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La mirada femenina

Invencibles

No sé quién fue el primero en sugerir que la vida era un gran teatro, si William Shakespeare o Calderón de la Barca, pero la cultura precolombina de los Toltecas (S. X y XII) desarrolló una ética para lograr la liberación personal utilizando una terminología parecida.

Tolteca significa artista de la vida.

Don Miguel Ruiz Jr. es un autor mexicano considerado el último descendiente de los toltecas. En uno de sus libros, La Maestría del Ser (Ed. Urano), nos da las claves para reconectarnos con nuestro yo auténtico y superar los apegos.

Reconozco que algunos libros de autoayuda tienen tan poco vuelo literario que terminan asqueando al lector. Pero este manuscrito en concreto tiene cierta gracia.

Algunas personas se confunden y no encuentran la armonía en su sueño personal. Esto se debe a que están demasiado domesticadas. Todos lo estamos en mayor o menor medida. Y nos tomamos demasiado a pecho los papeles que nos ha tocado jugar en la función de la vida. Como el actor que se cree tanto a su personaje que termina imaginando que su personaje es él mismo.

Jugamos diferentes papeles, sí. Pero no deberíamos apegarnos a ninguno de esos roles. Si lo hacemos, difícilmente desarrollaremos todo nuestro potencial. Y no podremos construir nuestro sueño personal que a su vez forma parte del sueño del planeta.

En cualquier caso, todos tratamos de sobrevivir y progresar en un planeta lleno de contradicciones lo cual no es cosa fácil. Pero unos despiertan y pueden superar sus apegos, y otros ni si quiera son capaces de reconocerlos. Cada uno está viviendo su propio proceso y no debemos juzgarnos, ni juzgar.

El problema base es que no sabemos amar, ni amarnos en profundidad.

Nos amamos pero sólo de forma condicional.

El guerrero Tolteca aprende a amar incondicionalmente. Y gracias a ese amor incondicional gana la batalla de los apegos y la domesticación. Domesticar significa imponer tu voluntad. Desde pequeños nuestros familiares y amigos tratan de convencernos de miles de cosas. Si amas incondicionalmente dejas de intentar convencer o manipular a los demás porque aceptas que piensen y sientan distinto. Aceptas la diferencia.

La gran mayoría de la humanidad piensa que será amada y aceptada siempre y cuando cumpla con unas expectativas. Por ello su amor no sólo es utilitarista sino que también es muy débil. Y esto se refleja en la cantidad de problemas irresolubles entre padres e hijos, parejas y problemas de tipo político-social.

Amamos y nos amamos sí, pero con condiciones. Y sólo si estamos a la altura de lo que creemos y de lo que creen los demás de nosotros, nos conformaremos y sentiremos realizados. Y si, por el contrario, no cumplimos esas expectativas, podemos llegar a ser implacables con los demás y también con nosotros mismos.

Nos hemos apegado tanto a los roles que a diario desempeñamos que si fallamos o estos roles se transforman, o caducan, ponemos en cuestión toda nuestra existencia.

No debería ser así.

El pensamiento tolteca, y en esto coincide con la filosofía Vedanta, trata de transmitirnos que nuestro yo auténtico está por encima de todas esas máscaras y roles sociales que debemos desempeñar a diario. Y que la sabiduría radica en liberarse de los apegos, y despertar. Perdonar a nuestros domesticadores (ellos lo dijeron lo mejor que supieron) y dejar de domesticar a los demás.

El precio que pagamos por mantenernos en la bruma (ignorancia) y no ver clara la realidad, es la imposibilidad de llegar a acuerdos con quienes no comparten nuestros valores o ideales. Y caer en la trampa de pensar en binomios simplistas como nosotros, los buenos, y ellos, los malos. Si amamos incondicionalmente sabremos reconocer las virtudes de todo el mundo.

Sólo una minoría está dispuesta a superar esas diferencias, sobre todo cuando se ponen en entredicho conceptos como religión o patria.

Ay, ¡si pudiéramos aprender a amar sin condiciones! Entonces, seríamos invencibles. Y la paz y la sostenibilidad del planeta estarían garantizadas.

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