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Escritor

José Ignacio Carnero: «Me sirvo del humor para iluminar las zonas oscuras»

En su primera novela, ama, dibujó un cuadro realista de su madre. En la última, Hombres que caminan solos, combina realidad y ficción para tratar el agujero negro de la depresión masculina sin olvidar el humor. De todo ello habla hoy, a las 19 horas, en la librería 80 Mundos de Alicante.

José Ignacio Carnero presenta su nueva novela, hoy, en Alicante. |

José Ignacio Carnero presenta su nueva novela, hoy, en Alicante. | XAVIER GAUTHIER

José Ignacio Carnero (Bilbao, 1986) es abogado en Barcelona y, por ahora, sigue siéndolo para pagar la hipoteca, bromea. Su segunda novela, Hombres que caminan solos, lleva el sello de Random House y mezcla experiencias propias y ajenas en esta ficción sobre «un hombre desorientado que trata de solucionar su parálisis de mil maneras», explica. Para la próxima, intuye, dejará de lado lo íntimo y buscará otro horizonte. «Pero no lo sé, no tengo muchas reglas y me guío por la intuición», admite.

La novela habla de la depresión como tema de fondo. Se lo pregunto abiertamente: ¿la ha padecido?

El retrato que hago de la enfermedad viene dado del conocimiento cercano que tengo de ella. No deja de ser una novela y una mezcla de realidad y ficción. Me sirvo de experiencias personales, experiencias de otros y de lo que he leído.

¿Escribir es terapéutico en su caso?

En cierto modo, sí. El que escribe trata de ajustar las cosas de su mundo que no lo están, con unos recursos -las palabras- que permiten colocar las piezas descolocadas de nuestra vida. La vida sucede de forma rápida, actuamos sin un guion establecido, por corazonadas, y la vida pasa. Sin embargo, escribiendo tenemos más tiempo de ajustar la vida y eso sí produce un sosiego. Supongo que uno se queda más tranquilo a través de esa mentira que es escribir, porque escribir es mentir, pero a través de esa mentira esas piezas encajan y todo cobra sentido. Hay gente que vive bastante de acuerdo con lo que su cabeza le dice, pero creo que en los que escribimos hay ciertos déficits y tratamos de ajustarlos escribiendo

.

El libro empieza con unos migrantes que fracasan en su intento de llegar a otra tierra. ¿Son una metáfora de esos hombres que caminan solos?

Es un juego literario, de falso inicio, un reto de cambiar radicalmente el escenario, el contexto y los personajes y enlazarlo después con la historia en sí. Pero hay un punto de conexión con esos hombres que permanecen en los puertos, en tierra de nadie, existe en ellos el miedo al fracaso y a volver con las manos vacías. La novela toca la depresión, la ansiedad y los demonios internos, donde se encuentra el miedo al fracaso, que es una fuerza poderosa porque esa parálisis a veces nos hace tomar caminos desafortunados.

Aunque la depresión sea el tema de fondo, la crítica califica la novela de luminosa y bella.

Lo agradezco porque sí que lo pretendía. No quería hacer una novela oscura, porque en la oscuridad no se ve nada y describir la nada es muy complicado. Yo me sirvo del humor en muchas partes de la novela para iluminar esas zonas oscuras, para tratar de dar luz y poder ver algo en los alrededores.

Habla de depresión masculina. ¿Tan distinta es de la femenina?

Tengo la sensación de que las mujeres gestionáis mejor las emociones, sois capaces de hablar más las cosas, de no guardar todo en silencio, de pedir ayuda. Y los hombres, imagino que por una tradición histórica, sí tenemos arraigada la idea de que debemos ser fuertes. Esa aparente fortaleza conduce al aislamiento y al silencio. Creo que la depresión de la mujer es menos solitaria, más hablada y empática, y la del hombre es más silenciosa y quizás más peligrosa.

Y más tabú, también.

Las cosas han cambiado mucho y no somos como hace años, pero aún arrastramos una mochila pesada de comportamientos antiguos de invulnerabilidad, de fortaleza, de ser el cabeza de familia, que hay que ir cambiando poco a poco. Ese silencio y aislamiento es tremendamente perjudicial y creo que la depresión o la enfermedad mental del hombre es más silenciosa que la de la mujer, y el silencio no es un buen aliado.

En el anterior libro, ama, hablaba de su madre. Aquí aparece la figura del padre, más ficcionado. ¿La familia invade su literatura?

No, en ama yo pretendí hacer un retrato muy fidedigno de mi madre. Me ajusté a la realidad, aunque luego al escribir también mientes, porque las palabras no llegan a todo, pero ahí yo quise hacer un cuadro realista. En Hombres que caminan solos, no; el personaje del padre se parece al mío y al de muchas personas. El material de ama era la realidad pura y aquí es una realidad contaminada, podríamos decir.

Es un segundo libro muy aplaudido. ¿Le costó más escribirlo?

Pues no, yo escribo mucho por impulsos si encuentro que la historia me encaja y la siento en mi cabeza. Ambas me salieron muy desde las vísceras; escribo muy desde las tripas, desde dentro, y las acabé relativamente rápido ambas. La creación fue semejante, con un grado más de complejidad en esta porque el material no era puramente la realidad y hay tramas o elementos que requieren más destreza. Ambas salieron por la necesidad de escribir.

¿Sigue siendo abogado o solo se dedica a escribir?

No, soy abogado, claro. Tengo que pagar la hipoteca (ríe) y de otro modo no podría. He escrito toda mi vida porque es una pasión, y ahora lo único que ha cambiado es que me han publicado dos libros, pero mi profesión es otra y el tiempo libre que tengo lo dedico a escribir porque me gusta y disfruto. Y si además te publican en un sello de prestigio como este y las críticas son buenas es extraordinario, pero tengo que hacer otras cosas.

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