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Brines, artífice de la recuperación de Gil-Albert

La intervención del Premio Cervantes provocó la publicación de la antología poética Fuentes de la constancia en 1972, clave para iniciar la época dorada del escritor alcoyano

Brines, a la derecha, en la casa de Gil-Albert en El Salt de Alcoy en 2004.

Brines, a la derecha, en la casa de Gil-Albert en El Salt de Alcoy en 2004. J. F. Lozano

Cercano a los días en que Francisco Brines, último Premio Cervantes, lograba el Adonais de poesía en 1959 con su primer libro, Las brasas, entró en la librería Rigal de València, que frecuentaba, y se cruzó con un cliente que salía. Dentro, el encargado fue explícito con él: «¿Ha visto a un señor que se ha cruzado con usted en la puerta?». Brines, que no llegaba entonces a la treintena de edad, confirmó que sí. «No se preocupe –avisó el librero–, volverá a entrar para ver si hablamos de él».

El augurio se cumplió, y al poco el cliente aludido regresó. Entró un momento y volvió a salir. Entonces el librero aclaró que se trataba de un exiliado que había regresado. Hablaba del alcoyano Juan Gil-Albert, por entonces un maduro lector y autor de cincuenta y cinco años. Y aunque en aquella ocasión el cruce resultó anecdótico, lo cierto es que Brines y él no tardaron en ser presentados otro día por Jacobo Muñoz.

Fue el propio Brines quien relató esos momentos en una conversación con el también poeta Guillermo Carnero en 2004, encuadrada en un congreso gilalbertiano celebrado en el centenario de su nacimiento y recogida en el libro Juan Gil-Albert: la memoria y el mito. La entrevista aportaba información sobre la relación posterior de ambos escritores, y especialmente sobre los años de recuperación editorial de Gil-Albert en los años setenta.

La intervención de Brines fue clave para que el alcoyano abandonara su «exilio interior» que vivía en València desde 1947, tras regresar de México. Por aquellos años, olvidadas e ignoradas en buena parte sus obras anteriores, no pasaba de publicar algún que otro libro de escasa tirada y limitada circulación, escribiendo por otro lado títulos de inviable publicación en el franquismo, como el ensayo Heracles sobre la homosexualidad o su reflexión sobre la guerra civil de Drama patrio, concebida como respuesta silenciosa a la campaña del régimen 25 Años de Paz.

El caso es que Brines, veintiocho años menor pero ya con cuatro poemarios publicados a la altura de 1971 que le inscribían en la Generación del 50, se convirtió en la pieza favorable para un autor que al entrar en la década de los setenta era casi septuagenario e iba a ver cómo, a partir de editarse en 1972 su antología poética Fuentes de la constancia, se le abriría su ciclo más reconocido, su época dorada en la que varias editoriales optaron por incluir obras suyas en sus catálogos.

Brines ha resumido en distintas ocasiones su intervención entonces, pero en la conversación con Carnero la recordaba con más detalle. Al viajar a Barcelona para tratar sobre un libro propio, comunicó a Gil-Albert que intentaría introducirle en alguna editorial. En concreto habló con Joaquín Marco, que dirigía la colección Ocnos. «Le hablé de Juan como un buen escritor exiliado y desconocido –contó Brines–, y al oír su nombre dijo de inmediato que sabía quién era. Se levantó, abrió un armarito a ras de suelo y de él sacó varios números de Hora de España, y me dijo que Juan había sido secretario de aquella revista». Esta circunstancia facilitó el objetivo sin esfuerzo: «Inmediatamente me dijo que le publicarían, con lo cual no tuve, por así decirlo, que vender la mercancía; fue algo que Joaquín Marco no pensó dos veces».

Gil-Albert

Gil-Albert

El éxito literario de Fuentes de la constancia en una colección en cuyo Consejo de Redacción figuraba además Gil de Biedma, quien se convertiría en otro valedor inmediato, no solo atrajo a una nueva generación de lectores y poetas: también llamó la atención en el mundo editorial barcelonés –Carlos Barral, Rosa Regás, Beatriz de Moura–, lo que sirvió para que el nombre de Gil-Albert se viera impreso en distintos títulos que parecían acumularse en los años siguientes, saliendo a la luz obras guardadas en los cajones. Para Brines, en cambio, esto tuvo un efecto adverso en el autor: «Se puso en primera fila a disfrutar del éxito y dejó prácticamente de escribir».

Juan Gil-Albert siempre reconoció su ayuda. Sin contarlo con pormenores, ya había relatado su mediación a Luis Antonio de Villena, cuando este preparó en 1983 un libro de conversaciones que apareció el año siguiente con el título de El razonamiento inagotable de Juan Gil-Albert. A la pregunta sobre quién había motivado la publicación de Fuentes de la constancia que le reinauguraba, su autor respondió preciso: «Eso procede de Paco Brines, a quien yo había conocido, años antes, y que se interesó en que se publicase mi poesía. Paco habló a Joaquín Marco, que era uno de los que dirigían Ocnos, y le llevó unos poemas míos… Y así salió».

Pero si hay que ponderar alguna otra aportación de Brines respecto a Gil-Albert, además de la implicación en su explosión editorial, es la fidelidad a su recuerdo. Brines no ha eludido participar en dos efemérides gilalbertianas del siglo XXI: el centenario en 2004 del nacimiento del escritor y el veinticinco aniversario en 2019 de su muerte. En el primero acudió invitado por el IAC Juan Gil-Albert a su inauguración en Alcoy, ocasión que se aprovechó además para rendir visita a Villa Vicenta, la casa de verano en El Salt que perteneció a la familia de Gil-Albert. En la segundo aceptó presidir el Congreso Internacional Vibraciones de Juan Gil, organizado por el propio Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, la Universidad de Alicante y el ayuntamiento de Alcoy en el mes de abril de 2019, a cuyo acto de apertura no pudo asistir por su estado de salud.

Francisco Brines

Francisco Brines F. Bustamante

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