho a sentirse inseguro e inquieto comprobando que normas de una trascendencia enorme para la salud y la economía se dictan, al parecer, sin que los propios miembros del Ejecutivo las hayan valorado previamente y las compartan. Estamos buenos.

Es lógico que el sector turístico, al borde de la quiebra, exija el levantamiento de todas las medidas cautelares que pesan sobre él, mejor hoy que mañana. Pero también lo es que el Consell -cualquier Gobierno responsable- ande con pies de plomo, porque el mínimo aumento de la tasa de contagio provoca un cataclismo no sólo sanitario, sino también económico. Lo que no tiene razón de ser es que los máximos responsables políticos de Turismo y Sanidad se tiren los trastos a la cabeza. Sería mejor para todos menos traca y más claridad a la hora de contar lo que hacen, cuándo lo hacen y por qué lo hacen. Y hablo de los dos. Consenso imposible. Pero lo de Barceló y Colomer no ha sido más que el epílogo -llamativo, aunque sin consecuencias- a una semana donde por desgracia hemos comprobado que ni siquiera en una comunidad donde las cosas parecían estar gestionándose relativamente bien; donde la tasa de contagio, pese a sus picos, no ha llegado a estar por ahora fuera de control y donde la conflictividad social, a pesar de la enorme brecha que se está abriendo, también está de momento contenida; ni siquiera en una comunidad que está mejor que muchas, el consenso político es posible. Esta era la semana del debate en las Cortes de Política General, ya se ha dicho. El que popularmente y por imitación al que se celebra en Madrid viene llamándose el debate sobre el Estado de la Comunidad. Y con el precedente de unos pactos para la reconstrucción impulsados por la presidencia de la Generalitat y rubricados por los agentes sociales -sindicatos, empresarios...-, los actores institucionales -diputaciones, ayuntamientos...- y los principales partidos políticos con representación parlamentaria -todos menos Vox, que ya se sabe que no es un partido, sino una banda, véase la de tiros en la cuneta que se dan cada vez que tienen que repartirse algún cargo-, con esos antecedentes, digo, lo que cabía esperar es que del Parlamento autonómico saliera un mensaje de impulso a la sociedad. De esperanza. Algo así como un «sabemos lo que hay que hacer».

Todo lo contrario. Lo que ha habido de nuevo es ruido, no música. Lío. Confusión. El president Puig llegó a la tribuna con un discurso articulado en torno a tres grandes ejes (la preservación y el reforzamiento del Estado del Bienestar, la reconstrucción de la economía y el empuje político a una mayor descentralización del Estado pero a través de la que podría considerarse la vía valenciana, alejada del independentismo catalán tanto como del ventajismo vasco), desarrollados a través de un grueso paquete de más de 400 medidas imposibles de ejecutar si no es a través de los fondos europeos y, en definitiva, compuesto siguiendo lo que siempre en política se llamó el «modelo alemán», que consiste en proponer cuestiones (mejorar la Educación, reforzar la Sanidad...) con las que nadie puede estar en desacuerdo y de las que cualquiera quiere sentirse partícipe. Pero ni por esas. A las Cortes había ido todo el mundo con la estaca y nadie la pensaba guardar. Metidos todos en la esquizofrenia de que no se les acuse de rebentaplenaris pero tampoco se les tilde de tibios, Bonig se mostró dispuesta a pactar nada menos que los presupuestos mientras descalificaba todas las propuestas del president reduciéndolas a la poco creíble categoría de ximo-anuncios y llegando a llamar al president «indecente» por su gestión de la pandemia; Cantó siguió con el infantilismo de tender la mano a Puig pero tachar al mismo tiempo poco menos que de terroristas al resto de miembros de su gobierno; y Compromís y Podemos contribuyeron a la algarabía negándose en redondo a cualquier pacto al que pueda sumarse la oposición de derechas. El desmadre dejó al final perlas como que los únicos de acuerdo en algo a la hora de votar las resoluciones fueron precisamente Compromís y Ciudadanos, que si no sacaron adelante una propuesta para que la Comunidad Valenciana tenga el mismo trato en cuanto al déficit que la vasca fue porque ellos mismos se asustaron de verse amigados; o como que tres diputados socialistas se equivocaran al apretar el botón e impidieran con su error que saliera adelante otra resolución en la que se incidía en la reversión inmediata de los centros sanitarios gestionados por empresas privadas. No fueron tres parlamentarios cualquiera: fueron el secretario provincial de los socialistas de Castellón; el de los socialistas alicantinos, alcalde de Xàbia; y una diputada de Dénia, todos ellos de la confianza de Puig. Y el hospital que más problemas plantea para esa reversión, casualmente, es el que da servicio a Dénia y Xàbia. Pero fue un fallo inocente.

Salvo por pequeñas tonterías como las descritas, escribir de política resulta cada vez más aburrido. No hay horizonte. Sólo regate en corto. Quienes esta semana debatían en las Cortes demostraron no estar pensando en cómo afrontar de la mejor manera posible la crisis sanitaria, social y económica que estamos viviendo, sino en cómo quedar mejor de cara a los procesos internos a los que tienen que someterse para mantenerse en las listas. Nos quejábamos de cuando los políticos sólo pensaban en las elecciones, pero es que ahora resulta que viven agobiados por una cosa que se llama primarias y que se disputa todos los días a todas horas en las redes sociales que ellos mismos alimentan con mensajes que sólo ellos entienden. Los portavoces que salieron a la tribuna de las Cortes esta semana sólo se guiaban por un principio: antes muertos que sencillos. No querían cumplir con sus votantes, sino quedar bien con sus followers.

El problema es que con más de seis de cada diez trabajadores del sector servicios en paro o en ERTE; con el comercio, del que se habla demasiado poco, arrasado, cerrando cada día locales que con su clausura van poco a poco dejando sin vida las ciudades; con la construcción trastabillando y la exportación sin capacidad para equilibrar la balanza, no tenemos tiempo para sus historias en instagram ni sus naderías en twitter. Necesitamos que miren menos el móvil y pisen más la calle. Que lean más libros y menos mensajes. Que asuman la responsabilidad que hasta aquí no están adquiriendo. Arréglenlo. Así que convendría que ximistas (qué horror de nombrecito) y sanchistas, puesto que, mal que le pese a Ábalos, el PSOE no tiene otro candidato que Puig, se pusieran cuanto antes de acuerdo en el reparto de la tarta. Que el PP decidiera de una vez quién lidera el partido y quién será su cabeza de cartel. Que Iniciativa y el Bloc resolvieran por fin si rompen sus votos o renuevan el matrimonio. Que Cantó dejara de jugar a la yenka. Convendría que todo eso pasara ya, aunque las elecciones pueda parecer que están lejos. Porque es urgente que dejen el postureo y se centren. Les pagamos para que gestionen y controlen la gestión. Para que lleguen a acuerdos en todo aquello que sea beneficioso para la comunidad, cediendo cada cual lo que tenga que ceder. Les pagamos para que estudien los temas, aprueben lo positivo, denuncien lo negativo y aporten, desde todos los lados, soluciones. No para que un diputado del PP aproveche el último panfleto que le llega para arremeter contra la Conselleria de Sanidad confundiendo un centro de salud de Madrid con uno de Alicante. El protagonista de tal pifia, José Juan Zaplana (¿esta vez lo he escrito bien?), que se excusó alegando que no tiene asesores, no es el único que en estos tiempos que corren ha hecho el ridículo en ese Parlamento. Al contrario, es uno más. Ese es el problema. Que cada vez es más difícil distinguir a los buenos de los malos. Todos están resultando el mismo dolor de muelas.

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