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La amnesia es mortal

Géraldine Schwarz usa la historia familiar para alertar del peligro de la apatía ante los crímenes de los populismos en Los amnésicos

La amnesia es mortal

La amnesia es mortal

En 2011 se editó en España Los hermanos Himmler, historia de una familia alemana (Libros del Silencio), firmado por Katrin Himmler, sobrina nieta del Reichführer de las SS, Heinrich Himmler. Esta licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Libre de Berlín se zambullía en la historia fa-miliar en busca de la verdad. El tío Heinrich, aquel escrupuloso y educadísimo agrónomo especializado en granjas de conejos, había pasado a la historia por montar la primera máquina industrial para triturar seres humanos por millones y, bueno, caía de cajón que Katrin husmease bajo las alfombras de los Himmler para detallar cuánto había infectado a la parentela aquel impecable expediente profesional en el ejercicio del mal. Además, quisieron los genes que la pobre Katrin, casada con un ju-dío, guardase un gran parecido físico con el afamado tío abuelo, por lo que cada mañana el espejo debía urgirla a ejercitarse en la culpa y su expiación, deporte nacional de la segunda mitad del siglo XX en la antigua RFA.

Finalmente, Katrin Himmler descubrió que su familia la había engañado, que entre todos habían descargado en el tío Heinrich toda la responsabilidad para así declararse totalmente inocentes. Pero lo cierto era que todos se ha-bían aprovechado, de una u otra manera, del elevado puesto que había alcanzado alguien de su sangre en el «Estado de no derecho» creado por los nazis.

Katrin Himmler asumió valientemente esa tarea de depuración rompiendo «las cegueras y los tabúes que genera la cercanía», consciente de que seguir aguas arriba el rastro del crimen en su árbol genealógico era un proceso «marcado por el dolor y sobre el que permanentemente se cierne el miedo a perder algo que nos es propio». Temía, al cabo, que el espejo la señalase a ella misma si no se ponía a desempañarlo de sangre de inmediato.

Es comprensible que Katrin Himmler asumiese esa investigación que le llevó ocho años de su vida. Era algo incluso obligado. En cambio, quien no tenía por qué meterse en esos mismos berenjenales de la memoria era la francoalemana Géraldine Schwarz, a quien Tusquets acaba de publicar en España Los amnésicos. Historia de una familia europea. Los padres y abuelos de la periodista Schwarz no se han ganado ni una nota a pie de página en la historia de la II Guerra Mundial y del Holocausto. Habían pasado a mejor vida sin pena ni gloria, como tantos. Así que se les podía absolver fácilmente de cualquier responsabilidad. Habían sido, como millones de alemanes, unos mitläufer, literalmente «los que siguen al líder», los que se habían dejado llevar por la corriente. ¿Habían visto pasar los trenes hacia Auschwitz? Bue-no, sí, algo de eso les sonaba, pero quién sabía qué iba allí dentro. Y estábamos todos tan aterrorizados...

Géraldine Schwarz podía haberse ahorrado el libro, pero no se lo ahorró. Porque esta periodista francoalemana sostiene que la apatía y la ceguera ante el crimen es tan dañina como el crimen mismo. Ese es el núcleo de este apasionate libro. Por eso rascó y rascó en su pasado familiar y descubrió que el conformismo se mezcla con el oportunismo y que el abuelo Karl había comprado su empresa al judío Julius Löbman, aprovechándose de la «campaña de ofertas» que habían desatado los nazis con su persecución. También descubrió cómo, tras la guerra, Karl Schwarz respondía con creciente indignación a las reclamaciones del vendedor forzado, que había perdido a todos sus familiares en los campos de exterminio. El abuelo creía firmemente en que había pagado un precio justo, sin llegar a cuestionarse ni un momento si aquella ganga había llegado a sus manos después de recorrer un doloroso camino de cristales rotos y convoyes hacia la ceniza. Con su nula conciencia de culpa llegó a despedirse así por carta del reclamante: «¿Cómo está su familia? Espero que se encuentre bien. Mi esposa ya ha sido operada dos veces este año por una úlcera intestinal y tiene que operarse de nuevo en septiembre. Siempre ocurre alguna cosa». La «cosa» que le había ocurrido a Julius Löbman era la Shoá.

El libro de Schwarz recorre implacable el camino de la culpa en Alemania, pero, como hija de francesa, también explora, mientras pone la lupa en su familia materna, la monumental mentira que Francia se contó a sí misma y al mundo para descargarse de su gran responsabilidad en el exterminio. Y luego sigue la autora por Italia, Austria y otros países europeos mientras, pasando de generación en generación, llega a sus vivencias personales y a la actualidad y a los salvinis y orbanes, consciente de «la historia no se repite, pero los mecanismos sociopsicológicos siguen siendo los mismos, que en un contexto de crisis nos empujan a convertirnos en cómplices irracionales de doctrinas criminales». Hay que mantener fresca la memoria y «armarse de discernimiento» ante los populismos de un lado y de otro, exige Schwarz. Porque, por si aún no habían caído, los amnésicos somos nosotros.

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